Orquídea de chocolate

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Capítulo 1 - Volver

Era el primer día de su vida, eso suponiendo que había vuelto a nacer tras aquel fatídico accidente que la dejo en coma por varios meses justo el día en que cumplía los treinta y se enteraba que estaba embarazada, a pesar de haber vivido por veintinueve años una vida que muchas quisieran vivir, llena de libertad, lujos, comodidades, viajes y todo lo que una chica necesita, ella siempre pensó que no había vivido realmente, por eso, el día que abrió los ojos después de varios meses en coma pensó que había nacido en aquel momento, el nueve de septiembre del año 2009, el día en que se vio al espejo por primera vez y no reconoció a la mujer que veía en el, a pesar de estarse viendo a sí misma.

Despertó adolorida, cansada y sedienta, había pasado unos largos meses postrada en una incómoda cama de hospital llena de tubos y aparatos, escuchando a todo el mundo hablar sin saber quiénes eran y sin poder decir una sola palabra, con la sensación de estar atrapada en el vacío, en la nada, sin más colores que el blanco, sin más sonidos que las voces desconocidas que escuchaba. Despertó fuera de sí, sin fuerzas y hambrienta, cubierta de sabanas blancas, en una habitación solitaria y con poca luz, con tan solo una ventana con cortinas azules como cielo de verano, paredes grises como la ceniza de un cigarro, no había televisión, un cuadro o siquiera una silla, solo su cama y una pequeña mesita, encima de ella un vaso de agua y unos papeles que no sabía leer. Si, el lugar era un poco triste, pero tal vez era el lugar perfecto para una persona que volvía a nacer, pues no recordaba nada de su vida anterior, ni siquiera su nombre, ni siquiera a sí misma.

Belinda Orquídea Sanz es una mujer sencilla, pero hermosa, de tez blanca como la espuma, ojos marrones y profundos, abundante cabellera negra que acariciaba su cintura, labios carnosos color carmesí, dentadura perfecta y una sonrisa hermosa, su cuerpo es tan perfecto como escultura griega esculpida por los dioses, incluso semejante a las dichosas diosas de la mitología misma, sus manos delicadas y suaves como algodón podían dibujar hermosas pinturas, como si estuviera creando un universo con sus dedos, pero su mayor belleza, la que todos admiraban y conocían, la que era a su vez su arma y mayor talento era su hermosa y potente voz. Más de uno cayo rendido a sus pies al escucharla cantar, otros más quisieron ponerle precio a su talento y a su belleza, pero ella se encargaba de bajarle los sumos a cualquiera alegando que su talento no tenia precio y que incluso no le pertenecía.

Aquella mañana de septiembre, cuando despertó aturdida y sin memoria en la cama de aquel hospital y sin recordar nada acerca de su vida, de su pasado o siquiera de quien era realmente o como había llegado allí, se dijo a si misma que había vuelto a nacer.

Una enfermera a la que no había notado estaba detrás de las cortinas azules mirando por la ventana el hermoso día que hacia afuera, al verla intento decir algo como pudo, apenas podía balbucear, miro todo a su alrededor y no podía reconocer nada. La enfermera se acercó a ella, toco el botón que llama al personal médico, le pregunto algunas cosas, entre ellas su nombre, puso una luz en sus pupilas, mientras le preguntaba en qué año estaban, para cerciorarse de que no había daños colaterales e hizo algunos chequeos de lugar mientras llegaba el médico. Pero Orquídea no recordaba nada en lo absoluto, tampoco lo había hecho unas semanas atrás cuando había despertado del coma por primera vez tan solo unos segundos para volver a dormir profundamente por casi un mes más. El médico que la atendía hizo los chequeos de lugar, todo estaba bien aparentemente a excepción de su memoria.

La enfermera que había estado ahí cuando despertó se quedó con ella un rato más luego de marcharse el doctor después de haberse tomado un largo rato de observación y chequeos. Luego de unas horas de haber despertado sin volverse a dormir, esta le entregó algunas de sus pertenencias, las cuales tenía consigo el día que la encontraron a unos pocos metros de donde había tenido el accidente unos meses atrás. Entre las cosas que le dio la enfermera estaba su teléfono celular, el cual no había parado de sonar en todos esos meses, sus documentos, unas fotos y su cartera, al entregarle los documentos le mostró su foto en ellos y le dijo que su nombre era Belinda.

Antes del accidente Belinda era una mujer feliz, decidida, emprendedora, capaz de lograr lo que fuera que se propusiera, pero había algo en su espíritu, algo que no le permitía volar más lejos, por mas que había intentado no había reconocido aquello que le impedía despegar, pero sabia dentro de sí misma, en lo más profundo de su ser que en algún momento descubriría que era esa espina que le hacía sangrar por dentro.

Aquella mañana de septiembre, había despertado con una sensación de libertad, pues no tenía un pasado, era como una hoja en blanco, como un lienzo en los que solía pintar hermosas creaciones. Su presente era incierto, al igual que su futuro. Tomó un espejo que le había dado la enfermera y se observó detenidamente, se sabía hermosa, se había comparado con la mujer en su documento y efectivamente eran la misma, aunque no se reconociera en ella, aunque no la recordara. Ahora por lo menos sabía su nombre, y eso la hizo sonreír, al menos tenía una pista sobre sí misma, había visto su edad, su fecha de nacimiento, su dirección y otras cosas, pero su nombre fue lo que más le llamó la atención. Antes del accidente todos la llamaban Orquídea, ella no lo sabía en ese momento, pero había decidido en ese momento que la llamaran por su primer nombre, Belinda.



Ovent

Editado: 16.02.2019

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