Polos Opuestos

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Capítulo 2

Eric:

El maldito despertador casi me provocó un infarto. Maldiciendo, le di un manotazo, tirándolo al suelo.  

Di media vuelta en la cama, tapándome de nuevo con la sábana. 

—¡Eric, es hora de levantarse! —gritó mamá desde la puerta de la habitación pasados unos minutos, tocándola con fuerza. 

—Cinco minutos más… —murmuré adormilado. 

Oí cómo la puerta se abría con fuerza y enseguida empecé a escuchar las pisadas de mamá. Maldición, había entrado en mi dormitorio. 

—¡Vamos o llegarás tarde! —Me zarandeó con fuerza. 

Me levanté a regañadientes. Odiaba madrugar. Maldito instituto que nos obligaba a levantarnos temprano.  

Mi madre salió de mi territorio y pocos minutos después fui al baño para darme una ducha de agua fría, a ver si así lograba despejarme del todo. 

Cinco minutos después, salí con una toalla enrollada en mi cintura. Sequé mi cuerpo con rapidez y me puse una muda. Acto seguido, cogí del armario unos pantalones vaqueros y una camiseta gris, y me vestí. 

Cuando bajé a desayunar, todos se encontraban en la mesa de la cocina. Papá leía el periódico mientras fruncía el ceño debido a alguna noticia que le desagradaba; mamá preparaba el desayuno entonando en voz baja una canción; Dylan y Andrew discutían tal y como lo hacían todas y cada una de las mañanas; y Hayley tomaba en silencio su desayuno. 

—Buenos días, familia. 

—Buenos días, hijo —dijeron mamá y papá a la vez, como si estuvieran sincronizados. Me acerqué a mi madre, que seguía preparando el desayuno, y deposité un beso en su mejilla. Repetí el gesto con papá y con Hayley. Dylan y Andrew se creían demasiado mayores como para recibir besos. 

Me senté al lado de mi hermanita menor y cuando mamá depositó mi desayuno en la mesa, lo devoré.  

—Papi, recuerda que debes llevarme a clase de baile —le recordó Hayley. 

Todas las tardes ella daba clases de baile en la mejor academia de Portland, el Hannah Brown Studio. La que normalmente la llevaba era mamá, aunque ese día no podía porque le habían adelantado una operación. Mamá era cirujana y papá, periodista. 

—Tranquila, pequeña, no lo olvidaré. —Dejó el periódico sobre la mesa y sonrió con ternura. 

Terminé mi desayuno y una vez dejé mis cosas en el fregadero, subí a mi habitación. Allí cogí la mochila con los libros. A continuación, salí de mi habitación y bajé corriendo las escaleras. 

—¡Me voy! —grité para que todos me oyeran. 

—¡Ten un buen día! —oí que decía mamá desde la cocina. 

Salí de casa cerrando la puerta con un ruido seco. Caminé hasta la acera, en donde estaba aparcado mi deportivo negro, regalo de cumpleaños de mis padres. Subí en él dejando la mochila en el asiento del copiloto, metí las llaves de contacto y las giré, provocando que el motor rugiera con fuerza. Sonreí, me encantaba ese coche. 

Conduje por varias manzanas hasta llegar a la casa en donde vivía mi mejor amigo, John. Ambos habíamos ido a la misma escuela primaria y desde el primer momento estuvimos juntos. Le vi sentado sobre el pavimento, mirando su teléfono móvil con interés. 

Toqué el claxon antes de parar a unos metros de él. John alzó la cabeza, sobresaltado por el estridente sonido, pero cuando vio que era yo, sonrió burlonamente. 

—Ya te ha costado llegar —dijo a modo de saludo, rodeando el coche y ocupando el asiento del copiloto, aunque primero tuvo que quitar mis cosas de ahí. 

—Yo también me alegro de verte. 

Una vez mi amigo estuvo asegurado, arranqué de nuevo el coche.  

—Odio las clases de hoy —comentó John mientras miraba por la ventana. 

—Yo también las detesto. Además, hoy tenemos dos horas seguidas de matemáticas. 

—Buf, ni me lo recuerdes. Solo de pensarlo me da dolor de cabeza. —Se llevó las manos a la cabeza exageradamente provocando que se me escapara una sonora carcajada. 

—¡Qué dramático eres! ¿Por qué no te apuntas al club de teatro en vez de a baloncesto? —me burlé. 



Mónica García

Editado: 19.11.2018

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