Paraíso En Llamas (libro 2)

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Capítulo 11

Estoy fuera de casa, esta vez no me molesto en que mamá o James me vean ejercitar. Me sentía demasiado histérica durante la cena así que salí con ganas de sacar toda esta tensión de mi cuerpo, y lo único que parece ayudarme con eso, es el ejercicio.
Estoy a mitad de una voltereta cuando la puerta trasera se abre y yo al no estar del todo concentrada, caigo en una fea posición.
-Demonios.- Murmuro en voz baja mientras me desdoblo y me incorporo. Sacudo el polvo de mi ropa mientras me giro.
Sam está recostado en la puerta, su mirada evaluadora parece estar mezclada con diversión. Puedo jurar que se está burlando de mí en silencio.
-¿Te vas a quedar ahí mirándome? Eso es un poco acosador.- Mi voz sale agitada.
Limpio el sudor de mi frente y recojo las dagas, para cuando vuelvo a verlo, él se está acercando. Oh genial, otra discusión supongo.
-¿Qué haces aquí sola?
Bufo.- Practicando, duh.- Pensé que era obvio.
El rueda los ojos.- Me refiero a que aquí podrían atraparte y nadie se daría cuenta hasta al siguiente día cuando encuentren tu cuerpo destrozado.
Hago un mueca de asco.-¿Acaso estás preocupado o algo así?
Él se ríe.- Nunca, pero sería algo feo de ver.
Me río y no sé por qué, si se está burlando de mi muerte.
-No tienes remedio.- Digo negando con la cabeza. 
Sam agarra una de las dagas que están en el césped y la inspecciona. 
-Quería disculparme.- Dice en tono calmado. 
Frunzo el ceño.-¿Por qué?- Lo que en verdad quiero preguntar es... ¿Por cuál de todas las cosas? Pero me contengo.
-No lo sé, he dicho demasiadas cosas, así que creo que me disculpo por todas.- Se encoje de hombros y deja la daga para verme. Está frente a mi, puedo incluso ver todos los matices de verde en sus ojos. Son increíbles, no como los ojos verde claro de Zack o coló los verde intenso de Cody, estos son de un tono entre oscuro y claro que me hacen querer seguir observándolo. Pero no lo hago, porque ed un idiota y se sentiría halagado si me le quedo viendo. Y sería tonto de mi parte hacerlo.
-No fuiste el único.- Admito.
-Pero yo fui quien lo provocó y...- Aprieta sus labios en una fina línea, como si no quisiera hablar de más.- Es por él, todo el asunto es por Isak.- Admite.- Todo este odio que siento a los de tu especie, a tus amigos, a...
-A mí.- Termino por él cuando veo que no puede decirlo.
Y... Y asiente. Admite que me odia.
-Es por él. Así que no creas que es personal mi comportamiento y todo eso.
Dejo de verlo y miro el pasto en su lugar.
-No sé qué decirte Sam, no puedo disculparme, no puedo decir que lo siento porque... Tú tampoco sientes que yo perdiera a amigos o incluso familiares por tu gente. Porque los perdí, incluso, yo misma viví con temor hacia todos ustedes desde que supe lo que yo era, sobre lo que me pasaría si me exponía demasiado. Y sé que si me hubieras conocido antes, me hubieras dado caza.
Se me queda viendo, puedo sentir su mirada de manera pesada.
-Todos hemos fallado al parecer.- Dice con voz ronca.- Todos hemos perdido a alguien.
-Y todos hemos pagado por ello.- Termino por él, al fin viéndolo. 
No puedo explicar la intensidad de su mirada, es como si tratara de entrar en mi cabeza, como si tratara de leerme los ojos. 
Suelta aire.- Lamento haberte tratado así, lamento lo que dije, no fue maduro.- Asiento.
