Perversa Fantasía

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Capítulo IX. Naomi Foster. Parte I

Recoleta, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

—¿En qué puedo ayudarlo señor?

—Estoy buscando al dueño del circo —dijo elevando las pestañas.

—¿Disculpe? —preguntó el viejo empleado frunciendo el ceño sin poder comprender aquellas palabras.

—Este comercio pertenece a Martin Robledo ¿verdad?

—Ah, ahora entiendo —sonrió—. Martín no se encuentra, lleva meses sin venir por acá ¿Quién lo busca?

—Un viejo amigo —respondió mientras recorría con la mirada las miles de antigüedades que se hallaban a la venta.

—¿Quiere dejarle algún recado?

—Sí, vaya atrás y dígale que Thomas está en su negocio.

—Señor ya le he dicho…

—Eres convincente, y la cara de piedra que muestras al expresar palabras es en rigor admirable pero jamás podrás engañar a un mentiroso —interrumpió con un dejo de sonrisa en su boca.

—¿Cómo dice?

—¡Descuida Edgar, yo me haré cargo de este intruso! Parece ser alguien obstinado y astuto —dijo un joven saliendo de la nada.

—¿Ahora eres comerciante?

—Escoge lo que quieras, la casa invita —respondió antes de fundirse en un abrazo con quien fuera su maestro años atrás.

—Me alegra mucho verte.

—Lo mismo digo, aunque confieso que estoy sorprendido ¿qué hace Thomas Weiz tan lejos de su madriguera?

—Necesito tu ayuda.

No era lo normal, antes muerto que vulnerable, pero a veces las circunstancias de la vida nos enseñan el sendero que odiamos transitar como la única alternativa posible de éxito. Este era el caso. Thomas, un viejo lobo solitario se veía obligado a pedir ayuda para obtener sin demoras aquello que tanto anhelaba. Martín Robledo no era, sin embargo, un mero conducto. Su ingenio, tenacidad y eficiencia lo habían posicionado en la cima de los denominados ladrones de guante blanco. En otras palabras, este ignoto sureño era ni más ni menos que el fetiche de los grandes criminales del país que recurrían a él cuando deseaban apropiarse de lo que les era imposible, inalcanzable.

—¿Sigues trabajando para ellos? —preguntó bebiendo con singular agrado su submarino frío.

—No diría eso.

—Vi en las noticias lo que ocurrió con el magnate ruso Sasha Garín, no todos los días ves a un criminal de esa calaña caer en desgracia —dijo Thomas como quien no quiere la cosa.

—Fue sorpresivo, sí —dijo tragando saliva.

—¿Tuviste algo que ver?

—No estarías aquí si desconocieras la respuesta —sonrió.

—¿Por qué lo dices?

—Yo trabajo para ellos y sabes que nunca se muerde la mano que te da de comer.

—Creo que me perdí en algún lado —dijo Thomas frunciendo el ceño.

—Sabes que estuve involucrado en la caída de Sasha y por eso vienes a mí para llegar hasta quien tomó su lugar.

—La pregunta es ¿Traicionarías a Naomi Foster? —preguntó Thomas manteniendo firme la mirada en los ojos de Martin.

—No le debo nada, solo soy un ladrón y trabajo para el mejor contratista.

—Podría decirse que la lealtad no está en tu esencia.

—Oh claro que sí, soy leal a mí mismo —rió—, aunque para que acepte involucrarme en tu cruzada debo compartir tu motivación ¿por qué Naomi?

—¿Quieres una lista?

—Sé la clase de basura que es, pero ¿por qué una tratante de mujeres de Sudamérica le importa a Thomas Weiz? —preguntó entrecerrando los ojos, a la espera de una respuesta contundente.

—Puede que tenga a mi hija.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó dejando a un lado las ironías.

—Creía que esa era tu área.

—¿Listo para desbaratar la red de trata más grande del continente?

—Solo recuerda que la última bala es mía.

Quién hubiera dicho que dos de los criminales más execrables que hubieran pisado el mundo contemporáneo, unirían fuerzas para arremeter, con enjundia, contra otros de su calaña. Una prueba más, dirían los plateítas caídos en desgracia desde alguna celda oscura, incomunicados hace siglos, de la falta de códigos que rige el inhóspito reino de las tinieblas.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 28.02.2019

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