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EL ÁRBOL

 

Ikeleki abraza el espectral cuerpo luminoso de Luzazul, en busca de consuelo a su sufrimiento, y se funde en su luminiscencia. Al mismo tiempo, Amuruma y Ono avanzan lentamente hacia el orbe resplandeciente. La tarde se ha convertido en noche y el clima cálido es acompañado por frescas brisas.

Hechizado por la única luz en la oscuridad, camina sin recelo mientras todo lo que habita su presente se desvanece lentamente en la penumbra de la noche. Amuruma está a punto de tocar con la punta de sus dedos el objeto que puede enseñarle las memorias del pasado, pero este desaparece, dejándolo confundido en la repentina opacidad de su entorno.

—¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde me dirijo? ¡Tchaks, se desactivó el mod! No puedo ver nada… ¡¡¡Ikeleki!!! ¡Ono! ¿Dónde están? ¿Qué me ha sucedido?

Pequeños destellos iluminan el oscuro sendero. En un monólogo mental, Amuruma se hace las siguientes preguntas: «¿Qué son esas pequeñas cosas que brillan en la oscuridad? Parecen minúsculos insectos. Pero, ¿por qué siento que esta escena me es familiar? ¿Qué estoy llevando en mi espalda? Es algo bastante grande: ¡Un morral y una silla a la vez! ¿Alguien está sentado ahí? Acaba de encender una luz ¿Acaso debo llevarlo a algún lugar?».

—¿Quién eres tú? —grita Amuruma al ser desconocido que carga en su espalda.

—¡Eso mismo me pregunto yo! ¿Se supone que somos novios de nuevo, no? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ya me estaba preocupando… Te quedaste estático observando las luciérnagas. ¿Por qué no me respondías cuando te hablaba?

—¡Es en serio! ¡No entiendo nada! ¿Por qué te estoy cargando? Eres una anciana. Supongo que estás enferma y no puedes caminar bien… ¿Verdad? Esto debe ser una ilusión.

—¡No tenías que decírmelo! La artritis y el dolor en mis caderas son suficientes para recordar mi vejez.

—Lo siento. No entiendo por qué soy novio de una anciana, pues yo me siento bastante joven y fuerte. Algún encanto oculto debes tener. ¿Podrías al menos decirme tu nombre?

—Áitapih. ¿Y el tuyo, jovencito?

—Depende. Si crees que vengo del futuro y esto es una visión del pasado, puedes llamarme Amuruma; pero si crees que estamos en el presente y tengo la facultad de conocer el futuro, dime Yehero.

—Entonces, cuéntame cosas sobre el futuro, Amuruma. ¿Cuántos años separan nuestras vidas?

—Como vives en Lu-Um, te diría que nos separan casi mil setecientos años. Pero si utilizamos el método del Zimi, en el cual el día tiene treinta horas y el año 500 días, son 990 años.

—¡Qué interesante! Ya había leído algunas cosas sobre ese futuro. Pero ¿por qué escribiste tan poco acerca de ese tiempo distante en el libro que me dejaste?

—Sabía que algunos memges podrían encontrar los escritos y te causaría problemas tener el conocimiento de tecnologías y secretos demasiado sofisticados para la precaria tecnología de la época. Pero no te preocupes, tendremos mucho tiempo para que conozcas todo lo que quieras saber sobre el futuro. Primero, ¡te tengo una sorpresa! Es poco lo que puedes ver, pero ¡mira! Este es nuestro nuevo hogar: salúdalo para que reconozca tu existencia.

—Hola, nuevo hogar —dice Áitapih con un alegre tono manso.

Una muralla de ramas entrelazadas que provienen de frondosos árboles se despeja para formar un túnel; este lentamente comienza a iluminar capullos que brotan y florecen en un instante.

—Puedes escoger el tono de la iluminación; solamente debes pedírselo al árbol y él hará que sus frutos resplandezcan con aquel color.

Maravillada, Áitapih suspira. —¡Qué hermoso camino! El amarillo está bien, aunque ocasionalmente, también sería lindo un sutil tono rosado. ¿Podrías hacer transiciones, mi querido arbolito? Recuerdo que cuando era joven me encantaba el rosado… ¡lo usaba todo el tiempo! Ahora me haría sentir menos vieja volver a mis antiguos gustos, y así combinaría mejor con tu apariencia juvenil, que no puedes disimular con tu larga barba casi hasta el suelo.

Yehero y Áitapih caminan hacia el interior de un monumental árbol que fabrica senderos a medida que avanzan. Las raíces se mueven hasta ubicarse por debajo de los pies de Yehero, donde se juntan para formar tabletas totalmente planas, que cambiando la textura de sus maderas, encajan perfectamente y así crean escaleras y el brillante piso de un magnífico salón. Troncos del árbol se acoplan para construir las paredes decoradas con pequeñas hojas y flores, que germinan y abandonan sus diseños orgánicos hasta amoldarse en pulcros cuadrados o círculos de marcos de ventanas. Los techos son tejidos por delgadas lianas, y de ellos cuelgan los frutos luminiscentes que enamoraron a Áitapih en cuanto conoció sus exquisitos sabores.



Antonio Lamat

Editado: 26.09.2019

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