Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 30: Tarjeta

Nuevamente nos encontrábamos en el café uno delante del otro mientras cada uno intentaba disfrutar su bebida. Pero lejos de serenarme en lo que podría ser el principio de una rutina futura de desayuno conjunto, las cosas habían cambiado imperceptiblemente. No podía hablar por Adam, pero en mi caso, la visita de Hunter ayer había causado una profunda impresión en mí. Se había abierto un nuevo panorama ante mis ojos y no importaba la exquisita selección de historias románticas que había leído anoche hasta tarde, había cosas que no se podían cambiar de un plumazo. Adam era un hombre que a cada paso, estando presente o no, despertaba en mí más preguntas de las que contestaba. Y cientos de tarjetas desparramadas sobre la mesa delante de nosotros con los mejores salmos y frases de amor difícilmente podrían aplacar aquella creciente sensación de engaño que fulguraba dentro de mí.

—Eres un misterio para mí —solté sin detenerme a pensar.

—Tú también lo eres para mí —replicó él sin quedarse atrás mientras yo ladeaba el rostro apreciando sus facciones.

—¿Siempre eres así? —Hubo un dejo de suplica en mi voz mientras él se centraba en las tarjetas delante de nosotros.

—¿Misterioso? —respondió sin mirarme, mientras levantaba alguna que otra invitación de forma distraída.

—Difícil de desentrañar —expliqué.

—No soy difícil, en realidad, soy bien simple —continuó con su tarea de selección, él sabía que no tenía ningún interés en involucrarme en ello.

—¿Te defines a ti mismo como simple? —No pude evitar soltar una risita.

—Las personas somos simples, es el entorno lo que nos complica —dijo soltando una tarjeta y tomando otra mientras la examinaba.

No quise añadir nada más, sabía que era una conversación que no me daría las respuestas que yo quería. Anoche, antes de acostarme a leer el libro, había seguido las instrucciones de Hunter. Miré a un costado el bolso que descansaba en el asiento, dentro había unas cuantas mudas de ropa y unas pocas pertenencias con cierto valor sentimental. Me angustiaba sobremanera lo que se suponía que tenía que hacer, todo había sido idea de Hunter, pero yo no estaba tan segura. Se suponía que yo debía adentrarme en las montañas, primero usando el sendero para después tomar una bifurcación hasta llegar a una antigua cabaña donde debía esperarle para continuar hacia una carretera que quedaba aún más al oeste. Un poco más y prácticamente terminaríamos cruzando la frontera. No podía negar que todo era tan exasperante, intrincado y arduo que desearía terminar toda esta historia aquí y ahora; librarme de todo esto y correr libre nuevamente como si nunca hubiera pasado nada. Más allá de todo, yo lo único que quería era respirar en paz por una vez en todo este tiempo. Rogué a quien fuera que pudiera oír mis suplicas mentales que me ayudara. Yo no me sentía como las protagonistas de esos cuentos que confiaban ciegamente en que las cosas saldrían bien y que el amor triunfaría. ¿Qué amor para empezar? Ni siquiera en las mejores y más elaboradas historias románticas algo que empieza como una gran mentira podría convertirse en una verdad. Una casa que se construye sobre malos cimientos tarde o temprano se derrumbará. Mi angustia iba en aumento con ese bolso acusador a mi lado. ¿Era yo el tipo de chica cobarde que simplemente huía sin enfrentar las cosas? ¿Voy a escapar sin más dejando todo atrás hasta que la situación se calmara? ¿Eso era lo que quería?

—El amor es paciente —dijo Adam en voz alta interrumpiendo el hilo de mis pensamientos mientras volvía a centrar mi atención en él. Estaba mirando con interés una de las tarjetas y me la enseñó— Creo que esta invitación estaría bien, es una buena frase para una relación como la nuestra —sonrió encantador.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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