Perversa Fantasía

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Capítulo III. Claude Ferrec. Parte II

Mónaco, barrio de Montecarlo, Costa Azul.

Travis no exageraba. Hartos de perseguir fantasmas en la capital, se apuraron en intercambiar el bullicio metropolitano por el contacto directo con el resplandor de las estrellas, esas que no iluminan ninguna nocturnidad, que no conceden deseos, que no miran jamás hacia la mundana humanidad. Allí, donde el Mediterráneo baña las costas de la ribera francesa, yacía la última esperanza para obtener las respuestas esquivas que permitieran, al menos, continuar la travesía que se hallaba truncada en un laberinto sin salida que ponía en jaque la osadía del plan primigenio.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Randy sin poder evitar maravillarse con el paisaje a su alrededor.

—Ya se los dije, conozco una persona que puede ayudarnos.

—¿En este sitio?

—Digamos que le ha ido bien en la vida —sonrió.

—¿Por qué piensas que va a ayudarnos, acaso tiene algún encono con Claude Ferrec?

—Toda persona de bien tiene diferencias insalvables con ese monstruo —respondió encendiendo un cigarrillo—, pero Mirna es diferente, ella, a diferencia de cualquier mortal, tiene la llave que destraba este infierno.

—Sé más específico por favor, bastante tenemos con no entender a Thomas…

—¿Thomas? —interrumpió confundido.

—Un amigo nuestro, no te preocupes —dijo Stephanie agitando su mano derecha.

—Mirna conoce cada centímetro de esa cloaca, vio en vivo y en directo las atrocidades que forjaron el imperio del hombre más deleznable de la nación.

—¿Cómo es eso posible? —preguntó Melody frunciendo el ceño.

—Era detective y estuvo muchos años tras la pista de Claude…

—¿Y qué ocurrió?

—La persecución era asfixiante, lo seguía a sol y a sombra; a donde fuera que iba Claude, ella iba tras él, estaba obsesionada —hablaba mientras el cigarrillo se consumía en su mano—, le mordía los talones como quien dice.

—¿Pero halló algo que lo incriminara?

—Piensen que eran los inicios de este criminal, no tenía la experiencia necesaria para cubrir sus huellas.

—Dinos de una vez lo que encontró —se exasperó Melody.

—Nadie lo sabe, pero sea lo que fuere le proporcionó una jubilación de privilegio.

—Entonces su mudó aquí a cambio de su silencio…—se quejaba Stepahanie.

—A nosotros hasta nos costaría pagar un café en la confitería más barata.

—Pero si aceptó soborno, si vendió sus principios por una vida de lujo y confort ¿Por qué nos ayudaría? Estaría destruyéndose a sí misma.

—Digamos que tiene prisa por confesarse.

—¿Se cansó de los hoteles lujosos y los berretines de princesa?

—Le queda poco tiempo de vida —dijo provocando un silencio de tumba—. Es un misterio como trabaja la conciencia cuando se acerca el final.

—¿Dónde la encontramos?

—En el bar central de la Blue Tower, leyendo los chimentos de la realeza; claro.

Ni siquiera podían tomarse un minuto para respirar hondo y apreciar la belleza que se extendía insolente a su alrededor mientras avanzaban, a toda prisa, hacia su destino. Con el ánimo revitalizado por la nueva oportunidad de zanjar las vicisitudes que significaban lidiar impotentes con la página en blanco de su fallida estadía en París, solo enfocaban sus mentes en aferrarse al último tren, el mismo que no tenía ninguna intención en detenerse en el andén de las buenas intenciones.

Sin embargo el futuro porvenir no estaba reservado para todo el mundo. Randy no estaba invitado. Convencidos de que la antigua detective se sentiría más cómoda y predispuesta entre mujeres; el joven agente debió resignarse a la compañía del viejo Travis que también parecía jugar en el hall del lujoso resort su última carta.

—Debe ser aquella —dijo Melody mientras terminaba de tomar su exprimido de naranja.

—Sí, el mozo hizo bastante hincapié en el Lowchen que la acompaña a todas partes.

—¿Cómo procedemos?

—Esperaremos a que termine de desayunar, luego la seguimos con sigilo hasta su habitación.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 28.02.2019

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