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3- Cotidiano

Daniel llevaba ya varios minutos despierto, pero la flojera en sí le hicieron aguantar ese tiempo antes de abrir sus ojos. Al hacerlo, se encontró con el tranquilo rostro de Jezel quien estaba despierto, observándole. Se acordó de la primera vez en que se encontró con esa cara al despertar, llenándose de un pánico desmedido antes de reaccionar a quién le pertenecía. Estaba lleno de cicatrices, pero con todo eso, le era familiar. Por esa cara se había ganado el apodo de monstruo en Kianaimathos.

No era de extrañar, aquella lejana ciudad de Jelsenburg era una verdadera ciudad de máscaras, donde lo más superficial, colores establecidos como el ideal, eran lo aceptado para toda esa gente, sin importar sus variantes. Mientras tuvieran el poder, nada cambiaría.

El ojo derecho estaba cicatrizado desde el párpado hasta llegar al cabello. Las de su cuello, la de su mejilla izquierda que parecía una retorcida sonrisa. Debía añadir que revisando se encontraría con una entre todo ese cabello que él mismo provocó largos años en el pasado, durante un ataque de ira misma por no desear cambiar su percepción de un o’gan que, con el transcurrir de los meses, le ayudó bastante.

De pasar de un mocoso irresponsable a ser un adulto con mediano control de sus emociones.

—¿Dormiste algo? —fue su primera pregunta del día. Sus ojos dorados admirando el rostro del otro, quien negó con la cabeza, ojos cerrados junto a una mueca de total culpa—. ¿Por qué?

—Llevo algunas semanas sin dormir. Damien me tiene de un lado al otro en expediciones importantes en el Inferior, entregar reportes, incluso cuando ya no soy instructor. Por otro lado, también voy a veces a ver a mi hermana, para saber cómo va entre otras cosas —narró. Talló uno de sus ojos a la par que un bostezo escapaba de sus labios. Daniel no pudo evitar sentir un enorme remordimiento porque él fue capaz de dormir cómodo y tendido durante toda la noche por primera vez en meses mientras que aquel a quien quería no pudo hacerlo—. Y para joderla más, he tenido pesadillas a más no poder.

—¿Por qué no me contactaste esos días? —cuestionó, confundido ante varias cosas de su esposo. Era alguien que no deseaba pedir ayuda en ningún momento, sintiéndose capaz de enfrentar cada obstáculo de su vida—. Créeme, un momento para dejar de pensar en mis clases es todo lo que necesitaba.

—No quería interrumpirte —dijo, se acomodó contra el colchón, siendo capaz de observar el techo de su habitación. Estaba exhausto, estaba molido en varios aspectos. Todo su lado orgánico había llegado al límite y él no le permitía el descanso—. Además, también he estado tan ocupado que no se me pasó nada en la cabeza.

Jezel se sumió en todos sus pensamientos, aquellos positivos y negativos al respecto. El pasado que escondía, el pasado que odiaba mencionar y aquel al cual estaría atado hasta el fin de su vida.

—Solo soñé con el niño huérfano que fui —dijo él, incapaz de profundizar mucho en ello. Tanto por la delicadeza de sus memorias como por el hecho de no ser capaz de acordarse del todo lo ocurrido en esos años—. En las torturas a las que fui sometido por ser maleducado. La voz de ese tipo recordándome que mi madre era una cualquiera y recordé los golpes.

Llevó su mano derecha al rostro, donde lo talló con un poco de fuerza para escapar de esa memoria. Daniel le tomó de la mano izquierda, sintiendo un poco varias cosas en su mente. Estaba mucho más tranquilo que días anteriores, pero eso era algo que no necesitaba informarle al latino. Carecía de sentido alarmar cuando las cosas ya habían ocurrido.

—Aunque últimamente recuerdo mucho lo que sentí cuando desperté en el hospital y las consecuencias que tuve —añadió, girando un poco la cabeza para mirar el perfil del humano, este no se dio por aludido, en parte, para permitir que el o’gan continuara en su narración si así lo deseaba—. A pesar de que hoy puedo mover mi brazo derecho y mi cuerpo entero, esas noches temía volver a ese tiempo. El dolor fantasma de mis extremidades perdidas sigue latente a más de doscientos años de ello. Puedo imaginar también la voz de Damien esa vez, hablando conmigo para enseñarme el idioma oficial, a Sean explicarme con calma varias cosas mientras mi cerebro peleaba entre rechazar o aceptar mi cuerpo y luego… nada.

El castaño lo observó, sin decir una sola palabra en ese momento. No lo podía rechazar, porque era parte de su vida, algo que lo marcó y llevó a conocerlo. Daniel y Jezel podían ser de diferentes especies, pero se habían enamorado después de vivir varias cosas, incluso, cuando el destino estaba a favor de mantenerlos en la ignorancia el uno del otro. Sufría con lo contado por él, porque había descubierto algo y no era, en verdad, algo agradable. Su esposo estaba en una depresión con la que peleaba todo el tiempo. Porque estaba de ese modo, años atrás, cuando su locura lo había llevado a casi matarse en una borrachera, lo encontró por primera vez la segunda vez que llegó.



Circe Salazar

Editado: 27.07.2018

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