Ojos de Rubí

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CAPÍTULO VII – El hombre santo

Aturdido, Luciano retiró la mano como si le quemara. El cuerpo había quedado tendido a sus pies. Pensó que quizá todavía se podía hacer algo. Pero su cerebro tardó en reaccionar.

Cayó de rodillas al lado de ella, y le tocó un brazo. Estaba muy fría, demasiado. Aunque el golpe había sido directo en el esternón, la dio vuelta a la espera de sentir algún latido. No escuchó nada. Elizabeth, a quien amaba con locura, con quien había compartido los momentos más importantes de su adolescencia y el inicio de su vida como adulto, estaba muerta; y él era su asesino. Enterró el rostro en las manos. Deseó llorar, pero se descubrió en un estado de shock. Cada pensamiento estuvo de pronto ligado a un recuerdo, y la confusión que había acolchado su mente los últimos días desaparecía poco a poco. Y ya nada le importó: ni los vampiros, ni el espectro con el que combatía, ni el sacerdote.

 

Su memoria despertó aquel recuerdo del verano del 2005. Junto a Jorge, su mejor amigo y uno de sus compañeros de combate, iban a una reunión de amigos en el Microcentro. Era una noche calurosa, y ellos caminaban por la avenida Corrientes rumbo al Obelisco. Por todos lados había turistas ansiosos por recorrer la cosmopolita urbe, o sacar entradas en alguno de los teatros más importantes del país. Hora pico de un sábado a la noche. La gente se embotellaba, sobre todo a la salida de los espectáculos, y Luciano se cansó de esperar a que esas personas se movieran. Se cruzaron con una muy hermosa y sensual europea, que llevaba un vestido escotado, insinuante.

Uno más baboso que el otro, se perdieron en el contoneo de sus caderas, hasta que Luciano chocó de frente con otra muchacha.

—¡Y la concha de tu madre! —gritó ella—. ¡Pajeros! —Intentó esquivarlos, apurada. Pero Luciano, pillo, le hizo el juego y no la dejó pasar.

—Qué lenguaje tan feo para una chica tan linda —dijo, con lo que él creía era su mejor sonrisa de galán.

La muchachita medía metro sesenta, tenía el pelo ondulado y castaño claro, del mismo color de sus ojos…, además de dos grandes pechos. Vestía joggings y una remera deportiva.

—¡Pero andá a cagar, salame! —repuso ella mordaz. Pasó entre los dos y se alejó entre la muchedumbre, para doblar y desaparecer diez metros más allá, doblando en la esquina.

 Luciano le hizo un gesto a Jorge para que lo siguiera, y este le devolvió una mirada de reprobación, pero le hizo la segunda.

—¿Tanto te gustó? —preguntó algo irritado—. ¿Qué querés hacer?

—¡Vamos a ver a dónde va! —respondió él, divertido, como si se tratara de una obviedad. 

Ella dio la vuelta otra vez en la esquina y enfiló su rumbo por la calle Sarmiento, paralela a la avenida, pero mucho menos amigable, menos colorida y menos concurrida. Una calle comercial, más relacionada con los trabajos de oficina que con la afluencia de visitantes y turistas. En las esquinas se aglomeraban personajes como cartoneros, linyeras, sin techo y otros actores habituales del submundo callejero porteño. Los cartoneros recorrían los basurales en busca de objetos que reciclar, mientras que los demás en su mayoría a esa hora ranchaban, bebían vino, compraban, consumían o vendían droga, e incluso salían a robar o punguear en la gran avenida, y volvían a refugiarse entre ellos, en un colectivo grande y solidario. Podían ser un universo fascinante para algunos, pero a Luciano no le gustaban ni un poco, y no tenía idea de qué tenía que hacer aquella joven por ahí. La curiosidad al respecto acabó siendo otra buena excusa para perseguirla. A Jorge, por su parte, le gustaban las aventuras y siempre veía con buenos ojos que se rompiera la rutina; pero, cuando las aventuras tenían que ver con enfrentarse tan crudamente al mundo real, no le agradaba demasiado. Así que se miraron con preocupación.

—Ya fue —alcanzó a insinuar Jorge. Luciano apenas lo escuchó.

Cuando la chica cruzó Talcahuano, los chiflidos y piropos groseros le cayeron encima. Y ella se alejó rápido.

Cuando les tocó pasar a él y a Luciano, la mayoría continuó con su charla, y sólo unos pocos les prestaron atención, como estudiándolos. Ellos apuraron el paso. La muchacha les sacaba cerca de cuarenta metros, y cada tanto oteaba sobre su hombro.

Tres borrachos se acercaban a los gritos, bebían y brindaban botella con botella, y volvían a beber y a brindar. La chica también pareció notarlo, porque se detuvo vacilante.

Las risas de esos borrachos llegaban claramente hasta ellos.

—¡Pero no te preocupes, mi amor… —largó uno de los tipos no bien la vio.

Y otro completó la frase:

—… que somos buenitos!

La joven los ignoró. Pero en cuanto se cruzaron la increparon mal.

Uno la agarró de un brazo y la encaró. De reflejo, la muchacha le dio un cachetazo. Y ahí se armó la podrida. Los borrachos se le abalanzaron. Claro que no contaban con los dos ocasionales ángeles guardianes de la chica. Ángeles que practicaban artes marciales.



J.R.Ceros

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En el texto hay: vampiros, zombies, licantropos

Editado: 05.10.2018

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