-Lo entiendo, está bien. Lamento provocarte tantas veces, sé que parece que tengo algo contra ti cuando actúo así pero no, no creas que es el caso, solo... Me sorprendes demasiado y creo... Creo que...- Me quedo corta de palabras.
Sam se acerca un poco más, tengo que inclinar la cabeza para verlo mejor.
-¿Crees qué?- Pregunta con voz ronca y baja. 
Miro sus ojos, sus pestañas y lo largas y oscuras que son. La manera en que se rizan y adornan sus ojos. 
-Creo que a veces... Incluso llegas a asustarme.- Admito en voz baja.
Sam no dice nada al respecto, se limita a mirarme con intensidad. 
Baja la mirada asintiendo y luego vuelve sus ojos hacia algo detrás de mi, evitando mis ojos.
-Sólo vine a disculparme, pero no quiero que te confundas, no somos amigos, sólo trabajamos juntos.-
Intento no verme sorprendida por sus palabras mientras asiento.- Lo entiendo. Me conformo con saber que estamos bien.
Asiente. Da unos pasos retrocediendo.
-Entonces ¿Vas a decirme qué hacías realmente aquí?- Dice cambiando de tema.
Meto los mechones sueltos detrás de mi oreja. La trenza estaba casi desecha.
-Bueno, he estado pensando en todo esto...- Casi le admito lo que pienso sobre mis manos cubiertas de sangre y paro abruptamente de hablar. No es algo que quiera escuchar de mi.- Verás, hace tiempo que no mostraba quién era yo realmente...
- La última vez que hablamos de esta forma, no sabías quien eras. ¿Lo haces ya?
Asiento.-Creo que sí.
-¿Y quién eres?- Esa pregunta otra vez. Una pregunta que me he hecho sobre él, que él me ha hecho ya...
-Soy... Soy una guerrera.- Digo mirándolo de frente. De pronto esas palabras se me hacen pesadas, lejanas. ¿Tengo lo que necesito para serlo? ¿Me escuché patética diciéndolo?
Pero él no se ríe de mí.
En cambio, levanta de nuevo la daga, la mira un momento y luego a mi.
-¿Te parece si me haces una demostración?- Tuerzo el gesto.
-Creo que ese es el problema. Tanto tiempo simulando ser alguien que no soy y ahora que necesito ser yo misma, me he tragado mi propia mentira. Estoy oxidada.
Hace un gesto con la cabeza hacia mi y su mirada se torna intensa, una de las esquinas de sus labios se levanta, un mechón de cabello le cae sobre uno de sus ojos y la imagen se me hace oscura y peligrosa.
Él era un cazador, un experto en luchas, sobrevivió a la guerra entre nuestras razas, y yo, al estar oxidada, estoy indefensa ante él. Aun así, como soy tan testaruda, imito su posición y levanto la daga a la altura de mi mentón, separando las piernas, lista para su golpe.
Nos miramos, pero no como antes. Ahora lo hacemos evaluadores, memorizamos la posición del otro, las debilidades y las resguardamos en la mente para usarla en contra cuando sea necesario.
Él es el primero en atacar. Avanza de manera peligrosa hacia mí, girando la daga en sus dedos antes lanzarse hacia mi pecho. Me aparto a tiempo y casi me caigo ante lo brusco del movimiento. Pero logro esquivarlo, él pasa hacia un lado. Aprovecho y me tiro hacia él. Levanto la daga en dirección a su espalda pero él se gira y pasa por debajo de mi brazo y envuelve sus brazos en mi cintura. Me quedo sin aire. Utiliza su peso para lanzarme de espaldas, su cabeza está a la altura de mi pecho cuando me tira hacia el suelo.
Siento como caigo y cómo el empieza a quitar sus brazos de mi cintura para evitar caer conmigo. Pero soy rápida y lo agarro del cuello, enredando mis piernas en su cintura y trayéndolo conmigo.
