Perversa Fantasía

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Capítulo X. El Amazonas. Parte I

Cuando caminas tantos kilómetros y atraviesas incontables dificultades, resulta difícil dimensionar si en realidad ha valido la pena o ha llegado el momento de poner el mundo en pausa y respirar. Reflexionar, ese momento de profunda introspección, de hacerse uno con el contexto era un lujo que Thomas no estaba dispuesto a darse. En lugar de rendirse y volver a su vida, si es que tenía una, continuaba con la misma tesitura que lo movió, en primer lugar, a cruzar el océano, aventurándose en terreno desconocido, dejando atrás a sus amigos con la única intención de llegar al final, de abrir la caja de pandora aunque las consecuencias fueran en extremo dolorosas. Lo tenía claro, ya la esperanza estaba extinta en su corazón y solo caminaba inerte, motorizado por ese vil sentimiento llamado venganza, bailando al compás de las sombras, deslizándose de la mano con sus propios fantasmas que de tanto en tanto lo arrastraban por los senderos de la muerte; como si se tratara de una cita impostergable; la misma que tenía con el responsable de la destrucción de su familia.

—¿Sí sabes a dónde vamos verdad? —preguntó mientras cortaba con el hacha la maleza, abriéndose camino.

—Te dije que nunca transité por estos lares; pero escuché leyendas —respondió Martín mientras libraba una batalla infernal y en extremo despareja contra los mosquitos.

—No pueden mover decenas de niñas por el medio de la selva; de seguro existen senderos o algo por el estilo.

—Seguro tienes razón, pero yo no los conozco —se lamentó Martin.

—¿Entonces dónde diablos estamos yendo?

—Tengo un contacto más al norte que puede ayudarnos; si algo ilegal atraviesa el Amazonas, él lo sabe.

—¿Puedo saber su nombre?

—Es Ching o Chang, no lo recuerdo; yo siempre le dije chino.

—¿Y qué hace un chino en medio de la selva americana?

—Pues, lo mismo que todos supongo, traficar.

—Entonces es proxeneta…

—No, el trafica madera. ¿Conoces la multinacional Linki Niu?

—Por supuesto, fabrican los mejores muebles de Asia y Europa Oriental —respondió dándose cuenta de inmediato de la conexión—. Y tu amigo el chino es su hombre aquí.

—Yo no diría que es mi amigo, de hecho tendremos suerte si no nos dispara antes de que podamos emitir sonido.

—¡Aguarda! —gritó de repente—. Pronto oscurecerá; debemos armar un refugio.

La fogata, barrera indispensable para mantener alejado el peligro, siempre latente y al acecho, ayudaba a mantenerlos a salvo del descenso brusco de la temperatura y servía, además, con su chisporroteo, para perder a Thomas en sus pensamientos, añorando lo que dejó atrás sin siquiera decir lo siento; y atesorando lo que nunca tendría, ni siquiera en sus más hermosos sueños.

—Andando, todavía nos queda un largo trecho —dijo Martin cargándose su mochila sobre los hombros; animado con la aventura emprendida—. ¿Te encuentras bien?

—¿Por qué preguntas? —dijo Thomas desperezándose.

—Tienes unas ojeras que pareciera que no has dormido en toda la noche.

—Me costó conciliar el sueño, sí.

—Te aconsejo que le des un respiro a tu cuerpo o tarde o temprano te fallará, te lo garantizo.

—Por ahora solo me interesa salir de esta selva —dijo Thomas caminando estoico, como si nada pudiera detenerlo, como si el objetivo fijado fuera tan fuerte que nada ni nadie le impedirían llegar al final.

Caminaron durante horas, entre medio de los pastizales y eludiendo, de tanto en tanto, los peligros que trae aparejado invadir un hábitat celoso de su ecosistema y beligerante con los intrusos que se aventuran sin permiso.

—Dios mío —dijo abriendo tan grandes los ojos como podía, dejando caer su mochila al suelo—. Qué carajo estamos haciendo con este planeta.

—Sí que es desolador —dijo Martín al observar decenas de hectáreas arrasadas por los taladores furtivos.

—Con que así se ven U$S 750 millones —susurró impotente.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Martín mirando para todos lados.

—Tal vez sea un animal —dijo Thomas tomando la GLOK de su cintura.

—Algo me dice que es mala idea estar aquí.

El presentimiento estaba justificado aunque por desgracia para ellos, era demasiado tarde para escapar. Antes de que pudieran si quiera dar un paso, un centenar de nativos, salidos quién sabe de dónde, comenzó a rodearlos y amenazarlos con gritos –a sus oídos inentendibles- y armamento rudimentario aunque suficiente para la ocasión.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 28.02.2019

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