Paraíso En Llamas (libro 2)

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Capítulo 4

Jared y yo íbamos en la parte trasera del coche, pasábamos el pueblo antes de Old Town que era mucho más poblado que este y los edificios cubrían el ochenta por ciento de la extensión, todo lo contrario a mi viejo pueblo, lleno de árboles y vida, con sólo edificios altos en el centro. El bosque parecía dividirse en dos gracias a la carretera. Ya habíamos pasado el viejo pueblo y así mismo los edificios de este y el verde del bosque se podía ver por doquier.

-Ya puedo ver el letrero.- Dice Jared alegremente, yo estoy del lado derecho, del lado que se supone que está dicho letrero, también del lado en que se encuentra la entrada hacia el lago y del lado en donde meses atrás, se encontraba la comunidad de Caín.

Caín, mi alma gemela, el chico que me ayudó a controlar mi fuerza y agilidad, aquel que me ayudó con mis poderes cuando estos no querían despertar, le debo mucho, a él y a su grupo, sólo espero que se encuentren bien y no estén intentando luchar contra los Primeros Orígenes solos.

Jared tenía razón, yo también podía ver el viejo letrero de madera, las letras perfectamente talladas en grande. Mi corazón dio un vuelco y me sentí emocionada y aterrorizada al instante.

Conté mentalmente los segundos para pasar la frontera.

Cinco segundos.

Los recuerdos me golpean pero gracias a Dios, son de los buenos.

Cuatro segundos.

Mis amigos y yo en el lago, flotando en aquel bote de madera, riendo, comiendo y nadando fuera de él.

Tres segundos.

Los momentos de instituto, las peleas, las bromas y las emociones.

Dos segundos.

La llegada de Jesse y la de sus hermanos, lo bien que me asentó el tenerlos cerca. También recuerdo los roces entre Jesse y yo, esos momentos en que pensaba que me odiaba y luego, el momento en que me enamoré de él y el me confesó que me quería.

Un segundo.

Recuerdo la comunidad, la manera en que mi actitud cambió, cuando dejé a mi familia y a Jesse para formarme, recuerdo mis duros entrenamientos, mis dolores físicos y luego el sabor de gloria cuando supe defenderme por mi cuenta, recuerdo la adrenalina, la emoción de sentirse fuerte, ágil, el sentirse alguien...

Pasamos el rótulo y oficialmente estamos en Old Town.

Veo la entrada hacia el lago, es inconfundible para mí y sé que si me desvío del camino hacia la izquierda, dentro, muy dentro del bosque, encontraré lo que antes fue una gran comunidad de guerreros. Me pregunto si Caín y su grupo se quedaron instalados en el bosque, o si al fin se marcharon tomando caminos diferentes, o quizá están en un cuartel secreto, preparando su próxima movida, una de la que no seré parte. El bosque pasa frente a mi o mejor dicho, yo paso el bosque, veo el verde en cámara lenta a pesar de que el taxi no va despacio que digamos. Y sonrío. Por un instante no recuerdo lo malo que sucedió, sólo lo bueno, cuando creía que todo estaba bien. Y me doy cuenta de que esa Abby era feliz.

Los edificios ya pueden verse, reconozco cada plaza, cada cafetería, cada calle e incluso algunos rostros. La pregunta que me hice antes, esa de sentirme como una extraña, bueno, para contestar a esa pregunta, no me siento así, pero tampoco me siento en casa como antes. Quizá orgullosa de donde viví y cómo el pueblo se ha expandido en terreno. El taxista dice que están construyendo una planta eléctrica por los problemas que se habían estado presentando, también que piensan construir un teatro para los chicos talentosos de (oh mi Dios, qué emoción) el instituto Amadeo.

Ya sabía yo que habían sus talentosos. Había un salón de danza, era la única clase que podías tomar de manera voluntaria, sin embargo yo jamás pensé en tomarla, no era talentosa en eso.

Lo que no me gustaría es que el pueblo pierda su esencia. Que echen a perder el hermoso bosque natural por edificios. Eso sería realmente triste.

Llegamos a nuestro viejo vecindario y enserio me enderecé del asiento, hasta asusté a mi hermano que me miró divertido.

-Y pensé que era yo el emocionado.- No podía evitarlo en estas circunstancias. Las casas eran parecidas por donde mirara, eran como mejor o peor versiones de la mía. Jared le dio la indicación de hacia dónde doblar y entonces estábamos en nuestra calle. Me pegué a la ventana y la abrí, sintiendo el aire fresco, no frío como Canadá pero eso era bueno ya que no me congelaría hasta los huesos. Este era el clima que me gustaba, ni tan caliente ni tan frío. El taxi se detuvo y entonces, por la ventana no fue mi casa la que vi, fue la suya. Mi corazón dio un vuelco, ésta vez no por alegría. Me aferré al borde de la ventana y me obligué a salir con piernas temblorosas. Mi cabello, ahora trenzado de lado, fue recibido por una ráfaga de viento y levantó el cabello salido del peinado. Lo aparté de golpe y evitando ver la vieja casa de los Thompson, miré la mía propia y... Oh por Dios, ahí estaba Karum.

Me llevé las manos a la boca y puedo jurar que mis ojos se empañaron por las lágrimas.



Abby Conrad

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En el texto hay: guerra, virus, ancla

Editado: 12.03.2018

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