Pecado de Ángeles

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Capítulo 7

Micaela

El trayecto a mi casa fue uno de espanto. Era la primera vez, desde que había llegado con ellos, que me aventuraba a andar solas por esas calles sin la compañía de Miguel. Si bien conocía como la palma de mi mano el camino de regreso, el hacerlo sola significaba otra cosa. Cada paso que daba, cada vuelta de esquina que hacía, cada aire que inhalaba y exhalaba, transcurrían como si fueran milésimas de segundos, provocando que mi regreso a casa fuera tortuoso.

Antes de terminar de cruzar una esquina, miraba por el rabillo del ojo para asegurarme de que no estuviera siendo perseguida por nadie, en especial por Miguel. Lo había perdido en el cruce principal de varias avenidas, justo cuando había cruzado antes de que lo pillara el cambio de luz de semáforo. Esto me había posibilitado tomar cierta ventaja. Luego había corrido con todas mis fuerzas para perderlo de vista, lo cual había logrado con éxito. Después, había decidido tomar un atajo, el cual estaba segura de que me llevarían de regreso a mi casa, sana y salva. Pero, el temor que experimenté al hallarme en terreno desconocido, se apoderó de mí con mayor ansiedad.

Los rostros de las personas con las que me cruzaba, cuando reparaban en mí, se transformaban como si fueran entes demoníacos, provocando un estrujón a mi corazón y que apresurara el paso a como diera lugar. En una de esas que corría, no me había dado cuenta y me tropecé con una piedra. Esto provocó que cayera con tanta fuerza con la gravedad sobre el piso, teniendo que poner mis manos para evitar que me siguiera haciendo daño.

El resultado de aquella caída fue un desmadre total: mi rodilla derecha hecha añicos, con la carne totalmente expuesta, la piel desgarrada y la sangre saliendo a borbotones. Mi rostro, si bien se había salvado de aquel desastre, lo había hecho a medias; podía percibir cómo la mejilla derecha me ardía, y el dolor se acentuó cuando puse el anverso de una de mis manos sobre ella. A su vez, estas estaban llenas de rasguños y todas sucias por haber soportado gran peso de mi cuerpo sobre ellas.

Un gran chillido de dolor salió de mí cuando tuve que agarrar mi mochila, que yacía metros más allá, ya que la tela de esta rozaba a la palma de mi mano, la cual estaba llena de sangre, piel rota y pequeñas piedrecillas de tierra que se habían colado en ella.

‹‹¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí?››, pensé al tiempo que volvía a estrujar los labios por el dolor intenso que sentía sobre mi piel desgarrada en diversas partes de mi cuerpo. Sin embargo, esto no se comparaba en nada con el profundo hueco que experimentaba en mi interior y mi desgarrado corazón...

Rota.

Vacía.

Sola.

Así me sentía yo. Y ahora sí para siempre, porque desde que había regresado con aquellos a quienes estaba obligada a llamar "familia", no había sentido nunca que encajara con ellos... Nunca lo haría lo haría.

Hasta ahora me era difícil llamarle "papá" al señor Orestes Carrión, aquel hombre de piel canosa incipiente, de lentes, de mediana contextura y de aproximadamente cincuenta años, quien me había recibido con un fuerte abrazo hacía meses atrás. Aunque él se mostraba siempre cariñoso y atento, me era imposible entrar en confianza con él. Recién hacía pocas semanas atrás se me había empezado a ser familiar el decirle "papá", aunque de vez en cuando se me escapaba el "señor", ante la sonrisa comprensiva de él.

Con Andrea de Carrión, su esposa, la situación no era muy distinta. Ella era una mujer dedicada a su hogar, a su marido y a nosotros, sus cuatro hijos. Y, al contrario de él, tenía un carácter fuerte, demasiado fuerte para mi gusto. En especial, su obsesión por el orden y la limpieza eran algo que me era insoportable de llevar. Sería que había crecido en un hogar en donde el desorden y la falta de recursos eran el pan de cada día, que al cambiar de ambiente con tanta brusquedad, el choque había sido tan grande, que todavía me era difícil adaptarme en él.

No obstante, a pesar de todo esto, ella era una mujer que se hacía fácil de querer. Siempre estaba pendiente de que no me faltase nada, me preguntaba cómo me iba en la escuela, cuál era mi comida favorita para preparármela, si deseaba comprarme alguna ropa nueva, o salir a pasear por ahí a donde yo quisiese. Incluso sé que quería regalarme el último Samsung Galaxy que había salido, a pesar de ser bastante caro para la economía de ellos. En fin, era la madre ideal que muchos desearíamos. Y, aunque técnicamente era la mía, cuando yo le decía "mamá" no la sentía como tal.

Con mis hermanos, la situación no era muy distinta.

Con Rafael, mi hermano mayor, la relación no era ni buena o mala. Y era que no había tenido oportunidad de socializar con él, ya que andaba poco en casa. Más paraba en la calle, ‹‹haciendo sus cosas››, como él respondía a mi papá cuando él le preguntaba por qué se había desaparecido todo el fin de semana. Este tenía miedo de que se estuviera dedicando a cosas ilegales. Los vecinos del barrio le habían comentado que lo habían visto en malas juntas; en especial, tenía miedo de que fueran ciertos los rumores de que estuviera andando con un conocido vendedor de drogas que acababa de salir de la cárcel. Cuando mi papá le había increpado sobre ello, Rafael lo había negado por completo. Sin embargo, a sus veintidós años y sin planes de estudiar ni hacer algo provechoso por la vida, mi padre había sido bien claro con él: o se ponía a trabajar o veía cómo se mantenía. Y aunque no sabíamos todavía con certeza a qué se dedicaba, a mi hermano no le faltaba nunca dinero para salir por ahí o irse de juerga los fines de semana.



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En el texto hay: amorprohibido, incesto, drama

Editado: 06.11.2018

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