Polos Opuestos

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Capítulo 4

Eric: 

Llegué a casa muerto de cansancio. Hoy el entrenador había sido persistente con el entrenamiento.  

Cuando entré por la puerta, Hayley prácticamente se me echó encima. Parecía haber estado llorando, por cómo le brillaban los ojos y por la rojez de estos. 

—¿Qué pasa, enana? 

Detrás de ella aparecieron mamá y papá. Mamá sostenía una hoja en la mano y fruncía el ceño mientras leía lo que ponía. Papá, en cambio, sonreía de oreja a oreja, orgulloso. 

—¡Voy a competir, Eric! ¡La semana que viene subiré a un escenario! —exclamó emocionada. 

La acomodé entre mis brazos y besé su frente, apartándole un mechón rubio de sus ojos. 

—¿Qué? 

No sabía de qué me estaba hablando. 

Hayley puso los ojos en blanco, aparentemente molesta. 

—No me escuchas, ¿o qué? 

—No entiendo lo que quieres decir, pequeña. 

—Hayley, ¿por qué no le explicas todo desde el principio? —le propuso papá. 

Recorrimos el pasillo hasta llegar al salón principal, en donde nos sentamos en un sofá. Allí también estaban Dylan y Andrew. 

Hayley me explicó que la profesora de baile veía tan preparado al grupo de mi hermana que había hablado con la directora de todo el estudio, quien decidió que eran lo suficientemente buenas como para competir a nivel regional tras ver el baile grupal que llevaban ensayado desde hacía unas semanas. Sonreí con orgullo. Mi hermanita de seis años estaba creciendo muy rápido. 

—Hayley, estate quieta —ordenó mamá. 

—Lo siento, pero no puedo. Estoy muy contenta. 

Reí al verla ir de un lado a otro, dando botecitos de vez en cuando. Parecía que se había tomado un litro de cafeína pura. 

—Además, todavía no te hemos dado permiso —agregó mamá, provocando que mi hermana se quedara estática.  

—Pero… pero… —balbuceó. Su rostro empezó a tornarse blanco y sus ojos a tomar un aspecto vidrioso—. Por favor, dejadme ir —suplicó—. Seré buena, lo juro. Sacaré buenas notas. Pero por favor, dejadme ir. 

Mamá la miró con ternura y palmeó con su mano el sitio libre que había a su derecha, junto a mí. 

—Cariño —dijo cuando Hayley se sentó—, no te lo tomes mal. Nos es que no me fíe de ti, sino que no me fío mucho de lo que pone en el formulario. No está muy claro.  

—Pero yo quiero ir —sollozó. 

Papá se levantó del sofá y se acercó a ella, agachándose para ponerse a su altura. 

—Créeme, princesa, estamos deseando verte sobre un escenario, pero tenemos nuestras dudas acerca de si sería buena idea dejar que lo hagas tan pronto. 

Mi hermana se pasó el dorso de la mano alrededor de los ojos para secarse las lágrimas que había derramado y lo miró fijamente. 

—Prometedme que lo vais a pensar —suplicó. 

Papá miró a mamá. Permanecieron unos instantes en silencio. De vez en cuando uno de ellos asentía, como si se estuviesen comunicando en silencio. 

—Está bien, pero no te hagas ilusiones. 

—¡Bien! Gracias, papis. 

.   .   . 

La mañana del día siguiente la pasé en la cama, durmiendo hasta muy tarde. Cuando me digné a levantarme, faltaba muy poco para la hora del almuerzo. Me puse unos pantalones de chándal y una camiseta deportiva para estar cómodo, y salí de mi habitación. Caminé por el largo pasillo hasta dar con las escaleras, las que se encontraban en el centro del pasillo abierto. Bajé y entré en la cocina, saludando a mamá con un beso en su mejilla. 

—Buenos días, hijo.  

Mi madre volvió la atención hacia los fogones. La observé durante un rato hasta que decidí ayudarla.  

—¿Te ayudo? —me ofrecí. 

—No hace falta. 



Mónica García

Editado: 19.11.2018

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