Papi, estoy de regreso |sueños oscuros #1|

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11° Luz al final del túnel

La doctora Miriam le había realizado dos test a Susy: El primero, había sido un WISC —test que se realizaba para conocer el coeficiente intelectual en niños menores a dieciséis años—, y el último fue el test de figura humana. Si bien el resultado que Susy obtuvo en el WISC fue singular, no se comparaba con el que obtuvo en el segundo.

Incluso, Miriam no podía desviar la vista del dibujo que Susy le había entregado, el cual no sólo le aclaraba muchas cosas, sino que también le causaba cierta intriga.

De manera simple, la psicóloga le había pedido a la niña realizar una persona lo más completa posible.

Para su sorpresa, Susy dibujó a una niña de apariencia exquisitamente detallada, de cabello ondulado y largo hasta la cintura. En su rostro acomodó dos cejas, dos ojos con una pupila cada uno y pestañas, una nariz y una boca con labios delgados. Debajo de la cabeza había cuello y hombros. Además, sus brazos tenían una buena proporción entre sí, y en cada mano podían apreciarse cinco dedos. La niña vestía una blusa con una flor en el centro, pantalones y zapatos en sus pies.

En todos los años que Miriam llevaba ejerciendo la psicología infantil, pocas veces había visto dibujos como aquel hechos por niños.

Pero, aparte de lo completo y esmerado que lucía —a pesar de sus trazos infantiles que demostraban poca habilidad—, había algo más. Algo perturbador.

Detrás de la niña que Susy había hecho, observó una silueta bastante más alta que ella. No tenía una forma específica, pero parecía poseer dos brazos que se aferraban al pequeño cuerpo por los hombros.

En la orilla derecha del papel se veía dibujado un grupo de tres niños, los cuales sólo tenían la silueta de los ojos marcada, y bajo sus piernas faltaban los pies.

Del lado izquierdo de la hoja observó una especie de criatura monstruosa, siendo aquella figura la más extraña de todas; sus ojos no sólo eran en su totalidad negros, sino que además tenía un agujero lleno de filosos dientes que parecía ser su boca, largos y grotescos dedos en cada mano, y una expresión tan demoníaca que Miriam incluso se sintió observada por un momento.

Regresó la mirada hacia Susy, quien se mostraba interesada en la pecera que estaba en la orilla de la habitación.

Cuando Miriam le preguntó qué era lo que llamaba tanto su atención, Susy le respondió señalando hacia la pecera, mientras comentaba cómo uno de los peces azules parecía olvidar lo que hacía de pronto, y terminaba por cambiar de dirección; aunque, cuando apenas había nadado un poco, volvía a detenerse como si de nuevo olvidara su camino y repetía su actuar.

—Es bueno que esté aquí. En el mar, el pececito podría perderse —dijo Susy antes de volver a fijarse en Miriam.

—Es cierto —le respondió la doctora con una sonrisa tranquila—. Susy, me gustaría hablar con tus papis a solas. ¿Nos das un momento?

—Claro. ¿Puedo jugar por allá, mami? —preguntó Susy esbozando un intento de sonrisa, aunque su voz seguía siendo seria y con un tono deprimido.

Valeria asintió, acariciando el rostro de su hija.

Susy corrió hasta la esquina con las cajas llenas de juguetes y sacó una muñeca Barbie, un peluche de oso y un pony, para comenzar con sus juegos que ahora eran mucho más tranquilos y silenciosos.

Miriam aprovechó para informarle a Valeria y Alan lo que había notado en la niña. Susy demostraba tener un CI bastante alto, además de una edad mental de un niño de diez años —aunque claro, sin sus conocimientos—.

Sin embargo, también comentó que los dibujos hechos por la niña le resultaban preocupantes, y necesitaba analizarla más.

Por lo tanto, aunque Susy aún no contaba con la edad mínima para quedarse sola con ella en terapia, Miriam les informó que la niña podría responder bien de esa manera.

Era sencillo pensar que sería más fácil para ella explayarse sin tapujos o el miedo al qué podrían decir sus padres. Por la inteligencia y madurez que la pequeña demostraba, eso podría ayudarle a avanzar más rápido en la terapia.

Luego de que la pareja se tomara su tiempo para pensarlo, al final accedieron. Miriam propuso visitarla tres veces por semana, y ninguno se negó, pues la doctora les aceptó el precio más económico, dadas sus circunstancias. Quería ayudarles.

Una vez más, Miriam pidió hablar con Susy, pero esta vez Alan y Valeria fueron quienes se alejaron, para darle a su hija la privacidad que Miriam les había pedido. Aunque claro, no dejarían a la niña sola en la habitación con una desconocida, por lo que sólo caminaron hasta la mesa del fondo, donde había agua e ingredientes para preparar café.



Kim Pantaleón

Editado: 22.02.2018

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