Ojos de Rubí

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CAPÍTULO XI – CAÍN

Luciano Santos guardó silencio: sabía muy bien que esa era su historia. Lo sabía aunque una parte de sí, aquella que creía que la vida que llevaba apenas un mes o incluso una semana atrás era una vida como la de cualquiera, se negara a creerlo.

¿Caín?

¡¡¡Caín!!!

—Miren, señores —dijo tozudo—. Yo no elegí nada de esto, ni quiero nada de esto. Lo único que me importa es rescatar a Elizabeth. ¡Ellos la tienen en algún lado!

Los hombres se miraron unos a otros.

—Tenés que entender la importancia de lo que te decimos, nene —le dijo Roberto Howater con voz autoritaria.

—¡Me importa un comino lo que me digan! ¡Quiero saber dónde está mi mujer! ¡Si ustedes no pueden ayudarme, déjenme que me bajo acá!

—Calmate, Luciano —respondió Marco—. Sabés que sin nuestra ayuda no sabrías ni por dónde empezar. Mejor callate y escuchanos.

Luciano suspiró y se masajeó las sienes. Dos días atrás le hubiera sido imposible creer lo que acababan de decirle. Pero ahora, después de lo que había visto y de lo que estaba viendo, se dijo que todo podía tener sentido. Sin embargo, no podía evitar sentirse cansado.

Carlos Manserv se aclaró la garganta.

—Respecto a la ubicación de la guarida de Jerónimo del Vivar, yo estoy a cargo de la investigación —dijo, engreído, alzando la nariz. Howater puso los ojos en blanco—. Y justamente después de dejarte sano y salvo, nos vamos a ir para allá, porque finalmente lo encontramos… Huye como rata desde hace más de un milenio… tres siglos acá en América. Pero sí, esta vez lo localizamos, y estoy seguro de por qué: quiere que te conduzcamos hacia él.

—¡Pero no entiendo! —Luciano no disimuló su enojo—. ¿Por qué se llevó a Elizabeth? Si me quería a mí, ¿por qué no me llevó a mí y listo?

—Por la naturaleza misma de la profecía que oyó —contestó Manserv, despectivo, como si se tratara de una obviedad—. Tenían que cumplirse todas las partes, o hacerlas cumplir. Se aseguró de que todo cerrara.

—¿Que cerrara qué? ¿Qué es todo? Quiero que encuentren a Elizabeth, ella no tiene nada que ve…

—… lo que importa —dijo Howater, con voz calma— ahora es que entiendas que no podemos darle el gusto de dejarte ir hacia él.

 Luciano no daba crédito a lo que oía.

—Pará. ¿Están diciendo que me van a encerrar?

—No —respondió rápidamente Roberto—. Te vamos a conducir a un lugar seguro, donde ya no puedan corromperte más con esa profecía profana. Después vamos a buscar a Jerónimo del Vivar y a exterminarlo de una vez por todas. Y después del después, te vamos a acompañar a Roma.

—¿A Roma? ¡Yo no quiero ir a Roma! ¿Y dónde entra Elizabeth en todo esto? Además, lo que no entiendo es, si tengo el alma de Caín, ¿cómo es que Caín sigue vivo?

—Este chabón es un caso perdido —dijo Manserv, exasperado—, te lo digo yo.

—Este chabón tiene nombre —repuso Luciano, mordaz.

—Chabón uno y chabón dos, se me callan los dos —puso orden Roberto.

Marco Calaccero se apresuró a explicar:

—El alma es lo que certifica tu esencia espiritual. La consciencia, si se quiere, es lo que almacena los recuerdos de tu vida, permanece terrenal. Puede haber cuerpos que pierdan el alma y continúen vivos, así como puede haber almas que esperan un cuerpo o el descanso eterno. Una cosa no es inherente a la otra, aunque estén relacionadas.

—Es complejo —acotó Howater al ver por el retrovisor la cara de confusión de Luciano.

Luciano sacudió la cabeza.

—Lo que no es complejo es lo que quiero. Y lo que quiero… es rescatar a mi novia.

—Ya entendimos —se adelantó Manserv.

—¡Ya saben dónde están! —se enfureció Luciano—. ¡Recién mataron a dos de sus secuaces! ¡Es cuestión de ir y matarlo a él y listo!

—¡Agh! —exclamó el pelirrojo—. ¡Es insoportable!

—A ver, hijo mío —dijo Marco, en un intento por calmar los ánimos—. ¿Sabés a la cantidad de sujetos que nos enfrentamos?

—Ni idea.

—¿Y cuán poderosos son?

—No sé.

—Tampoco dónde están, ¿verdad?

—¡Eso lo saben ustedes!

 Carlos Manserv suspiró, furioso, y habló pausadamente:

—Sí, ya localizamos la guarida. Pero en ese lugar hay por lo menos diez cuevas, ¿sabés? Y son profundas. Tardaríamos por lo menos un día entero en explorar cada una. Que vengas o no vengas no garantiza que encontremos a la chica.

—Sí que lo garantiza —dijo él con un nudo en la garganta, la bronca había dejado paso a la amargura—. Porque si no voy, no la van a buscar.



J.R.Ceros

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En el texto hay: vampiros, zombies, licantropos

Editado: 05.10.2018

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