Por la jodida religión.

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U N O

Tomé mi falda con flores de colores, mi blusa azul marino, mi ropa interior y entré al baño a darme una ducha, para ir presentable al instituto.

Debería estar en la universidad, pero cuando estaba pequeña mis papás tenían la absurda ideología de que la escuela no servía, ellos pensaban que con la educación bíblica bastaría y siempre narraban algunos versículos de la biblia “yo te guío por el camino de la sabiduría, te dirijo por sendas de rectitud”, pero sus pensamientos cambiaron cuando un sacerdote invitado a dar la misa en el pueblo habló sobre la importancia de la educación académica en la época en la que estamos viviendo, de no haber sido por eso, tal vez mis hermanas y yo estaríamos en un monasterio o algo así.

El instituto quedaba a varios kilómetros del pueblo, mis hermanas y yo debíamos caminar una larga distancia para llegar a la parada del autobús y de ahí, teníamos que aguantar un largo camino hasta llegar a lo más cercano que teníamos a la realidad, vivir en un pueblo tan pequeño era como estar en una burbuja de cristal: todos sabían lo que hacías, todos miraban lo que eras y se atrevían a juzgar tus ideales, tus comportamientos y tus creencias.

Nosotros teníamos el titulo de los fieles creyentes de Dios, los puritanos y los que nunca hacían nada sin la autorización de Dios, cosa que era verdad, para muchas personas podía ser molesto o incómodo que las personas pensaran eso, para nosotros era un recordatorio de que estábamos haciendo las cosas bien.

Los días en mi vida eran tan monótonos, que parecía que todos los días vivía el mismo día: entre semana iba a la escuela y los fines de semana a la iglesia.

Nunca supe que se sentía ir a la feria del pueblo con tu novio, nunca supe como se sentía tener amigas e ir de compras a la única tienda que había en el pueblo, nunca di mi primer beso y nunca sentí la adrenalina de escaparme en la noche mientras mis padres dormían, todo eso significaba peligro, todo eso significaba fallarle a Dios.

De vez en cuando esos pensamientos rondaban en mi cabeza, de vez en cuando quería huir del pueblo, ir a la ciudad mas cercana, besarme con algún desconocido, robarme algo de la tienda de golosinas, leer un libro erótico en vez de la biblia, escuchar rap en vez de canciones católicas, fumarme un porro en vez de fumarme la gracia de Dios o beber una bebida alcohólica en vez de jugo de naranja, pero esos pensamientos eran impuros, eran tentaciones y eran obra del mal, del único mal existente en la vida, de ese ente que tiene muchos seudónimos, por supuesto que estoy hablando del enemigo, del diablo, de lucifer o del demonio, como quieran llamarlo.

Sí, era él quien susurraba a mi oido palabras altisonantes para que las repitiera cada que alguna situación me molestaba, era él quien pretendía que creería en lo hermosa que era la vida fuera del espíritu católico, era él quien me hacía pensar incorrectamente y es precisamente él quien tienta a cualquier ser viviente en la tierra, él es la persona con la que debemos luchar día a día y por más perfecto que pinte el paraíso, no caeré en sus garras, no teniendo a Dios en mi vida.

Terminé de asearme para ir a desayunar y poder resistir los metros que caminaría para llegar a la parada del autobús.

—Buenos días —saludé a mi papá con una sonrisa, quien se iría a trabajar en el campo en cuanto terminara de desayunar.

—Hola, hija —besó mi mejilla.

—¡Hola, Kami! —me saludó Esther.

—Hola —le di un abrazo.

No pregunté por mamá, sabía perfectamente qué se encontraba en la iglesia, orándole y agradeciéndole a Dios por darnos un día mas de vida, un día mas que aprovecharíamos para servirle.

—Apúrense para irnos juntas —ordenó María y asentimos.

Hicimos nuestra oración mañanera, desayunamos huevos revueltos con tocino, las personas solían pensar que los católicos teníamos una dieta estricta, lo cierto era que comíamos todo lo que se movía, la biblia lo estipula así “todo lo que se mueve y tiene vida os será para alimento: todo os lo doy como os di la hierba verde. Pero carne con su vida, es decir, con su sangre, no comeréis...” y así podría seguir citando todo lo que permite y lo que prohiben las escrituras santas, pero me tomaría mucho tiempo, ademas esto no se trataba de una clase bíblica, sino de la historia de mi vida.

Terminamos de desayunar y nos despedimos de nuestro papá.

Llevábamos medio camino cuando nos encontramos a Adam, un chico que era juzgado por todo el pueblo, de hecho mi familia lo juzgaba como un ser “pecador", pues le gustaban personas de su mismo sexo.



ItzelIv23

Editado: 31.10.2019

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