Olvidando lo prohibido

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Capítulo 22

~Pasado. Narra Darrel, 20 años. Abby, 15~

 

Abby no tardó en dormirse. Yo, en cambio, ni siquiera pegué ojo. Tampoco me suponía un problema, no era la primera vez que me mantenía despierto más de dos días, y tampoco creo que fuera a ser la última. Ya por la mañana, salí del baño después de darme una buena ducha y me acerqué a la habitación de Abby. Junté el oído a la puerta, esperando escuchar algo que me indicase que estaba despierta. Como no oí nada, decidí abrir la cerradura y dejar la puerta ligeramente abierta. Era una forma de indicarle que en cuanto se despertara, yo ya la estaría esperando. Luego me puse una camiseta y fui al piso de abajo para hacerme un bocadillo de desayuno. Mientras me lo comía, eché un vistazo a Annabelle. Se encontraba sentada en la cama, contando unas monedas que estaban repartidas por la colcha.

Ella levantó la cabeza y me frunció el ceño.

—No me queda casi dinero —dijo malhumorada. Yo di un mordisco a mi bocadillo—. He dicho que no me queda casi dinero, ¿no me has oído? Necesito más —siguió. Terminé de masticar con tranquilidad y tragué.

—Lo que te di debería durarte hasta la próxima semana, Anna —comenté.

Ella bufó y se retiró el pelo sucio hacia atrás.

—Lo que me das es siempre una mierda —dijo con rabia—. Todo lo que viene de ti es una maldita basura —murmuró en voz algo más baja, como si solo estuviera poniendo voz a sus pensamientos para sí misma.

Di otro mordisco a mi bocadillo.

Ella me fulminó con la mirada.

Levanté una ceja, haciéndole ver lo que su opinión significaba para mí.

Nada.

Entonces, Anna volvió a hablar.

—¿Sabes? Normal que la niña se haya largado —escupió con desprecio—. Si no hubieras arruinado mi trabajo, yo también me iría.

La miré fijamente.

«Claro, porque dejar de beber y drogarse para encontrar un curro diferente a estar en un prostíbulo, no era una opción para ella», pensé, pero no creía necesario gastar energías en decirle nada de eso.

Sin embargo, en lo referente a Abby, sentí que un instinto primitivo se desperezaba en mi interior, acariciando mi piel con la amenaza de salir.

—Abby ha vuelto —fue lo único que contesté.

Annabelle pestañeó y frunció el ceño ligeramente.

—No entiendo qué es lo que haces —dijo extrañada—. Qué haces con ella para que no vea toda esa mugre que te rodea —continuó señalándome como si alguien acabara de cagar en su puerta.

La miré inexpresivo durante unos segundos. Luego me giré para salir, pero antes de atravesar la puerta, hablé.

—No hay más dinero hasta la siguiente semana. —Y cerré a mi espalda sin dirigirle una última mirada.

«Pero lo cierto es que yo tampoco lo entendía», pensé sin poder deshacerme de las palabras de Annabelle.

Mi mano libre se cerró en un puño.

Y es que en lo más profundo y oscuro de mi ser, sabía que no permitiría que Abby se alejara. La sentía mía. Su temperamento fácil de encender, pero también fácil de calmar. La forma de ser tan dulce y sincera, pero que en cuanto la hacías rabiar no dudaba en defenderse. Era como una fiera, rápida e inteligente. Y nadie la conocía como yo. Nadie podría protegerla como yo.

Salvo en la fiesta. Había estado tan ida, tan pasiva ante todo… Irreconocible.

Volví a la cocina y tiré lo que me quedaba de desayuno a la basura. Se me había quitado el hambre. Preparé café para dos personas. A Abby no le gustaba, pero un par de tragos le vendrían bien después de la noche de ayer.

Estaba sentado a la mesa bebiendo el amargo líquido, cuando vi que Abby se asomaba por la puerta. Una vez comprobó que me encontraba allí, entró algo dubitativa. Me fijé en que se había desmaquillado, y por su pelo mojado suponía que se habría dado una ducha rápida. Iba con unos pantalones cortos de pijama y una de mis camisetas. Al ver sus piernas desnudas, me asaltó la imagen de ayer en la fiesta, visualizándola allí sentada y jugando a quitarse la ropa, borracha y fumada a más no poder. Y con gente mayor que ella, que estaba acostumbrada a otro tipo de… entretenimientos.

«Cálmate», me dije. Me había propuesto aclarar algunas cosas, y si dejaba salir la ira que trataba de contener, no iba a conseguirlo. Pero estaba enfadado. Llevaba enfadado desde ayer, para ser exactos.

Señalé con la cabeza la taza de café que había dejado para ella. Abby se acercó a la encimera y la cogió. Arrimó el rostro y frunció la nariz al oler el café, pero cerró los ojos y dio un traguito. Estiré una pierna y alejé con el pie la silla que se encontraba frente a mí. El ruido llamó su atención. Miró la silla y después a mí. Acerqué el paquete de galletas que se trajo ayer de la fiesta.

—Siéntate —dije con voz seria.

Abby llenó un vaso de agua y lo trajo junto con el café. Se sentó y me miró un segundo, pero no tardó en bajar la vista a la taza.

La conversación empezó justo después. Le dije que me contara lo que había hecho mientras yo estaba fuera, y ella habló de forma franca. Siempre era así con Abby. Cuando hablaba, lo hacía desde dentro, desde la honestidad y el sentimiento. Eso era algo que me gustaba, pero que no logró atenuar la rabia que iba creciendo en mí al escuchar sus palabras.

Resumiéndolo brevemente, llevaba durmiendo en la casa de la fiesta cuatro días, casa que pertenecía a esa chica rubia que era mayor que Abby. Por lo que me contó, no tenía mucha relación con ella. Era la amiga de una amiga, nada más, pero como el ambiente era de fiesta continua, la chica aceptó que se quedaran varias personas en su casa. Lidia, su amiga de clase, también se estaba quedando allí, diciéndole a sus padres la mentira de que dormiría con Abby en nuestra casa.

—¿Y en qué momento fue que se te pasó por la cabeza robarme? —inquirí con una ira fría marcada en mis palabras.



SylvanaMist

Editado: 25.08.2019

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