Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 15: El refugio

Caminando entre las montañas tuve mucho tiempo para pensar en el extraño encuentro que tuve con Adam. No podía comprender cómo de un día para otro un completo desconocido se colaba en mi casa, se hacía íntimo de mi familia y luego clamaba delante de mí que iba a pedirle mi mano a mi padre como si fuera una simple formalidad. ¿Era este algún tipo de broma de mal gusto? En el fondo de mi corazón rogaba porque fuera así, prefería pasar el mal trago de que él se hubiera estado riendo de mí todo el tiempo por mi ingenuidad antes que seguir divagando sobre las razones que pueden llevar a alguien a hacer algo así. No dejaba de pensar que estaba loco, porque eso era mucho mejor que considerar la posibilidad de que él fuera algún tipo de pervertido muy raro. Sin embargo, me desconcertaba cómo él podía actuar tan normal delante de mi familia, tal vez era un loco siniestro. Ya no quería darle más vueltas al tema, quería sepultarlo para siempre por el tiempo que pudiera, pero recordé que Adam me había dicho que no hablara de esto con mi abuelo. Claramente no era algo que fuera a comentar por ahí con nadie, sería la propuesta de matrimonio más estrafalaria de la historia, una notificación judicial habría sido más romántico, en el supuesto de que hubiera algo de verdad en toda esa puesta en escena. Por un momento, recordé trozos de la conversación de mi abuelo con el viejo amigo suyo que me había rescatado, el leñador, había algo en el tono de voz que me hacía recordar a Adam, sin embargo, no podía estar segura. ¿Adam podría ser un viejo leñador amigo de mi abuelo? Por supuesto que no, eso sonaba absurdo.

A pocos metros de llegar a casa del abuelo, me escondí entre los árboles, tratando de evitar pisar las hojas para que ningún ruido me delatara y fui sigilosamente buscando mi oportunidad de sorprender a al anciano que como usualmente hacía. Debía estar en la entrada trasera de la casa, tomando algo al aire libre mientras disfrutaba del día.

—¡Anne! —exclamó el viejo en voz alta sin voltear a donde yo estaba escondida. ¿Cómo diablos lo hacía? A veces había pensado que mi abuelo era como los ciegos que aprendían a agudizar otros sentidos, pero el viejo hombre que estaba sentado delante de mí a unos cuantos metros parecía tener un auténtico sexto sentido.

—Abuelo. —Tuve que salir de mi escondite y me acerque a él casi a los saltos de emoción—. ¿Cómo has estado?

—Muy bien, cielo, ¿y tú? ¿Te has estado portando bien? —preguntó inquiriendo también con la mirada.

Recordé el episodio de la serpiente y el lobo, pero pensé que eso no había sido precisamente culpa mía.

—Bien como siempre, abuelito —sonreí.

—Ay, mi pequeña niña, qué habrás estado haciendo. —Su voz se notaba cansada.

—Te juro que no he hecho nada más que esforzarme para trabajar muy duro en casa —dije arrodillándome a su lado como rogándole que me creyera.

—¿Mucho trabajo en la granja? —Me complació que él tratara de cambiar de tema.

—Muchísimo, mis hermanas han estado en las nubes y yo me he tenido que esforzar al máximo para que todo marchara bien y a tiempo.

—Me lo puedo imaginar —dijo en tono jocoso—. Es normal, están en esa edad de distraerse con cualquier tontería, ¿qué fue esta vez?

—Pues casi lo mismo de siempre. —No pude evitar dejar de sonreír—. Un chico.

—Oh, ya entiendo, tus hermanas han encontrado alguien en quien volcar un interés especial, ¿y tú?

—No, abuelo, yo no. —Negué con la cabeza—. Yo no tengo tiempo para esas cosas, menos si ellas deciden escaquearse de los trabajos que les corresponden.

—Veo que has estado padeciendo un poco, cielo, ¿hay algo que este viejo pueda hacer por ti?

—Sí, me gustaría quedarme a pasar la noche aquí contigo, necesito un respiro de todo ese ambiente. —Mi hartazgo asomó.

—Claro que sí, cielo, me vendrá bien un poco de compañía, entremos y preparemos cosas deliciosas para comer ¿está bien? —dijo cómplice con mi acto escapista.

—Claro que sí —repliqué contenta con la idea.

Pasamos un día agradable, hablamos de muchas cosas, me mostró como iban creciendo las plantas que tenía, me enseñó algunas cosas sobre herbología al pasar y comimos bastante. Sin embargo, a la noche antes de ir a dormir, me preguntó sobre el chico que les gustaba a mis hermanas y yo dije sin preocupación:

—Ah, sí, Adam, pues tendrá unos treinta años y hace algunos negocios con papá.



Brenda Rivera

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En el texto hay: hombre lobo, matrimonio, amor

Editado: 26.01.2019

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