Paraíso En Llamas (libro 2)

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Capítulo 36

No dormí en toda la noche y cuando al fin pude cerrar mis ojos, eran al menos las cinco de la mañana. Me dolían los ojos y la nariz de tanto llorar, también la espalda y los brazos, tal vez por la falta de sueño y me sentí aún peor cuando no encontré a Sam a mi lado, necesitaba a alguien que me abrazara. Cuando me levanto para arreglar la cama me encuentro con una nota de Sam en su almohada.

Te veo a la orilla del lago, no tardes.
-Sam.

Me pregunto por qué no estaba cuando desperté, quizá está ayudando al resto a planear el funeral de Caín, yo no quise hacerlo, es como estarlo matando antes de tiempo, por eso yo iba a cuidarlo hoy, pero ahora que leo la nota de Sam quizá surgió algo importante. Me cambio de ropa y me calzo mis botines, dejo mi cinturón de armas en la silla del escritorio, no quiero llevar armas hoy.

Y mientras camino por las calles del pueblo siento frío, mirando al cielo me pregunto si Caín tendrá la oportunidad de volver a ver las estrellas, o si ayer fue la última vez que las verá.

Empiezo a pelear conmigo misma por no apreciar su compañía antes, empiezo a golpearme mentalmente por cada vez que lo herí llamándolo monstruo, por cada vez que lo miré con odio. Me estremezco al recordar cada vez que deseé su muerte, recordar eso es casi igual como clavar una daga en mi corazón. Soy un fantasma caminando, sin fuerzas para mirar hacia arriba, sin ánimo para sonreír o llorar con los recuerdos de Caín.

Quisiera que hubiera una manera de parar esto, de darle más tiempo. Pero no la hay, no hay una cura.

Caín pidió que no lo dejáramos despertar, que no quería pasar a la fase de convertirse en Caníbal, y entiendo su decisión, pero eso no quita el que sea doloroso.
Siento un latigazo de dolor recorrer mi espalda y tengo que doblarme y agarrarme de las rodillas para evitar vomitar por el dolor. ¿Qué está pasándome?

Empiezo a ver doble, todo se vuelve borroso y me recuesto a la pared de una vieja cafetería. Me quedo así hasta que me siento mejor, me pregunto si Sam sintió mi dolor, si fue así seguro está preocupado. Me apresuro a llegar al bosque, las ramitas crujen cuando las piso, me siento tan débil que levantar las pierna es todo un martirio, no quiero tardar mucho aquí, quiero ver cómo amaneció Caín y si necesita algo.

Pero antes de llegar al lago veo a Sam parado en medio del camino, trato de sonreír para que no se preocupe por mi.

-Hey.- Lo saludo mientras me acerco a él.
Tiene sus manos metidas en los bolsillos del pantalón, su postura es relajada y su cabeza está ladeada.- Vienes tarde.- Me dice en tono neutral.
-No pude dormir en toda la noche, pero eso ya lo sabes.- Lo abrazo soltando aire.- Quería que estuvieras conmigo cuando despertaras.
Su cuerpo se sacude cuando se ríe y me aparto frunciendo el ceño.- Eso es tierno.- Dice con una sonrisa ladeada.
Cuando por fin lo veo me doy cuenta de que hay algo que no cuadra. Su mirada verde parece oscura y su sonrisa letal, me recuerda al Sam que conocí una vez, con el que peleé más de una vez. Cuando aspiro me doy cuenta de que su olor es diferente y de repente me parece que quien tengo frente a mi es un extraño.
Entonces lo recuerdo, recuerdo cual es el don de Scott. Cambia forma. Mi cuerpo se tensa y me golpeo mentalmente por no haber traído ni un sólo cuchillo.

Este no es Sam, es Scott.
Trato de forzar una sonrisa.-¿Tierno eh?- Pregunto tratando de controlar mi nerviosismo. ¿Dónde está mi Sam? El pánico corroe mis entrañas y mi corazón no puede estar más acelerado.-¿Por qué no volvemos a casa? Está haciendo demasiado frío aquí afuera.- Trato de tomarlo del brazo pero se aparta bruscamente.-¿Sam?- Finjo desconcierto.

Scott ríe y lo más aterrador es que parece Sam quien lo hace.

-Oh por favor, no finjas más, pude notar el cambio en tu mirada cuando me descubriste.- Vuelve a reír y esta vez conserva su labio ladeado como una mueca siniestra.- Pero mi plan no era hacerte creer que era tu Sam por mucho tiempo, vine a cumplir mi promesa.- Empiezo a retroceder, mis ojos aunque asustados lo miran de manera furiosa.

-¿Dónde está?- Pregunto en un gruñido.
Junta sus manos y sonríe maliciosamente.-¿Quieres verlo?- Pregunta.
Mi corazón se detiene. Sam está aquí.
Asiento con mi cabeza de manera rígida.
Entonces chasquea sus dedos y de momento a otro ellos se hacen visibles.
-¡No!- Mi grito es desgarrador, sin embargo no tan desgarrador como lo que veo.
Sam está colgando de una soga, sus manos atadas juntas sobre su cabeza, tiene la cabeza caída hacia un lado, sus ojos entrecerrados por el dolor, su torso al descubierto con heridas abiertas y sangrantes. Está vivo pero mal herido y colgando así no aguantará mucho tiempo. Miro al Sam falso.- Bájalo de ahí.- Le pido avanzando un paso.- Por favor no le hagas daño.
-Eso es tierno.- Repite.



Abby Conrad

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En el texto hay: guerra, virus, ancla

Editado: 12.03.2018

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