Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 13: La cena

Ya dentro dejé el libro sobre un estante y fui a ayudar a mi madre en la cocina. Mi madre como siempre se aseguraba de que el queso tuviera la suficientemente cantidad de sal porque según ella, y creo que era verdad, mientras más salado más ganas te dan de comerlo. Obviamente no íbamos al extremo, pero teniendo en cuenta que lo hacíamos para venderlo, nos cerciorábamos de que estuviera bien, al fin de cuentas se trataba de un ingreso más. No podía negar que si estaba bien salado era mucho mejor, aunque un trozo de mí se preguntaba si hacerlo a sabiendas era igual de malo que aguar la leche, cosa que mi familia no hacía, pero que el viejo de la colina se había encargado de machacarme con el paso de los años.

Dejé esos pensamientos a un lado y me centré en averiguar sobre el desconocido llamado Adam. Mi madre no sabía demasiado de él más que el hecho de que había sido la persona que había aparecido para avisar que me quedaría unos días con el abuelo. Parece que el misterioso caballero andante tenía un nombre, en ese momento, lamenté no haberlo observado más de cerca, ya que mis hermanas estaban tan obsesionadas con él. Mi mamá me contó que parecía que en pocos días mi padre no sólo se había hecho muy amigo de él, sino que hasta le tenía un cariño especial. Ninguna de las dos teníamos la menor idea de qué pudo haber hecho Adam para caerle tan bien a mi viejo padre que usualmente era un gruñón y para colmo en tiempo récord. Intentamos devanarnos los sesos en una explicación para este milagro de la naturaleza, pero habría sido más fácil entrar en el Área 51 y entrevistar a los extraterrestres directamente.

En conclusión, mi padre y Adam se habían pasado los últimos días paseando su amistad de un lado a otro mientras hacían negocios alrededor del pueblo y zonas aledañas como si hubiera sido un caso de amor empresarial a primera vista en el cual los tórtolos huyen y lo mantienen en secreto. Y ahora posiblemente que sería la presentación formal de la parejita delante de la familia, porque según me dijo mi madre, y aseguraba la montaña de comida que había preparado alrededor, el caballero andante se quedaba a cenar esta misma noche. No podía imaginarme una velada más romántica: el croar de los sapos haciendo coro en la oscuridad nocturna; mis hermanas embelesadas escuchando cualquier cosa que ambos dijeran o prestando atención hasta el más mínimo movimiento y/o detalle; mi madre abnegada ante la situación; y en algún lugar, estaría yo, invisible a los ojos del mundo por deseo propio. Me mantendría impávida ante esta infidelidad, me dije sin poder evitar reír para mis adentros con la idea.

Nos sentamos a la mesa con mi padre a la cabeza, a su derecha estaba Adam, a la izquierda mi madre, luego venían mis dos hermanas y finalmente en la punta estaba yo. Desde mi posición sentía cierta ventaja visual para poder observar todo lo que transcurría a mi alrededor, por una vez en la vida, ser la menor de la casa y tener que sentarme siempre al final de la mesa me beneficiaba. Usualmente en las grandes reuniones familiares ser de las menores era de lo peor, porque significaba compartir mesa en la punta con niños de cinco o seis años y no poder escuchar nada de lo que decían los mayores por la distancia, pero no, esta noche, era una privilegiada.

Empezaron a conversar con los temas usuales: que si el tiempo, que si la lluvia torrencial tan impropia de la época, que si el estado de las cosechas, y como no podía ser de otro modo, también hubo numerosos halagos a las habilidades culinarias de mi madre que sonreía complacida. Cuando la observé pensé: "Dios, la estoy perdiendo". Ella se veía contenta con este desconocido pelinegro salido de a saber dónde.

No podía negar que él era encantador, demasiado, y de algún modo eso me provocaba más desconfianza, nadie podía ser tan agradable todo el tiempo. Le observé detenidamente de la forma más disimulada buscando algún defecto o algo extraño en él. El cabello le caía liso hasta la altura del mentón tapando sus orejas y alargando las facciones de su cara salpicada por diminutos lunares que le daban personalidad a un rostro que de por sí ya la tenía: su nariz era larga y llamativa; sus cejas gruesas; sus ojos intensos, profundos y expresivos; y el vello le crecía en la barbilla y lo coronaba con un bigote relativamente cuidado. Por alguna razón, daba una primera impresión de aspecto salvaje al mirarlo, pero en un segundo vistazo no podías estar seguro de dónde provenía esa sensación. Vestía unos jeans oscuros, una camiseta gris, zapatos de cuero perfectamente lustrados y una chaqueta negra que había dejado a un lado al entrar. Debía estar en sus treinta, pero no creo que pasara de los treinta y cinco años. No podía evitar sentir que había algo de él que no encajaba, tal vez definitivamente era todo él quien no parecía formar parte de la escena que se desarrollaba a su alrededor, como si todo fuera artificial, pero claramente mi familia no opinaba lo mismo. Por un momento, sospeché que él pudiera ser un estafador, pero mi familia era pobre, no había ninguna razón para que él gastara tiempo y recursos en ganarse la confianza de gente que a primera vista no estaba en una buena posición económica. Nosotros no podíamos tener nada que a él le interesara, sin embargo, tampoco podía creer que él simplemente buscara una amistad con mi padre sin motivo aparente de entre todas las personas del mundo que podría haber escogido.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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