Perversa Fantasía

Tamaño de fuente: - +

Capítulo X. El Amazonas. Parte II

—Agradecemos enormemente su hospitalidad, esa que nunca solicitamos, pero debemos irnos ya —dijo Martín a la multitud que lo miraba sin emitir palabra, sin realizar gesto alguno.

—Me temo que su salida deberá esperar; la matriarca dará una cena en honor a la hija del sol —dijo Sandra a los forasteros que se mostraban inquietos.

—No queremos resultar ofensivos pero no somos adoradores del sol; lo mejor será que nos marchemos así ellos pueden regresar a sus rituales ancestrales.

—La hija del sol es la pequeña Violet; así la llamaron cuando se mezcló con ellos —dijo Sandra, buscando tocar las fibras intimas de Thomas.

—Dile a la matriarca que nos quedaremos al banquete; aceptamos gustosos su invitación.

Movido por la curiosidad y la sed insaciable de averiguar qué fue de su hija, no encontraba mejor modo de sentirse cerca de ella que permaneciendo para oír las historias de aquellos que la confundieron con una diosa, que la adoraron como él solía hacerlo y que la protegieron, hasta el punto culminante de dar la vida por ella. Estaba claro, reconocía en los nativos el mismo sentimiento que corría por sus venas; además, a todos, sin excepción, les habían arrancado algo de su esencia, de su razón de ser; puede que para la tribu se tratara de un obsequio, de la llegada prometida por sus ancestros, pero para Thomas, era lisa y llanamente su vida.

Intombazane isilethe ithemba —dijo la matriarca ante las miradas cruzadas de Thomas y Martín

—Dice que la niña trajo esperanza a su pueblo

Asizange silindele ukuwuthola esikhathini sethu, kwakungeyona isikhathi

—Dice que no la esperaban, que no era el tiempo de su llegada.

—¿A pesar de haber escuchado que era la hija de un simple mortal, siguen rindiéndole culto? —preguntó Martín incrédulo, sin dar crédito a lo que escuchaba.

—Para ellos fue una señal —lo retó Sandra.

—Yo les agradezco de corazón lo que hicieron por ella, significa mucho para mí —dijo Thomas esperando que Sandra tradujera el mensaje.

—Dice la matriarca que tengas mucho cuidado, que en tu camino hallarás algunos obstáculos pero que la luz de sus ojos, siempre refulgentes, te guiarán por la buena senda.

—¿Ella no sabrá quién o a dónde se la llevaron, cierto? —preguntó con un dejo de tristeza.

Inkosi Yesilo Yambamba ebusuko

—Dice que el amo de la bestia la raptó por la noche.

—Supongo que deberé descifrar el acertijo.

Temprano en la mañana, sin siquiera despedirse, Thomas y Martín emprendieron viaje a las profundidades de la selva sin más pistas que las intrincadas palabras de una desconocida que bien pudo desollarlos vivos. Era poco pero era todo; un aliciente embriagador en medio de un infierno sofocante que exigía de ellos hasta la última gota de sudor y la millonésima cuota de cordura.

—Necesito beber —dijo Martín, casi balbuceante—. ¿Cómo pudimos olvidar nuestras cantimploras?

—Sigue caminando, pronto hallaremos algo —respondió con la vista puesta en su brújula.

—De repente eres muy optimista mi amigo; se ve que conversar con esa gente revitalizó tu espíritu.

—¿Acaso no oyes eso? —preguntó mientras avanzaba despojándose de su mochila que le pesaba demasiado.

—¿Qué cosa?

—Una cascada; debe haber una fuente cerca.

—Te juro que cuando lleguemos, me zambulliré aunque esté repleta de caimanes.

—¡Ánimo! Tal vez hasta encontremos El Dorado —se burló Thomas

Tras caminar aproximadamente doscientos metros, se toparon con un pequeño afluente que recibía su abastecimiento de una cascada algo tacaña pero más que generosa para dos sedientos y acalorados exploradores.

—¡Mira este estanque! —dijo Martín con una sonrisa en los labios—, no creo haber estado tan feliz en toda mi vida.

—¿Y vas a tirarte o seguirás hablando? —lo retó mientras se despojaba de su remera para darse un chapuzón.

Estaba hecho, por fin sentían el alivio correr por su piel; sin embargo, como todo en la vida de Thomas, no iba a poder disfrutarlo mucho tiempo, la felicidad era un espejismo que siempre se empeñaba en volverlo a la realidad y de la forma más calamitosa posible.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Y qué diablos están haciendo aquí? —preguntó una voz sin rostro, oculto en algún sitio, al amparo de la vegetación que tornaba imposible divisarlo.

—Tranquilo amigo, no queremos problemas —respondió Martín mirando para todos lados.

—Pues tienen muchos problemas, esas aguas tienen dueño

—Nosotros no lo sabíamos, somos simples campistas haciendo turismo aventura —dijo Thomas nadando hacia la orilla.

—¿Dos gringos en medio del Amazonas? —preguntó frunciendo el ceño. ¿Acaso creen que soy estúpido?



Sebastian L

#78 en Detective
#49 en Novela negra
#154 en Thriller

En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 28.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar