Papi, estoy de regreso |sueños oscuros #1|

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4° Psicofonía de de auxilio

Ante la presencia de aquel ser que le hizo retener el aliento, Víctor había tenido que permanecer recostado sobre su costado derecho, de frente a la pared y cubierto hasta la cabeza con la cobija.

Los minutos transcurrían a un paso tan lento, tan íntimo, que el joven creyó que el tiempo se había detenido para obligarlo a permanecer sumido en la oscuridad y el temor.

Tras el lento caminar de las manecillas del reloj, las cuales, después de una eternidad, por fin marcaron las tres con treinta minutos, y la presencia maligna de la criatura dejó de ser percibida por el espíritu del joven. Y entonces, él supo que era el momento adecuado para bajar un poco la cobija y mirar sobre su hombro, con la esperanza de que esa cosa no se encontrara más ahí.

Estaba solo, bajo la sábana, escondiéndose como un niño pequeño y asustado del monstruo del armario.

Aunque ahora, no había nadie a excepción de él en la habitación, su alma estaba ya muy alterada, casi al borde de un ataque de pánico; así que sin poder controlar sus propias emociones, se vio obligado a permanecer despierto el resto de la madrugada.

Su soledad era acompañada por el cantar de los grillos en medio de la oscuridad penetrante, y el ruido del viento al darle suaves caricias al vidrio de su ventana intentaba arrullarlo. Fue así que, cuando al final el cielo comenzó a iluminarse, y los cálidos rayos naranjas del amanecer se abrieron paso entre las cortinas, Víctor consiguió cerrar los ojos y conciliar el sueño.

Para desgracia del joven, no se le permitió disfrutar por mucho tiempo de un buen descanso, pues apenas entrada la mañana, la voz de su hermana menor comenzó a aturdir en sus oídos, como solía hacerlo todas las mañanas.

—¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde! —se escuchó la voz de Susy haciendo eco entre los pasillos de la casa, repitiendo una y otra vez lo mismo.

Y es que, la noche anterior, Valeria había comenzado a leerle a Susy el libro de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, cosa que había dejado a la pequeña mucho más que emocionada.

Justo por eso, era que la niña se encontraba corriendo de aquí para allá, imitando a ese conejo blanco que tanto la había cautivado. Le fascinó de él su actitud apurada, su pelo blanco como la nieve, su forma rimbombante de hablar, y la manera en la que guio a Alicia hasta el increíble país.

Era tierno a niveles sobrenaturales escucharla imaginándose sumergida en tan impresionante país, y en cualquier otro momento, Víctor habría disfrutado de la alegría de su hermana. Sin embargo, está vez, el cansancio de la noche en vela era cruel, y le provocaba sentir rabia hacia la alegría que Susy reflejaba en sus gritos.

Al menos, eso creyó...

Maldijo en voz baja más de una vez mientras se cubría más bajo la sábana, y por un momento el deseo de hacerla callar ardió en sus venas. A pesar de ello, respiró profundo para controlarse, pues estaba consciente de que podría herir los sentimientos de la menor si le gritaba que se callara. Por eso, prefirió mantenerse en silencio y limitarse a salir de la cama.

Después de todo, ella no tenía culpa alguna de su mala noche.

Tomó el borde de su cobija para hacerla a un lado y poder levantarse de una buena vez. Arrastrando los pies avanzó hasta el baño de su habitación, donde se lavó el rostro con agua fría antes de tomar su ropa del perchero y vestirse.

Así pues, bajó las escaleras para dirigirse al comedor y almorzar junto a sus padres y su hermana.

Víctor se esforzó en convivir con su familia y ocultar el mal humor, aunque sin lograrlo, de modo que durante todo el trascurso de la mañana y parte de la tarde, mantuvo un ceño fruncido en su frente que le proporcionaba una expresión total de fastidio.

Además, tenía los ojos irritados por la falta de sueño, y sólo se limitaba a responder sí o no cuando sus padres le llamaban. Así pues, haciendo un vano intento por controlar su irritación, Víctor preparó un bol de palomitas de maíz, encendió el televisor y se acomodó en el sofá.

A su vez, Susy se sentó sobre el suelo cerca de su hermano, en compañía de su pingüino mal hecho y el resto de sus juguetes.

Un par de horas transcurrieron con calma y quietud, escuchándose en la habitación nada más que el ruido del televisor encendido, y las vivas aventuras que emergían en voz baja de la imaginación de la niña.

—Hermano —llamó Susy con voz tranquila mirando hacia Víctor, deshaciendo así al silencio que había entre los dos.



Kim Pantaleón

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En el texto hay: drama y misterio, muertes tragicas, enfermedades mentales

Editado: 22.02.2018

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