Papi, estoy de regreso |sueños oscuros #1|

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5° La dulce y picante muerte

Las hojas de los árboles ondearon lacónicas cuando el viento decidió acariciarlas, arrastrando también algunas hojas secas que descansaban sobre el suelo.

Los grillos entonaban su cantar a la luz de luna, brindando de una sensación tranquila a quienes deseaban cerrar sus ojos para descansar, y así reponer fuerzas para comenzar un nuevo día cuando el sol asomase sus rayos.

—Te tenemos —susurró el padre de Jenny, a la par que dibujaba una sonrisa maquiavélica en su rostro.

El hombre se encontraba recargado en el gran árbol de la esquina, aguardando el regreso de —quien para él—, era el espíritu de su bebita.

Cerró los ojos mientras ensanchaba su sonrisa, sintiéndose lleno de dicha, sobre excitado ante la idea de que Jenny volvería pronto a su lado. Estaba ansioso por poder tenerla una vez más entre sus brazos, acariciar su suave cabello, besar esos pequeño y dulces piecitos.

Esa niña que había sido para él, el más hermoso regalo que su esposa le había hecho antes de morir, era la luz de sus ojos. El pequeño amor de su vida. Esa pequeña, era todo lo que le quedaba; haberla perdido por un maldito arrebato caprichoso del destino, era algo que no iba a permitir.

Jenny se quedaría con él para siempre, nada ni nadie la alejaría de su lado. Ni siquiera Dios.

Una vez que sintió la fría presencia de "Jenny" cerca de él, sus sentidos se vieron embelesados ante ella. Giró la cabeza para verla con el mismo cariño que sólo un verdadero padre es capaz de sentir, acompañándolo de una mirada demencial.

Ella permanecía a su lado estática, con la cabeza baja y el cabello cubriéndole el rostro; una fuerte aura de maldad despedía de su cuerpo, cosa a la que él había dejado de prestar atención, y por ende, no se dio cuenta de en qué se estaba metiendo.

Mucho menos, se dio cuenta de que ella, no era más Jenny.

—Pronto volverás a mi lado, mi pequeña —dijo con ternura a la niña, pero ésta no le respondió—. Una vez que logres acercarte a ella, y consigas acceso a su cuerpo, debes alimentarte. Sólo recuperarás tu propio cuerpo comiendo su carne. ¿Está claro?

De nuevo, no hubo respuesta. El hombre se dio la vuelta en su lugar, con una mezcla de confusión y molestia en su rostro.

Se acercó más hacia ella con la intención de llamar su atención, mostrándose fastidiado de llamarla y ser ignorando. Puso su mano derecha en el hombro de Ana para obligarla y responder, sacudiéndola de adelante hacia atrás con cierta violencia.

Estaba molesto y controlar sus ataques de ira no eran su fuerte dada su falta de cordura; para su desgracia, ese arrebato, sería el último que hiciera.

La criatura comenzó a reírse a carcajadas, y arrojó hacia atrás la cabeza revelando un desfigurado rostro demoniaco, con dos grandes agujeros negros que parecían atravesar toda su cabeza, mismos que el hombre le había hecho días atrás; en sus mejillas se veían con claridad las marcas de la sangre que de sus ojos había brotado, además en su torcida boca con un extraño labio leporino bilateral, se dibujaba una sonrisa satisfecha.

El muy ingenuo le había ayudado a concebir sus planes, ahora ya no le necesitaba más.

Por primera vez en su vida —o mejor dicho, por primera vez desde que la cordura le abandonó— sintió fuertes escalofríos recorrerle por cada vértebra de la columna, estremeciéndolo desde la cadera hasta el cuello; logró percibir en su alma como la maldad escondida en la criatura frente a él, había torturado y llenado de dolor a su hija, para terminar por convertirla en la bestia a la que ahora miraba con horror.

De sus labios apenas pudo salir un suave "perdóname", antes de que su cuerpo se llenara del insoportable dolor provocado por Ana, cuya mano atravesaba el pecho del hombre, hasta salir por su espalda.

—Te amo, papi —susurró Ana en burla imitando la tierna voz de Jenny, mientras el cuerpo de su ex cómplice se deslizaba hasta el suelo, con la vida escapándose de su ser.

 

 

 

—¡APESTAS A CANELA! —continuaba gritando Susy invadida por la desesperación, ante el temor de lo que ese aroma le deparaba a su hermano—. ¿¡POR QUÉ HUELES ASÍ!?

Alan y Valeria habían entrado a la habitación al escuchar la manera en la que Susy le gritaba a Víctor, cosa que desde luego les preocupó.

También, la pareja estaba más que confundida y era comprensible. No era común en la niña perder el control de esa manera. Sobre todo, era extraño que le gritase a su hermano mayor mientras lloraba de tal forma.



Kim Pantaleón

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En el texto hay: drama y misterio, muertes tragicas, enfermedades mentales

Editado: 22.02.2018

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