Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 22: Pantomima

Estaba a punto de preguntarle por qué para él era tan importante que nos casáramos pronto para dejar de lado su actuación, pero mis pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de una camioneta nueva que desconocía. Me invadió la consternación cuando ví bajar a mi padre, dejándome un sabor agridulce el saber que el hombre que acababa de alejar su rostro del mío era el responsable de todo aquello. En mi mente, Adam tenía la culpa, mi familia para bien o para mal, trataban de hacer lo mejor que podían y yo sabía muy bien que podía negarme a cumplir con su demanda en cualquier momento. Y sin embargo, había optado por hacer caso sin rechistar, sin poner ninguna excusa tonta, porque si mi familia sería capaz de soportar todo lo que viniera detrás de mi desplante hacia el susodicho, entonces, yo no sería menos para con ellos. No les causaría el dolor de intuir que lo mío con Adam no era más que una pantomima que no iba a ningún sitio o, por lo menos, yo no quería saber en dónde terminaría todo esto.

Respiré hondo mientras veía a mi padre entrar en casa.

—Pues más vale que te luzcas hasta que llegue ese momento, mi pequeño intento de estafador chupa-sangre —dije tomándolo desprevenido y aprovechaba de tomar su muñeca para tirar de ella camino a mi hogar.

Una poderosa fuerza en mí me había invadido y esta vez era yo quien lo llevaba a rastras al ente de casi dos metros al que no quería ni voltear a ver, pero sabía que unos metros más allá se convertiría en mi dulce galletita con chispitas de chocolate; aunque estaba pensando que lo mejor era evitar tantas variaciones y centrarme en aquella que más le molestara, como un recordatorio inaudible de lo inexistente de un nosotros como conjunto.

Me detuve unos instantes ante la puerta, tomé su mano con la mayor gentileza que fui capaz ignorándole totalmente. Puse mi mano en el picaporte y respiré hondo por última vez antes de entrar seguido por mi amorcito, Adam. Sí, eso último fue efecto de pasar por el umbral de la puerta. ¡Dios, qué enamorada estoy de Adam! Y ese sarcasmo me ayudó a reír por dentro y sonreír por fuera con la mayor felicidad.

—Papá —dije sin soltar al pelinegro mientras avanzaba, mientras los otros veían gentileza en cómo tomaba su mano, yo sentía que estaba llevando a un perro con una correa.

—Anne —pronunció contento— Ya veo que estas en buena compañía. —Sus ojos nos miraron vivaces.

—El afortunado soy yo —respondió Adam rápidamente— Es un honor poder pasear de la mano con su hija, ella es encantadora en todos los sentidos —dijo cortésmente—. Entiendo sobradamente porque tardó tanto en presentármela —sonrió manteniendo una apariencia formal mientras a mi padre le brillaban los ojos

—Admitió que siempre intuí que se llevarían muy bien, ambos se parecen mucho. —Sonreí mientras deseaba que un rayo me partiera— Hacen muy buena pareja, pero no te negaré, Adam que me siento un poco celoso.

—No me diga más —interrumpió con su voz profunda— Hasta ahora había estado acostumbrado a ser el único hombre en la vida de su pequeña princesa —sentenció mirando a mi padre mientras este se removía por lo acertadas de sus palabras.

—Es que siempre pensé que al ser la más pequeña. —No pudo continuar, había algo de emoción en la voz de mi padre.

—Sería la última en marchar —terminó suavemente aquellos dos metros de actuación mientras posaba una mano en mi hombro.

—Exactamente —asintió mi padre— pero me alegro que haya encontrado a un buen hombre como tú.

—Espero estar a la altura, señor, usted ha criado a una magnífica persona.

—Claro que lo estas, me lo has demostrado y la vida me ha dado mucha experiencia para saber identificar a las personas. —Por primera vez escuché a mi padre con un dejo de emoción mezclada con cansancio que me apartó de mis risibles ideas de que ahora todos creían saber quién era quién. Que ahora fuera mi padre quien lo decía en ese tono, le daba un nuevo cariz a todo el asunto. De alguna manera eso me impulsó a extender mi brazo y posar mi mano en la cintura acercándome para que mi padre lo viera.

—Bueno, lamento interrumpir, pero ya es hora de que nos sentemos a comer —dijo mi madre trayendo un recipiente con comida, mientras mis hermanas se apresuraban a traer el resto— Además, mejor si estamos todos juntos sentados para hablar de los preparativos de la boda.

Mi corazón se encogió como si lo hubieran sentenciado a muerte, pero no una muerte rápida, sino una lenta languideciendo durante años dentro de un ataúd cerrado y con tres metros de tierra encima. No me podía imaginar un futuro sin amor, me resultaba un despropósito, un total y completo sin sentido. Miré al Adam sonriente a mi lado, un altísimo, total y completo sin sentido, me repetí mentalmente ante la paradoja.



Brenda Rivera

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En el texto hay: hombre lobo, matrimonio, amor

Editado: 26.01.2019

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