Por Fin, Navidad

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Por Fin, Navidad

Diciembre ha llegado, mis amigos están emocionados por la llegada de ese día que, para todos es bello y agradable, pero, para mí es un recuerdo triste y lleno de dolor.

  

            Tenía apenas quince años cuando una navidad, en pleno festejo del veinticinco, un ladrón entró, mi padre, como buen policía intentó calmarlo y quizás hasta someterlo, pero ese acto, me dejó solo en la tierra. Como apenas era un chico de quince años, me mandaron a un orfanato, donde me dijeron podía permanecer hasta ser adoptado, o hasta cumplir la mayoría de edad; opté por lo segundo.

 

            Los días pasaban, uno tras otro, llenos de nostalgia, de tristeza y más cosas. Me sentía aislado, solo, sin nadie con quien jugar, hasta que ella apareció. Llevaba un vestido blanco de tirantes, el cabello trenzado, rojizo como el buen cobre, su nariz era pequeña y llena de pecas. Sus ojos azules se posaron en mí, sin apartarse por un segundo, aún, después de mi mirada constante que fijaba sus ojos.
            —Hola —dijo con una voz muy alegre.
            —Hola —respondí un tanto desanimado.
Estaba sentado en el comedor del orfanato, leyendo El Resplandor.
            —
¿Cómo te llamas? —preguntó sentándose a un lado de mí.
No quería conversar con nadie en ese momento, pero, algo en ella, no sabía qué, me hizo responder.
            —Carlos, y ¿tu? —dije.
Ella sonrió.
            —Marla, mucho gusto —dijo mirando mi libro, también miró mi mano derecha y mi plato con comida.
 

            La conversación se desenvolvió más, hablando de los gustos literarios que ambos teníamos, del gusto musical y de alguna que otra cosa más. Me llenó un poco el alma, esa conversación me ayudó más de lo que había pensado, me sentí liberado. Deseé que al día siguiente, pudiera hablar con ella de nuevo.
            Esa misma noche, soñé con la navidad pasada, donde todo se había vuelto rojo, triste y desolado. Desperté de golpe y ahí estaba ella, a un lado de mí, sentada, observándome.
            — ¿Qué haces aquí? —susurré.
Miré a la oscura habitación y mis compañeros estaban dormidos, tapados con sus sabanas.
            —Quiero seguir platicando contigo —respondió por lo bajo—. ¿Tú también lo sentiste?
Supuse que se refería a la conexión que tuvimos, al sentir como el tiempo se detuvo con nuestra platica.
            —Sí, pero aquí no podemos hablar, podríamos meternos en problemas —dije en su oído.
El olor a fresas de su cabello me hizo querer abrazarla, pero no podía hacerlo, apenas la conocía. Ella lo hizo, me abrazo y me dijo al oído:
            —Entonces sígueme —se levantó de donde estaba sentada y abrió la ventana que había cerca de la puerta.
Esa ventana daba hacia un balcón pequeño que a su vez, conducía al techo del orfanato, donde nadie nos podría molestar. Me puse los tenis con rapidez y salí detrás de ella.
            Ya en la parte más alta del orfanato me senté junto ella, quien estaba abrazando sus rodillas mirando la luna más grande que jamás había visto.

            — ¿Sabes? A veces me da miedo estar aquí —dijo con una voz muy serena.
            — ¿En el orfanato? —pregunté mirándola.
            —Sí, no me siento segura, me dan miedo todos los profesores y maestras, aunque sean buenos conmigo —respondió. Su voz se quebraba.
            —Yo extraño poder salir con mis amigos a pasear en patineta —dije.
            —Tienes que enseñarme algún día a usarla —dijo secando sus lágrimas.
            —Es una promesa.

 

            El tiempo pasó y ambos salimos del orfanato, en busca de una vida adulta, juntos. Decidimos buscar trabajo en un supermercado, donde casi de inmediato nos lo concedieron, poco después, rentamos una casa, donde pasamos días felices, días tristes y simplemente, días.
            Diciembre se acercó rápidamente y no sabíamos que hacer. Al final optamos por comprar un pino artificial, luces, esferas y demás cosas para decorar la casa y el mismo árbol.
            —Entonces, debemos envolverlo con esto y decorarlo con esto otro —dijo tomando las extensiones de luces y esferas. Me di cuenta de algo en ese momento.
            —Nuca habías hecho esto, ¿verdad? —pregunté.
            —Es mi primera vez —dijo sonriendo—, trátame con cariño.
Reímos de su chiste, la abracé y besé como lo había hecho la primera vez. Cuando cumplimos dieciséis.
            —Por fin, navidad —dijo.
            —Te amo, Marla —dije.
            —Yo más, Carlos.



LEPQuezada

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En el texto hay: navidad, romance, amor

Editado: 03.12.2019

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