Ambos caemos al suelo, la hierba fría contra mis brazos expuestos. Mi espalda choca contra él suelo y siento su peso casi por completo sobre mi. A pesar de la brusca caída, me levanto más rápido que él, agarro la daga de su mano y coloco mi pie contra su duro pecho. Sam suelta aire mirándome desde abajo. Sonrío orgullosa. 
-Como que estás lento ¿No?- Sam se ríe, muestra sus dientes blancos en su ancha sonrisa.
-Esa es una de las reglas.- Dice haciéndome fruncir el ceño.- Nunca des por hecho que has ganado hasta que veas el cuerpo de tu oponente, carente de vida.
Y entonces estoy en el suelo, sin aire y con Sam encima.
Sam coloca el filo de la daga contra mi cuello y yo literalmente, dejo de respirar.
Está demasiado cerca, puedo ver hasta las gotas de sudor en su frente y la manera en que su cabello se pega a ella. Ambos respiramos con dificultad pero aun así, él no cambia de posición. Estoy realmente consiente de la daga en mi cuello y de su mirada en su rostro. ¿Qué está pasando?
Sam acerca su rostro aún más y entonces, nuestras narices están casi juntas, lo miro con los ojos entornados. Debería quitarlo, debería alejarlo.
Entre abro mis labios para hablar.-¿Qué haces?- Pregunto casi en un susurro.
No deja de verme. Entonces, se mueve aún más, ésta vez llevando su boca hacia mi oído. Me estremezco ante la cercanía. Sam habla rápidamente.
-Tenías razón, estás oxidada.- Su aliento me hace cosquillas. 
Se aleja lentamente sonriendo de lado. Aleja la daga de mi cuello y respiro con normalidad.
Lo golpeo en el hombro con el puño cerrado y me mira con sorpresa Mientras lo quito de encima y me levanto del suelo.
-Bueno, déjame recordarte que te boté primero, si hubiera sido real, estarías muerto.- Sam se ríe, levantándose también.
-Si hubiera sido real, no hubieras durado tanto.
Ruedo los ojos.- Sí claro, haz como si tus palabras fuesen ciertas.- Me encojo de hombros.- No quieres herir tu orgullo.
Se ríe incluso más fuerte, volviendo sus ojos pequeñas rendijas.-¿Yo soy el orgulloso? Vamos, pastelito, no seas tan mentirosa.
Y ahí estaba otra vez ese apodo. 
-Ah ¿Ahora sí soy pastelito?- Levanto una ceja.
Se acerca a mi y me tiende la daga del filo para que pueda agarrarla del mango.
-Tienes que admitir que extrañaste que te llamara así. 
-Como sea.
-No lo negaste.- Sonríe.
Ruedo los ojos.- Ya deja de divagar.- Me quejo.
-Qué lástima, me tendrás que escuchar hablar durante todo el viaje.
Lo miro confundida.-¿Vendrás?
-Sí, tu mamá me lo pidió.
-¿En serio? ¿Por qué?
-Confórmate con saber que me verás por cinco horas seguidas.- Me guiña el ojo.- Buenas noches.- Se despide.
-¡Espera!- Lo detengo.
Se gira hacia mí.-¿Sí?
-Es que... Necesitaba algo.- Asiente.- No quiero... Practicar sola, quiero volver a ser buena luchando y no puedo hacerlo sola.
Se mete una mano en el bolsillo con gesto despreocupado.-¿En verdad quieres eso?- Asiento.
-Si no es mucha molestia para ti.- Digo recordando sus palabras. No sé ni cómo es que estamos tan bien, luego de que admitiera que me odiaba.
¿Cómo siquiera puede sonreír cuando estoy cerca si lo que dice es verdad?
-No es ninguna molestia.- Dice Sam.-¿A qué hora?
-Suelo hacerlo de noche pero si quieres...
-En las noches me parece bien.- Sonríe.
Su sonrisa es peligrosa, su mirada es peligrosa, sé que él lo es.
La pregunta es... ¿Por qué no me estoy alejando?



Abby Conrad

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En el texto hay: guerra, virus, ancla

Editado: 12.03.2018

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