Pasitos

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9-Jugando a las escondidas:

Fue una larga noche. Paula no podía dormir, por primera vez en muchos días no se sentía tan cansada. Todo lo contrario. Tampoco sentía la cabeza pesada, como si estuviera llena de agua y los pensamientos simplemente se negaran a emerger. Comenzó a hacer planes, quería bajar al sótano en ese mismo momento, cuando sus tíos se durmieran y creyeran que ella estaba durmiendo también, drogada por el té. Ahora estaba realmente segura de que no sospecharían nada. Jamás se les ocurriría que estaba despierta. ¿Y qué haría si encontraba al niño allí encerrado?... Escaparían juntos, pensaba decidida.

El silencio invadía la casa y sólo el tic tac del viejo reloj de pared, que estaba en la sala, se escuchaba a lo lejos. Parecía un silencio sobrenatural en aquel lugar que normalmente crujía a la mínima brisa, como una cáscara de nuez. Paula acostumbrada a los ruidos lo tomó como una bendición. Al menos así estaría segura si alguno de sus tíos se levantaba de golpe y se le ocurría deambular por la casa esa noche.

Estaba a punto de levantarse cuando notó algo extraño: el reloj dejó de funcionar… no se escuchaba nada, el silencio se volvió absoluto. Parecía la calma que antecede a la tormenta. Luego escuchó un inconfundible ruido de una puerta abriéndose. Se acomodó mejor en la cama, para escuchar más claro cuando… se dio cuenta de que algo no andaba bien.

La puerta que se había abierto era del piso inferior, no la de sus tíos, como sería lo lógico a esa hora. Luego vinieron los pasitos, pequeños pasitos en las escaleras. Muy diferentes de los de su tío, más pesados y rápidos. Éstos eran suaves y pausados. Subían con precaución, tratando de que la madera de los escalones no crujiera bajo ellos. Paula tuvo un escalofrío. ¿Qué sería eso?

Los suaves pasitos se detuvieron en el corredor y casi de inmediato comenzaron a acercarse a su habitación. La chica se incorporó en la cama mientras dirigía su mirada hacia la puerta, temblando entera y al borde del pánico absoluto. Vio como la manija de la puerta se abría y estuvo a punto de lanzar un grito… Pero la puerta no se abrió y luego la manija dejó de agitarse.

Paula, más inmóvil que una estatua, dejó pasar casi un minuto antes de ponerse en movimiento junto con un pensamiento coherente. ¿A qué le tenía miedo? Seguro que era el niño que había escapado y la buscaba a ella para que la ayudara a escapar de su encierro.

Se levantó de la cama, tratando de no hacer ruido, no se detuvo a colocarse la bata encima del camisón así que pronto estuvo frente a la puerta. Tenía miedo… ¿y quién no lo tendría? Sus pensamientos se agitaban al ritmo de los latidos de su corazón. ¿Sería el niño o… alguien más? Levantó la mano derecha y aferró la manija de la puerta. Con un suspiro la abrió. Del otro lado no había nadie… Confundida, ya que daba por hecho de que había alguien allí, salió al corredor. El corredor estaba en penumbras y tan solitario como siempre. Sólo la bombilla antigua de luz amarilla estaba encendida y, colocada al final y casi encima de la escalera, poca luz emitía hasta donde estaba la chica. Las sombras abrazaban su figura.

Paula, desconcertada y pensando que había sido su imaginación, estuvo a punto de retroceder hasta la cama pero en ese preciso momento escuchó un ruido de pasitos en las escaleras. Pegó un respingo. El miedo volvió a invadirla, sin embargo dio unos cuantos pasos, acercándose a las escaleras.

— ¿Hola?... ¿Hay alguien allí? —susurró la chica. Su voz salió temblorosa y débil de su garganta.

Paula esperó… pero sólo había silencio hasta que, como si fuera una respuesta, el ruido de pasitos que descendían los escalones se escuchó de nuevo. La chica casi corrió por el corredor hasta las escaleras, con sus pies descalzos casi no hizo ruido, y… nada, sólo oscuridad.

La tenue luz sólo alumbraba los primeros escalones. Desconcertada, bajó un par de escalones y se detuvo, para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad reinante. Parpadeó. Fue allí al abrir los ojos cuando le pareció ver una pequeña sombra en el vestíbulo. No podía ver bien de quién era desde allí pero parecía moverse, así que supo que no era una sombra proyectada por un mueble.

— ¿Hola? —susurró. No hubo respuesta.

Asustada pero decidida a descubrir el misterio, siguió bajando las escaleras, con cuidado de no hacer mucho ruido. En el vestíbulo la oscuridad era más intensa y estaba silencioso. Ese silencio tan extraño, tan anormal en ese lugar. La luz de la luna, que entraba por la puerta de la cocina, era lo único que iluminaba el lugar que estaba aparentemente vacío.

Paula se detuvo en el medio y giró, observando en torno a ella y tratando de oír el más mínimo de los ruidos. En ese momento fue cuando se dio cuenta de que el reloj no daba la hora. Caminó hacia la oscuridad de la puerta de la sala y se detuvo en el umbral. Observó en las tinieblas el aparato que estaba frente a ella y vio que, definitivamente, se había detenido.



TaliMau

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En el texto hay: miedo, casaembrujada, maleficios

Editado: 09.06.2019

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