Octógora: La Legión de los Caídos.

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10. Secuestros.

"Ne mikilis tikitzkia pal ikwatapal iwan balul wan nemanha nikmaka se achichik"

"A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa"

(Edgar Allan Poe)  

Capitulo 10 

  — Tey niweli nikcha pal taja wey tlahtoani Masin ?—  Preguntó el tecti al entrar al majestuoso y suntuoso aposentos en donde se estaba quedando la gobernante del elemento fuego en la capital del ombligo del universo mismo.

( ¿Qué puedo hacer por usted gran gobernadora Masin?)   

La mujer regodéandose de un lugar a otro, con el rostro extrañado, miraba de un lado a otro muy preocupada, no sabía si era momento o no, las cosas se pueden complicar mucho, demasiado mejor dicho sino actuaba rápido. 

— He recibido una llamada de Tlahtoani Tawilmetzti Suachi, alguien le ha dado la noticia de que ya hemos dado tributo, todo está perdido, llamad a mis encargados del carruaje, iré a verme hoy mismo con los gobernadores de At y Tal, vosotros esperaos los que vengan de nuestro reino a la wey techan. —  

Ordenó la gran señora antes de salir de la suntuosa habitación para ir a tomar un poco de aire, lo próximo que haría sería muy peligroso, quizás demasiado pero el tiempo se había acabado para andar con juegos, profecías milenarias se estaban cumpliendo al pie de la letra, y si lo que creían era correcto, solo existía una manera segura de acabar con todo esto. 

Portaba ella una gran corona de oro con incrustamientos de diferentes piedras preciosas de la zona y enfrente la imagen hecha de zafiros de un quetzal. Vestida con un hermoso vestido color rojo, con varios bordados detallados a lo largo del vestido, se encontraba caminando ahora rumbo a una salida lateral del palacio que daba a las zonas pobres, los marginados en donde se dice queda el último portal no controlado de este mundo.

Así pues bajó en galas hacia una especie de cargadero finamente decorado, dando a conocer que quien iba adentro no era más ni menos que uno de los gobernantes principales de todo el Octógora, más que todo, así en silencio a los umbrales de la ciudad viva, subió sola, acompañada de sus más confiables guardias rumbo a las afueras de las legiones, a un lugar secreto.  

— Ken tikneki tlahtoani, tejemet tinemituyat ka techan  — Fue la respuesta del sacerdote principal del fuego, persona de alta confianza que tenía en la gran ciudad cuando no se encontraba en esos aburridos congresos de emergencia que hacían por cosas inútiles.

(Como usted desee gobernante, nosotros estaremos en la ciudad) 

La gran monarca temía de que algo malo pudiera suceder, este no era un buen momento para tropezar en los planes que estaban escritos, en aquel lugar en donde la diosa luna fue sacrificada por su propio hermano, el colibrí izquierdo, ahí se verían de nuevo los cuatro gobernantes que conformaban las legiones rebeldes, los que no aceptaban la profecia y harían lo que fuese para detenerla. 

Liberó un poco de un extraño polvo que brillaba sobre su cargadero y recitó el nombre de aquel tiempo olvidado en el tiempo cuando salió de la vista de cualquier persona, de cualquier extraño u espía, y en tan solo unos segundos se encontraba frente aquel lugar destruido y olvidado sobre las montañas. 

Sin dejar en ningún momento sus aires reales se levantó y salió del cargadero, ayudado por sus guardias de mayor confianza, vestidos todos con el emblema de su elemento, el fuego que arde por todos lados, el fuego que se propaga cuando se le da los buenos intrumentos. A lo lejos pudo distinguir otros tres carruajes de aires mucho más mundanos venían, eran los otros tres gobernantes, el del metal, de la oscuridad y de la electricidad, una alianza tomada hace años y que hacia peligrar su vida por completo. 

Sus guardias le ayudaron a ponerse un poco más cómoda con una especie de trono improvisado que habían hecho en la entrada, cuando la caravana de los otros llegó por fin frente a ellos, los tres gobernantes llenos de lujos que nunca se veían en estos lados del mundo. 

Eran acompañados por varios guardias vestidos en trajes occidentales formales, pero cada uno tenía su distintivo que te hacía saber a que facción pertenecían, los de la electricidad, que acompañaban a una mujer con una extraña marca bajo el ojo derecho, llevaban un emblema del trueno, los más cercanos a su gobernante llevaban puestos unos ropajes de estilo oriental y ostentaban escudos y espadas. 

Los que seguían al señor de los metales, iban vestidos por completo de manera formal, llevaban flechas de plata, oro, hierro y un sin fin de otros metales, eran los más precisos a la hora de matar a su enemigo de un solo flechazo y los que seguían al señor de la oscuridad, los más cercanos vestían un emblema del jaguar, representante de los infiernos, algunos llevaban máscaras de calaveras y otros de un jaguar, para darle miedo al enemigo y entrar en un juego pscicológico. 

El primero en bajarse y dirigirse hacia fue el más prepotente y famoso de los tres: 

—¡Huey Tlahtoani Masin! ¿Ken tinemi?—

Saludó el señor de la oscuridad con mucha cordialidad, abrazándola con toda la confianza del mundo.  (¿Cómo está?)



Naran Sellers

Editado: 23.09.2018

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