Poderosos

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Capítulo 14.

Volvía a encontrarme de nuevo en la enfermería, solo que esa vez no era porque hubiese hecho nada malo. En esa ocasión fue porque a pesar de que tenía diecinueve años, aún no sabía que las paredes hacían daño si te chocas contra ellas. Sí, no fue muy inteligente por mi parte.

Seguro que os estaréis preguntando que cómo es posible. Pues bien, podría inventarme una increíble historia sobre una pelea épica en la que resulté herida, pero es que no tengo ganas. Por eso os contaré la verdad.

Yo estaba charlando muy animadamente con el grupo, cuando de repente mi cara se encontró con una pared de ladrillo y comenzó a salirme sangre por la nariz.

Sé lo que estaréis pensando: "como Once, la de Stranges Things". Pues no, amigos míos. A mí me dolió más y no desarrollé telekinesia. Suficiente tenía con lo mío.

En fin, ahí me encontraba, con un algodón empapado en alcohol—que escocía el muy cabrón—dentro de la nariz mientras tenía la cabeza echada hacia atrás. Qué bonita estampa.

—¿Cómo está la invalida?—Oí la burlona voz de Izan desde la puerta, que, por cierto, no venía solo.

—Lo suficiente bien como para pegarte un puñetazo y dejarte igual que yo—le respondí sin levantar la cabeza. Mis palabras perdían fuerza así...

<<Estúpida nariz sangrante>>.

—Es una pena que no hayas perdido el conocimiento debido al golpe... —Murmuró Mia de brazos cruzados.

Roc le dio un codazo en las costillas.

—Compórtate—le dijo como si fuera su hermano mayor. Ella se llevó una mano a la zona golpeada.

—No hace falta que seas tan bruto—se quejó la chica.

—Tú eres bruta con las palabras—le reprochó sin perder la compostura.

Roc tenía una calma especial, como si estuviera acostumbrado a tratar con adolescentes y niños rebeldes. Aunque claro, con veinte años era el más mayor de los cuatro.

—¿No has desayunado bien?—Me preguntó Izan acercándose a mí mientras los otros dos discutían, que al final se acabaron saliendo fuera—. Porque le has pegado un buen bocado a esa pared...

—Perdona si no me río de tu patético chiste, pero intento no desangrarme—respondí sujetándome la nariz.

—No seas exagerada y déjame ver—dijo antes de ponerse de rodillas para ver mejor.

—Izan, no hace falta que... —Él me cortó porque me hizo algo de daño y yo me quejé.

—Al menos no está rota-comentó—. Por cierto, te has puesto el algodón mal y la cabeza se hecha hacia delante, no hacia atrás

Cogió otro trozo de algodón, lo mojó en alcohol y me ayudó a colocarlo bien una vez que hubo sacado el otro.

—¿Quién te ha puesto el primero?—Preguntó interesado.

—Yo—respondí como si fuera evidente.

—¿No había nadie aquí?—Se extrañó.

—Nop—contesté mientras Izan me limpiaba los restos de sangre seca que tenía por la cara.

—¿Nunca antes te había sangrado la nariz?—Inquirió con curiosidad.

—No me acuerdo—contesté encogiéndome de hombros.

Al cabo de un rato ya no sangraba, por lo que pude retirar el algodón y respirar con normalidad.

—¿Lo ves? Ya está, tan perfecta como siempre—dijo como si acabara de hacer un truco de magia.

Me sentí como un conejito blanco saliendo de la chistera. Curioso.

—Gracias, Izan—agradecí sinceramente. Cualquiera diría que me acababa de salvar la vida en vez de ayudarme con una nariz sangrante.

—No hay por qué darlas—respondió quitándole importancia.

Él fue a levantarse, pero yo le detuve agarrándole por la muñeca.

—Gracias, en serio—dije de manera seria, mirándole a sus ojos turquesas.

—No es para tanto. Tan solo te he ayudado con una pequeña hemorragia, ni que te hubiera salvado la vida... —Él no lo comprendía.

—No es por la gravedad del asunto, sino por las molestias—le expliqué.

Izan pareció ir entendiéndolo poco a poco.

—¿Tus padres nunca te ayudaron en situaciones como estas?—Preguntó con tono suave.

—El tema de mis padres es un tema a parte. No me gusta hablar de ellos—contesté algo tensa.

—Lo entiendo. —Suspiró—. Pero ya no estás sola, ahora nos tienes a nosotros. No tienes que seguir tratando de sobrevivir, déjate ayudar.

—Es más fácil decirlo que hacerlo—repliqué.

—Yo he pasado por ello. Muchos de los que estamos aquí también—continuó—. Sigues algo perdida y solo tú puedes encontrarte, pero debes darte cuenta de quién eres y de lo que buscas, lo que ansías realmente.

—¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres?—Pregunté en un susurro—. ¿Ya lo has encontrado?

—La curiosidad mató al gato—susurró muy cerca de mis labios justo antes de colocar un mechón de pelo detrás de mi oreja y de levantarse.

Yo mostré una sonrisa ladeada.

—Yo no soy un gato—dije con burla.

—Menos mal, así nadie te cortará los bigotes por husmear demasiado—respondió de la misma manera. Yo sonreí.

—¿Por qué rayos habláis de gatos y bigotes?—Intervino Roc entrando por la puerta junto con Mia.

—Se ve que ha perdido demasiada sangre... Pobrecita—dijo la de pelo rosa apoyada en el marco de la puerta.

—Qué alegría me da volver a oír tu dulce voz, querida Mia—ironicé mirándola.

Ella bufó e Izan rió por lo bajo.

—Bueno, bueno—dijo Roc para captar nuestra atención—. Ahora que nuestra sangrienta compañera ya está bien, podríamos ir a comer antes de que nos quedemos sin nada—sugirió levantando los brazos con una mueca de sugerencia.

—Roc tiene razón, y yo me muero de hambre, así que la pelea de gatas tendrá que esperar—dijo Izan con emoción acercándose a la puerta, colocando un brazo sobre los anchos hombros de su amigo y empujándonos a nosotras dos con el otro hacia la salida.

Una vez en el comedor, los chicos se fueron juntos a por su comida y nos dejaron solas para que <<hablásemos>>. Aunque yo presentía que nada bueno podía salir de esa situación...

—¿Por qué te caigo mal, Mia?—Me atreví a preguntarle.

—No me gustas—se limitó a responder.

—¿Por qué?



Miriam Ara

#2767 en Fantasía

En el texto hay: amor, amistad, poderes

Editado: 20.06.2019

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