Ojos de Rubí

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CAPÍTULO V – El muchacho en el caserón

Hacía apenas unos días, designado en una comisaría de la periferia de la ciudad, que por aquellos años crecía pujante como centro industrial y turístico, Roberto Howater había salido a la calle. Muchos de sus compañeros de secundaria le reprochaban haberse metido en la Fuerza.

Ellos, que tenían ideales de lucha social, acusaban al Estado de opresor. Pero él estaba convencido de que los cambios podían operarse desde adentro. Quería ser el ejemplo de que la Policía no necesariamente era un ente represivo y violento como el Ejército, de que auténticamente podían ser los guardianes de la ley y el orden, y la paz. Y si sus excompañeros se dedicaban a poner bombas alterando esa ley, orden y paz era su problema.

En la comisaría habían recibido el llamado de un vecino que vivía a pocas cuadras de allí. Avisaba que en una casona abandonada se habían escuchado gritos, y que de esa casa salían olores terribles. Se temía una posible violación, o un crimen de índole mafioso: para eso solían usar las casonas abandonadas. Casonas que, debido al incesante crecimiento de la ciudad, cada vez eran menos. 

A Roberto Howater lo mandaron de acompañante de un tipo mucho más experimentado: el oficial Hugo Lops. Como Roberto era un hombre fuerte y carismático, se ganó su confianza rápidamente. Al llegar al lugar, comprobaron que era un caserón bastante grande y anacrónico, con un primer piso. Estaba rodeado por casillas humildes, y los vecinos habían salido para charlar y comentar lo que escucharon.

Habría unos quince civiles. Lops no mostró paciencia ni carisma con ellos.

—¡Vamos, circulen! No hay nada que ver acá.

—¡Son los terroristas, oficial! —dijo un tipo, pero Lops lo ignoró.

—¡Circulen! —repitió, amenazante.

Con miedo, la gente obedeció.

En aquellos tiempos desobedecer a las fuerzas del orden podía traer consecuencias terribles.

 Se acercaron a la puerta que daba directo a la calle, pues el jardín lo tenía en el patio trasero. Lops tocó la puerta con autoridad, al grito de:

—¡Abra! ¡Policía!

Y, tal como esperaban, no hubo respuesta.

Lops intercambió una mirada con Roberto, y desenfundaron sus armas. Le ordenó al joven abrir por la fuerza.

Él se puso algo nervioso, pero hizo caso.

Tomó impulso y golpeó la puerta con el hombro, y se lo lastimó, porque la madera era vieja, pero robusta y el cerrojo no cedió. Lops se le cagó de risa.

—¡Dale, pebete! —le dijo.

Eso enojó a Roberto, que volvió a tomar impulso con más fuerza. Y esta vez la cerradura se rompió, con un sonido sordo.

Entraron con las armas en alto. El lugar estaba totalmente oscuro, y la escasa luz del atardecer cordobés no los ayudaba en nada. Era cierto: desde adentro salía un tufo repulsivo. Hugo Lops lo mandó a la patrulla a buscar una linterna. Roberto acató de inmediato.

No era que las luces estaban apagadas, sino que el lugar era tan viejo que nunca se habían realizado instalaciones eléctricas. Lops le contó que no era la primera vez que recibían un llamado de ese lugar. Siempre se colaban adolescentes y delincuentes. Varias veces los vecinos habían protestado frente a las autoridades para que derribaran esa casona, porque le tenían miedo, pero el propietario era un hombre poderoso que no tenía interés, de momento, en tirar abajo la propiedad.

El silencio era total.

Avanzaron por el rellano y entraron en el comedor. Hasta esa puerta llegaba la poca luz de las ocho de la noche, adentro ya era la boca del lobo.

Hugo Lops enfocó la luz hacia una escalera en forma de caracol, y desde arriba les llegó un grito ahogado.

La quietud hasta ese entonces había sido tal, que Roberto se sobresaltó y ahogó un grito. Esta vez, Lops no se burló.

Subieron con cautela.

Arriba, un pasillo largo daba a las puertas de varias habitaciones, como si estuviera construida —y probablemente así lo era— para una familia numerosa y adinerada.

En cada puerta que alumbraron había una cruz invertida pintada torpemente con algo oscuro. Algunas tenían una inscripción en chino, otras en otro idioma extraño, quizá ruso.

Los policías intercambiaron una mirada, y siguieron.

La única ventana de largo pasillo era grande, estaba al fondo y tenía la persiana cerrada. Apenas podía filtrarse luz de la calle, porque el sol ya se había escondido.

A cada paso, el olor se hacía más intenso. Pero eso a ellos no los amedrentó.

Una de las puertas estaba entreabierta. Y descubrieron un manchón en el suelo: sangre. Sangre fresca que salía de ahí dentro.

Cuando estuvieron cerca, la fetidez se tornó insoportable. A Roberto se le llenó la garganta de bilis, pero se aguantó: no podía quebrarse en ese momento. La situación era horrorosa pero, hasta ahí, excitante. Abrieron la puerta con sigilo y entraron a la pieza, que era muy amplia.

Pudieron oír una respiración entrecortada antes de alumbrar lo que encontraron. Había una menor de aproximadamente diez años, rubia. Tenía un vestido azul manchado de sangre, y estaba arrodillada frente a dos cadáveres desmembrados y destripados. Se los estaba comiendo.



J.R.Ceros

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En el texto hay: vampiros, zombies, licantropos

Editado: 05.10.2018

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