Por el destello de tus ojos

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XV. Presente

Capítulo XV:
Presente.

Lo abracé, sentía su cuerpo pegado al mío, el calor que emanaba de él hacia mí, su respiración que bajaba y subía. No sabía qué estaba ocurriendo pero se sentía real, era real.

Tenía que serlo, tenía que serlo, tenía que serlo.

Estaba fascinada, sentía sus manos acariciar mi cabello y mi espalda de una forma desesperada, quizás tanto como yo lo estaba por él. Agarré su camisa entre mis manos, me sorprendería si mis uñas no se hubiesen clavado en su piel.

Era él, era él.

—Te amo —dije de inmediato —. Te amo, Arick, no me dejes, no te vayas, no me dejes, no me dejes, no me dejes —mi voz estaba quebrada, no podía negarlo.

Él me aferró con más fuerza y ni siquiera me importó cuanto le doliera a mi cuerpo esa acción, eso lo valía, cualquier dolor así valía la pena si él estaba allí de regreso.

Había pasado mucho tiempo desde que estuvimos así, desde que sentí cómo ocultaba su rostro en mi cuello mientras me tomaba firmemente por la cintura.

Me alejé sólo lo suficiente de él para mirar su rostro: sus facciones fuertes estaban allí, sus ojos color miel y sus labios. Llevé mis manos hasta el, aún no podía creerlo, sentía su rostro debajo de mis dedos y su mirada fija en mí como si fuese lo mejor que había podido existir.

—Te extrañé, te extrañé demasiado —dije sin soltarlo —, ¿cómo es posible?

Él simplemente sonrió, tomó mi cintura entre sus manos y al fin me besó. Había electricidad recorriendo mis venas, esto era lo que había estado anhelando. De pronto me empujó con cuidado hacia atrás haciendo que mi espalda tocase la pared lateral de las gradas. Mis manos recorrieron su cabello y lo atrajeron más hacia mí, no podía separarme, no quería hacerlo.

¿Alguien alguna vez había extrañado tanto como lo que yo extrañé a Arick? Quizás si y aún más pero esto era demasiado intenso para ser una realidad.

—Perdóname — dijo separando sus labios un poco de los míos.

Yo asentí y lo atraje de nuevo hasta mí, lo besé con la única intensión de que no se fuera.

—Sky —llamó con su respiración entrecortada.

Sus manos estaban contra la pared a ambos lados de mi cabeza mientras yo seguía rodeando su cuello con mis brazos.

—¿Sí? —estaba embelesada y perdida en su aroma, en su cercanía, en su presencia.

—Lamento tanto todo esto —susurró aún intentando recuperar el aliento—, perdóname, por favor, debes entender.

Deposité un suave beso justo en su mentón.

—¿De qué hablas? —pregunté perdida.

Con mis brazos bajé su rostro un poco más hacia mí y di un beso en su mejilla.

—Vamos, Sky —reclamó.

Tomó mi rostro de nuevo entre sus manos con un impulso sorprendente y me besó.

¿Podía existir un mundo donde esto no sucediese?

Fue entonces que la realidad me dio una bofetada, todo el dolor, la angustia, las noches sin poder dormir, las lágrimas que me dejaban con terribles dolores de cabeza, su ausencia... su muerte.

No fui yo, fue un acto de mi cuerpo o mi cerebro que lo alejó un poco de mí.

—Estoy loca —anuncié—, esto no es posible, tu estás aquí, no es posible, estuve en el entierro, todos te vieron en el ataúd, esto no...

No encontré las palabras para continuar y no fue necesario, él me interrumpió:

—Sí, todos me vieron —dijo acariciando mi rostro—, pero ellos no me conocían como tú.

Una alegría irrefutable golpeó mi pecho y no hice más que sonreír mientras sentía su mano recorrer mi rostro.

—No tenemos mucho tiempo, Sky —habló serio—. Vi el anuncio en las noticias sobre lo que te hicieron y tenía miedo de que algo te hubiese pasado, ¿qué te hicieron? ¿Te dijeron algo?

Todo quiso venir a mi cabeza para derrumbar mi momento feliz, no quería que lo bueno acabase.

—Dime, Sky, por favor —pidió para luego depositar un beso en la comisura de mis labios.

Él sabía cómo hacerme hablar.

—Me preguntaron por unos bonos que tú tenías —lo miré a los ojos—, me decían que tú me los habías dado.

—Claro que no lo hice —llevó una mano a su cabeza—- Es mi culpa, ni siquiera debí acercarme, perdóname pero no me resistí, tenía que correr el riesgo, te necesitaba, necesitaba verte.

No entendí mucho sus palabras.

—¿De qué hablas? ¿Qué riesgo?

Me miró melancólico.

—El riesgo a que me descubrieran —tomó mis manos entre las suyas y las llevó a sus labios—, tenía que hacerlo por que necesitaba aunque fuese, un destello de tus ojos.



OG Leghan

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En el texto hay: mente perdida, thriller

Editado: 13.01.2019

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