Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 14: La amistad

Aquella noche pude terminar lo que me quedaba del libro en un abrir y cerrar de ojos. Desperté tranquila a pesar de los pensamientos de desconfianza hacia Adam que rodeaban mi mente. Los siguientes días me sumergí forzosamente en un régimen de trabajo estricto sin distracciones por voluntad propia, busqué constantemente cosas que hacer para evitar tener que encontrarme con el caballero andante de mis hermanas. Ellas, por el contrario, no le dejaban ni a sol ni a sombra. Así que podría decirse que hubo una extraña compensación, mientras mis hermanas se distraían, yo trabajaba el triple de lo normal y de esa forma me sobraban las excusas para rechazar formar parte del séquito de adoradoras de Adam. Él por su parte no parecía molestarle la actitud de mis hermanas, sino que lo tomaba con total naturalidad, como si la vida fuera así siempre. Por momentos, me recordaba un poco a Hunter cuando estudiábamos juntos, a cierta edad, él ya había empezado a resultar atractivo para las chicas y si bien tuve muchos reclamos de otras jóvenes que creían que yo era su novia, no dejaban de seguirle a todas partes así él no les prestara la más mínima atención. Asimismo, había una diferencia radical entre ambos, Hunter era mi amigo y siempre habíamos sabido llevar una relación relativamente normal dentro de lo que cabe, así que podíamos tener conversaciones normales plagadas de risas; Adam, en cambio, era un completo desconocido para mí y un gran interrogante en casi todos los aspectos.

A medida que pasaron los días pude verlo ir y venir a sus anchas por todo el lugar con aires de gran señor, mientras yo trabajaba como una criada. A veces podía sentir sus ojos clavados en mi nuca; yo ni siquiera intentaba ignorarlo, él directamente no existía para mí como para que hiciera ningún esfuerzo. Divagaba mentalmente sobre qué era lo que podía él estar buscando, incluso las cosas más locas llegaban a mi mente, como minas ocultas repletas de oro bajo nuestros pies, tesoros enterrados o petróleo, pero a medida que pasaba el tiempo todos esos pensamientos se iban desvaneciendo. Si las cosas fueran así, entonces, todo sería demasiado simple, habría tomado lo que quería hace tiempo o al menos habría notado una actitud extraña de él hacia el lugar, pero Adam miraba aquel terreno con todo lo que había dentro casi con indiferencia. No tenía el más mínimo interés en conocer su extensión, ni lo que había, ni básicamente nada más que aquello que le permitiera tener una cordial relación con mi padre.

Un día decidí tomar un respiro porque el trabajo estaba prácticamente acabando conmigo, en vez de yo acabar con todas las tareas que me correspondían junto con las de mis hermanas. Puse fin a mi titánica obra por un día para descansar, pero tampoco quería estar en casa. Por un lado, sabía que ya debía devolver el libro a alguna banca de la plaza central del pueblo en vez de continuar reteniéndolo sin razón. Por el otro, también quería visitar a mi abuelo y tal vez hasta pasar la noche allí, porque de esa manera podría respirar tranquila sin tener que preocuparme por Adam y mi familia. Esa sería una buena manera de despejar mi cabeza y le avisé a mi madre que tal vez me quedaría a dormir en casa del abuelo. Salí de casa con un bolso con ropa y ejemplar cuidadosamente acomodado.

Cumplí mi primer objetivo sin ningún esfuerzo, dejando el libro en una banca, envuelto en una bolsa de plástico, porque si bien el tiempo era ideal, no quería correr riesgos como la última vez. Cuando enfilé con rumbo a la casa de mi abuelo, bastaron unos pocos metros para que por casualidad me encontrara con la camioneta de Adam estacionada y antes de poder desaparecer, apareció él doblando una esquina. Lo saludé despreocupadamente dispuesta a seguir mi camino raudamente, pero él se detuvo con una amplia sonrisa a pocos pasos como si fuéramos los mejores amigos sobre la tierra.

—Anne, ¿Cómo estás? ¿Vas para casa? —me interrogó.

—Emmm, no, no, estoy yendo a visitar a mi abuelo —respondí un poco apurada.

—¿De verdad? ¿Has tenido un respiro para poder salir a pasear? Eso suena divertido, pero creo que tengo algo que podría interesarte más —dijo como un vendedor estrella—. Usualmente hago viajes a la ciudad más cercana, este es uno de esos días, tengo que hacer unos negocios, pero creo que una chica como tú podría disfrutar dando un paseo por los centros comerciales o por la biblioteca mientras yo arreglo mis asuntos.

—¿La ciudad? —dije sorprendida, no podía negar que sonaba muy bien su propuesta, pero no confiaba en él lo suficiente—. Emmm, no lo sé, creo que es mejor que vaya a visitar a mi abuelo, hace tiempo que no voy.

—No te preocupes, puedes ir otro día, imagina la cantidad de libros que te están esperando en la ciudad y si quieres puedes pedir prestados algunos, como te dije yo viajo constantemente y no tendría ningún problema en llevarte conmigo cada vez que vaya.



Brenda Rivera

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En el texto hay: hombre lobo, matrimonio, amor

Editado: 26.01.2019

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