Ocaso de una melodía

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La tarde llegó mas rápido de lo que me hubiera gustado y de pronto no había nada para hacer así que encontré volviendo a mi pequeño departamento. Aunque viéndolo bien, es lo bastante amplio para mis necesidades y, si bien está en pleno centro, es lo suficientemente silencioso como para que a nadie le moleste mi violín a las cuatro de la mañana.

Tiene dos habitaciones bien iluminadas, en una está mi dormitorio de paredes azules y la otra la trasforme en una en biblioteca y estudio de música. La cocina y comedor son algo pequeños, pero lo compensa la enorme ventana con balcón que hay en el living.

Sin lugar a dudas mi lugar favorito es la biblioteca. Podría pasar horas sentada en el puff verde limón o acostada en la alfombra leyendo o mezclando notas en mi cabeza sin que fuera interrumpida mas que por el maullar de Lizzy, la gata blanca de la vecina, que suele colarse de tanto en tanto por el balcón. Tiene una extraña manía con mi planta de jazmín... Sospecho que el aroma de las flores le gusta tanto como a mi.

Apenas llegar me quite los zapatos y fui descalza hasta la cocina y por primera vez en el día consideré la oferta de Koni, digo... lo pensé seriamente. Tal vez podría tomar un autobús y recorrer la larga ruta de una vez. Podría? Seria capaz de vencer el miedo? De repente se me antojó un poco de vino antes de dormir. Con algo de suerte el alcohol impediría los sueños.

Con pasos titubeantes y con una copa de vino en la mano entre en la biblioteca. Definitivamente mi mejor idea fue alfombras esa habitación. Dos de las tres paredes tienen grandes estantes llenos de libros, cuadernos y carpetas, y aunque mayormente suele reinar el caos, esta vez están bastante ordenadas.

Casi sin notarlo me acerque a una de esas paredes y agarre un cuaderno y me senté en la alfombra. Todavía recuerdo como lo obtuve: me lo regalo un crío de unos doce años, de piel blanca, cabello muy negro y una nariz llena de pecas. Está gastado y algo amarillo por el uso y el tiempo.

Al ir pasando las páginas viejas épocas volvieron a mi mente, años en las que una Eva mas joven iniciaba sus primeras composiciones. Algunas melodías eran muy suaves, del tipo de canción que las mamás tararean a sus bebés para hacerlos dormir, y otras tan hilarantes que payasos de un circo podrían bailar con mucho gusto.

Solía disfrutar de escribir música, pero escribir de verdad, para mí misma, o para él... La última melodía que compuse, en la que todo mi ser estaba expuesto, está ahí, en ese polvoriento cuaderno y sin terminar. Y la idea de terminarla me resulta dolorosa.

Apurando mi copa cerré con cuidado el cuaderno y lo puse otra vez en su lugar. Algo atontada me di la vuelta y coloqué con cuidado la copa vacía en la mesa ratona, mirando embobada el cuadro que cuelga en la pared.

Es bastante sencillo en realidad, pintado a lápiz se ve el perfil de una joven contemplando el mar, a la hora del ocaso, cuando el sol besa el horizonte y el cielo se tiñe de tonos rojizos. Y sobre una esquina, apenas perceptible entre las olas del mar, la firma de su autor. Miguel.

A Lucas solía fastidiarle el tiempo que pasaba en la biblioteca contemplando aquel cuadro, y, hay que reconocerlo, a veces solía hacerlo solo por enojarlo. Resultaba tan fácil...

Solté una carcajada al recordar a Lucas. Haberlo encontrado besuqueando a Lola, la vecina, fue lo mejor que podría haberme ocurrido, y cuando él quiso explicarse tuve el placer y la dicha de azotarle la puerta en la cara. Literalmente. A él le quedó un hermoso chichón que atestiguaba de ello.

Todavía no entiendo como había terminado comprometida con él. Al principio fue como una novela rosa, de esas que solía leer mi madre cuando se enfadaba con papá por sus viajes y ausencias, pero el tiempo supo mostrarme otra cara de él: una persona egocéntrica y manipuladora.

No pude contener la risa al recordar su cara cuando apareció por el instituto. Si. Hasta esa caradurez tuvo. Poco dispuesta s seguir amargando la paz que me obsequio el vino, me lavé los dientes y me fui a la cama, no sin antes llamar a mamá. Últimamente se enfada si no lo hago seguido. Aparentemente tenemos diferente concepto de lo que eso significa...

***
Los días pasaron en su rutina autoimpuesta: instituto, almuerzo, instituto, vino en la biblioteca, llamada telefónica y cama. Los días previos al concierto de primavera resultaron en un ir y venir, ensayos y mucha preparación, y finalmente transcurrió sin problemas ni contratiempos. Un verdadero éxito.

Y en eso estaba, domingo por la noche, haciendo las últimas cuentas y evaluaciones del concierto cuando sintieron la puerta de un vehículo abrirse.

-Nena, no quiero meterte cuco, pero Lucas acaba de estacionar en la vereda de enfrente- me advirtió Koni con cara de fastidio. -Es estúpido o se hace? Crees que habrá entendido bien cuando lo mandaste a pasear?

-jajajaja por el menos el chichón de la frente me lo dio a entender... Alcanzo a huir? - dije muerta de risa y poniendo pucheros. -mi moto está en el garaje...
-Ev...
-apuesto a que si agarro ahora mi casco y mi campera puedo irme mientras el está entrando- la interrumpí tomando mis cosas y saliendo de puntillas.

- solo avisame al llegar!- gruñó Koni- pues total... Que yo me quedo con el idiota éste... Hola Lucas! Emmm... No... Ella se fue temprano hoy... Dijo algo de una cita con un chelista en un Mc Donalds o algo así. Ajá... Claro. Yo le aviso. Buenas noches... Menudo idiota... Eh? No... Nada...



Nina

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En el texto hay: primer amor, viajes, reencuentro

Editado: 15.03.2019

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