¡oye vecino, tengamos sexo!

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO 1.

No sabía que hacer, era como si mi lengua hubiese sido cortada. Las dos niñas en sus brazos me miraban con una sonrisa sin un par de dientes, parpadee y les sonreí. Más que una sonrisa amable fue un poco más incómoda, me podrían comparar con el gato de Alicia en el país de las maravillas.

— ¿Qué es sexo? —Pregunto inocente una de las niñas. Genial, ahora tengo que dar la charla de las aves y las abejas.

— Cuando un hombre y una mujer, —El carraspeo del chico frente a mi me detuvo.

— Sexo son galletas. —Me detuvo de darles la charla soltando lo que suponía, era lo primero que se le ocurrió.

— ¡Entonces quiero mucho sexo, tio! —Grito la niña más grande. Clemencia, quien pasaba por atrás, la miro y nego.

— Creo que no deberías decir eso, niña. —Sugerí a la pequeña quien al escuchar mi voz clavo sus ojos en mi— El sexo, —El chico abrió sus ojos— Las galletas sexo me refiero, son sólo para adultos.

Intente salvarle el pellejo al pelinegro quien parecía comenzar a perder la cordura. En parte, debía aceptarlo, era mi culpa. Pero, muy a pesar de todo, debíamos ser honestos con los niños. No creo que por decirles que el pene se introduce en la vagina y no que la cigüeña o cualquier otra historia los trajo se traumen ¿no?

Bueno, no pene y vagina. Palito y hoja suena mejor. ¿Menos trauma?

— Exacto Clary. —Asintió en acuerdo— No debes decirlo frente a mamá ¿Si? —Las pequeñas asintieron  y se concentraron en sacar sus mocos.

— Bueno, —Suspire para cambiar de tema e intentar olvidar que, literalmente, había gritado que tuviéramos sexo frente a dos niñas— ¿Necesitas algo?

Yo si necesito algo. Tu pene en mi vagina.

Bueno no.

— Vengo de parte de Dana, 34-A. Tomas, su hermano —Se presentó mostrando una sonrisa.

— Lois. ¿Y qué necesita Dana? —Pregunté soportando mi hombro en el umbral de la puerta.

— Sólo me pidió que te buscará. —Respondió elevándose de hombros.

— Entonces, veamos que desea la gran Dana. —Tome las llave del llavero y cerré la puerta para caminar hasta el ascensor.

Dana era mi vecina de arriba quien era dos, quizás tres años mayor. La ayudaba la mayor parte del tiempo a cocinar, porque tenía esta fabulosa habilidad de hacer de todo un manjar. Mientras que ella, quemaba el agua. Había mencionado un par de veces la visita de un hermano, pero yo, llena hasta las orejas de crema blanca pensé que había escuchado mal.

Las puertas del ascensor se abrieron y junto a Tomas salimos. Toque la puerta y una sonriente Dana abrió.

— ¡Mi salvación! —Se lanzó dramática a mis brazos.

— ¿Qué sucede? —Se movió a un lado dejándome pasar— Uhg, huele a quemado aquí.

Abanique un poco con mi mano para intentar obtener un poco de aire fresco.

— Me han caído de sorpresa, Lois. —Rasco su nuca— Mi familia se ha auto-invitado y tengo que hacer la cena de año nuevo.

— ¿Necesitas ayuda con la comida? —Pregunté sabiendo que obtendría una respuesta obvia.

— ¡Claro! —Pego el grito al cielo asintiendo como loca— Puedes venir en año nuevo si quieres también. Se que Mack se va con su novio europeo y todo eso. —Ofreció pero decline su oferta negando.

— Te ayudo, pero tengo trabajo que hacer. —Aclare.

— ¿Trabajo en año nuevo? —Junto sus cejas y me tendió un lindo delantal con detalles de Navidad.

— Suena raro pero, es cierto. —Asegure caminando hacia la cocina— ¿Qué quieres hacer? ¿Pavo?

— ¿Podrías hacer pavo?

— Por supuesto. —Afirme como si fuera nada— Sólo dime con que les gusta.

— Como gustes hacerlo. —Cedió el control de la situación.

No dije nada comenzando a tomar las cosas que necesitaba. La puerta de la cocina se abrió mostrando a Tomás.

— Deberías ayudarla. —Pidió. Más bien, exigió Dana a su hermano.

— No creo que pueda ayudarla. —Río ligeramente— Sabes que mi especialidad es el café. No creo que nuestros padres quieran eso.

Por el rabillo del ojo vi como torno sus ojos hacía el pelinegro. Comenzaron a pelear en susurros que, suponía, no debía escuchar. Ay no. Ella sabía sobre el reto. ¿Me lo estaba regalando?

"Bien, entonces ve a entretener a las niñas." Susurro Dana y con eso Tomás dejó la habitación. Dana llegó a mi lado apoyándose en la encimera. No, por favor.

— ¿Crees que él pueda ser el número cien? —Solté el cuchillo con el que cortaba las verduras. La mire abriendo mis ojos— Ay, por favor. ¿Por qué me miras asi? No te hagas la inocente. —Me golpeó en el hombro— Tengo que ser honesta, y no lo digo porque es mi hermano, pero esta bien proporcionado. —Señaló su entrepierna haciendome saber a qué se refería. 



AvaCorallend

#222 en Joven Adulto
#289 en Otros
#85 en Humor

En el texto hay: amor, humor y romance, vecinos

Editado: 05.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar