Por la jodida religión.

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D O S

Me arreglé a temprana hora para llegar al instituto, decidí ponerme una blusa de manga larga con rayas negras y blancas, unos zapatos negros de piso y una falda con vuelo en color amarillo, quité mi rosario rosa y coloqué uno en color negro.

Las chicas de mi edad solían tener botines, anillos, aretes o zapatos en gran variedad de colores, mientras que yo sólo coleccionaba rosarios.

Cepillé mi cabello y por primera vez en muchos años, lo dejé suelto, cada vez estaba más largo, se acumulaba más peso en mi coleta y mi cabeza estaba sufriendo las consecuencias.

Guardé en mi carpeta la tarea que se supone debí haber hecho con Lucas, desayuné y no esperé a mis hermanas, por primera vez quería tener un trayecto tranquilo sin ellas «las amaba, pero odiaba la manera en la que juzgaban, como si ellas fuesen perfectas».

Subí a la primer ruta del autobús y mientras caminaba por el pequeño pasillo para llegar a la última banca, noté las miradas de sorpresa de los pocos presentes que iban temprano al instituto, acomodé mis lentes en el arco de mi nariz con timidez y finalmente me senté intentando ignorar los múltiples susurros que soltaban de mí «aunque fue imposible».

Bajé del autobús luego de minutos de trayecto y en cuanto miré a Lucas me acerqué a él.

—Hola —saludé nerviosa.

—¡¿Qué quieres?! —bufó furioso y logró asustarme.

—Sólo quería entregarte el trabajo —le entregué las hojas blancas con todas las operaciones y gráficas de la tarea.

—¿Kamila? —tomó mi barbilla y la levantó para poder mirarme a los ojos —perdón por gritarte, te ves muy diferente y te confundí con alguien más.

—Yo... Mmmm... Sólo iba a entregarte el trabajo, bye —di zancadas alejándome de él y logró alcanzarme.

—¿Terminaste todo esto en un día sin mi ayuda? —sacudió las hojas en su mano y bueno, tampoco es que él fuese de mucha ayuda para una tarea tan compleja como las que nos dejaron.

—Te dije que haría el trabajo de ambos —me encogí de hombros.

—Se supone que era trabajo en equipo.

—No había manera de que lo hiciéramos juntos y ni siquiera sé si los ejercicios están bien.

—Kamila.

—¿Sí?

—Gracias —dejó mirar sus hoyuelos al sonreír, me ruboricé cuán fresa y me marché de ahí en cuanto antes.

Entré al aula de clases y los pocos estudiantes que habían estaban absortos en sus celulares, el aparato electrónico que nunca tendría por múltiples razones; en el pueblo no hay señal, son muy caros y mis papás no me dejarían tener uno.

Miré la hora en el reloj de aguja que estaba arriba del pizarrón y aún faltaba mucho para que las clases dieran inicio, saqué uno de mis libros favoritos religiosos y empecé a leer sin temor alguno.

Debía dejar de preocuparme por lo que pensaran los demás de mí y de mi religión, lo único que tenía que importarme era seguir las lecturas, los caminos y la voluntad de Dios, a partir de ese momento dejaría de omitir mi realidad y jamás volvería a cometer el error de mentir «como lo hice ayer» por la aceptación de los demás... La única aceptación que necesito es la de mi creador.

***

Las clases finalizaron, esperé a mis hermanas en el lugar habitual para tomar el autobús y regresar juntas a casa, pero la mirada que me dedicaron fue terrorífica.

—Los rumores eran ciertos —anunció María.

—¿Qué rumores?

—Que te habías venido provocativa —apreté mis labios en un intento fallido para no reírme.

—¿Provocativa?

—Sabes a lo que nos referimos, Kamila, ¿por qué decidiste traer el cabello suelto?

—Porque me ha dolido la cabeza —ataqué —es mucho peso para una coleta.

—Solemos ser duras contigo porque es nuestra obligación, queremos lo mejor para ti, Kami —me dieron un abrazo y sonreí.

Arribamos en casa, mamá me miró con ojos de pistola y temía por lo que fuera hacer.

—¿Por qué traes el cabello suelto?

—Dice que su cabello le pesa, mamá —contestó Esther por mí.



ItzelIv23

Editado: 31.10.2019

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