Perversa Fantasía

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Capítulo VI. Nasser Bin Yized. Parte II

—¿Dónde diablos están las obras? —preguntó el jeque estampando contra la pared un jarrón indio de 400 años de antigüedad.

—No lo sabemos —dijo Mohammed con la mirada en el piso, transpirando la gota gorda.

—¿Qué respuesta es esa?

—Hallamos a nuestro conductor inconsciente a varias cuadras de aquí

—¿Y la guardia que debía seguir esa camioneta? ¿El GPS?

—Hubo una distracción, un camión se interpuso en la avenida facilitándole la huida

—Al menos habrán atrapado al maldito que nos puso esa trampa; ¡solo hagan lo que deban con él!

—Estaba controlado de forma remota, no había nadie en su interior.

—¡Esto es una porquería! ¿Por qué en nombre de Alá estoy rodeando de tantos incompetentes? —gritaba desaforado, consciente de que no solo se trataba de las obras; había quedado en ridículo frente a los criminales más despiadados y mostrado, de modo imperdonable, una fragilidad inusitada en un miembro destacado del hampa internacional.

—No se preocupe jefe, yo hablaré con los compradores y seguro entenderán este contratiempo…

—¿Contratiempo? —sonrió— ¿Acaso crees que tratamos con niños de pecho? O aparecen esas obras y las entregamos en tiempo y forma o estamos acabados; yo estoy acabado.

Sin ideas que volcaran el tiempo a su favor, la cacería a ciegas tenía el gélido y cálido filo acariciando su garganta, a la espera de un error que tirase todo por la borda. La impaciencia crecía conforme avanzaba el reloj y las opciones, siempre nulas, asfixiaban la angustia contenida en el pecho de un jeque que masticaba por vez primera la amargura de saberse dueño del mundo y estar vacío, desnudo en un paraíso de espinas, caminando, tembloroso, hacia las garras tanto más grandes como despiadadas de una bestia que no conoce el perdón y siempre está ávida de sangre.

De repente, el sonido repentino de una llamada agitó las respiraciones y apuró el temblequeo paranoico de un hombre que estaba aprendiendo a vivir con el temor.

—¡Atiendan de una buena vez ese maldito teléfono!

—No es mío señor —dijo Mohammed sacando un celular del bolsillo de su saco.

—¡Contesta!

—Diga…

—Pásame con tu amo

—¿Quién habla? —preguntó exaltado.

—¿Quién crees?

—Te has metido con la gente equivocada malnacido —vociferó haciendo todo tipo de muecas con su rostro.

—No he llamado para escuchar los chillidos de una mascota; de hecho en tu lugar, dejaría de hacerme el rudo y empezaría a correr.

—¿Quién es? —preguntó el jeque impaciente, abriendo los brazos.

—Es él, señor, y quiere hablar con usted —dijo pasándole el celular.

El jeque respiró hondo unos segundos, cerró los ojos y pretendió disfrazarse de aquel intocable que fuera hasta hace un momento.

—Habla.

—Entiendo que la noche no resultó como esperaba —dijo en tono burlón.

—Siempre hay un imprudente que pretende ser famoso por diez minutos —respondió altanero.

—Supongo que ese soy yo aunque, a decir verdad, la fama me precede.

—Veo que te crees la gran cosa pero déjame decirte que no obtendrás nada; no hay manera de que…

—Déjate de tonterías —interrumpió—. ¿Qué crees que hacen en estos momentos los criminales que abandonaste en la sala de espera? El chino Huang, Litvarski, Sahin, Kaminski; ni siquiera puedo imaginar lo que planean para ti.

—¿Quién eres? —preguntó tragando saliva, desorientado, con la voz temblorosa.

—La peor de tus pesadillas. Debiste quedarte jugando con tus pozos petroleros.

—¿Eres Thomas Weiz, verdad? Sabía que este día llegaría, que tarde o temprano el destino te cruzaría en mi camino.

—Bueno, ese momento ha llegado…

—Sé lo que quieres pero no puedo dártelo, no está en mi poder.

—Eso sería una lástima.

Dijo Thomas cortando el teléfono, dejando al jeque con la mirada perdida, repasando en su mente el pasado que creía sepultado y ahora por fin, le mordía los talones y le estrujaba el alma.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 28.02.2019

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