Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 38: Tonterías

—Amar a alguien no es una cosa que sucede con el tiempo —releí—. Eso es imposible —continué la lectura—, pero se puede —alcancé a decir antes de ser interrumpida por el sonido de una camioneta que entraba en la propiedad.

Miré por la ventana, expectante y reconocí que era la de Hunter. Dejé un marcador en el libro casi terminado antes de salir apresurada. Me sorprendía verlo llegar por la mañana, me pregunté por qué se ausentaría del trabajo o qué lo haría pasarse por aquí a esta hora. Debía ser importante, así que no tardé en salir a su encuentro.

—Eh, Hunter, ¿cómo estás? —le grité mientras me acercaba.

—Oh, pero miren quién es —anunció— la novia del pueblo —alardeó.

—Calla, calla, no seas estúpido —me reí.

—Pero si es verdad —Se encogió de hombros—. En el pueblo no se habla más que de ti, día y noche. Me tienen cansado, no paran de hablarme como si fueran a conseguir una primicia del matrimonio del año —paró— no, del siglo —dijo extendiendo sus manos ante un anuncio imaginario.

—Sí, me hago una idea de lo alborotados que pueden estar —me puse a su lado para charlar apoyados en su camioneta.

—Como nunca pasa nada, esto ha eclipsado a todas las novelas que han salido por televisión. —Hizo un ligero cambio en su voz para que sonara profunda—. Un pequeño pueblo, una joven campesina y un príncipe azul...

—Que baja de su camioneta —interrumpí— para jurarle amor por toda la eternidad.

—Pero —Levanta un dedo Hunter—. Pronto descubren que su amor es imposible.

—Y deben fugarse —continué— antes de que la horda de pueblerinos los descubran besuqueándose por los bosques como animales salvajes. —Me llevé las manos a la cara en un gesto de terror.

—Sin embargo y contra todo pronóstico —dijo dramáticamente.

—Los padres de ella les dan su bendición —exclamé soñadoramente juntando mis manos y colocándolas al lado de mi mejilla.

—¿Podrán terminar estos jóvenes amantes felices y contentos comiendo perdices? —preguntó solemnemente Hunter al aire.

—Espero que no —negué.

—¿Es que no te gustan las historias de amor con finales felices, princesa? —preguntó teatralmente.

—No, no me gusta la perdiz, tiene más carne una paloma —dije haciéndome la quisquillosa.

—Entonces será pato a la naranja —anunció nuevamente extendiendo las manos.

—¿Pero con ese príncipe? ¿Es que no tenían otro mejor? —continué puntillosa.

—¿Lo dices por lo imbécil?

—Lo digo por lo alto

—¿Y si le cortamos las piernas? —sugirió.

—Pero entonces ya no sería el príncipe.

—Tienes razón —concordó.

—Mejor ¿por qué no me dan una hada madrina?

—No podemos, somos un pueblo, no hay presupuesto —dijo con cara de circunstancias.

—¿Y unos zapatos de tacón alto?

—Ya veremos —sonrió al público imaginario.

—La escalera ni la pido entonces —fingí darme por vencida.

—Pero esta historia aún no ha terminado —habló con aire de misterio.

—¿Ah, no? —me hice la sorprendida.

—¿No has escuchado?

—¿Qué cosa?

—Que el pueblo dice que soy tu amante —hizo una mueca de sorpresa.

Paré la acción por un momento.

—De verdad que en el pueblo ya no saben ni que inventarse —dije suspirando.

—Tenía que decírtelo, Anne —se disculpó.

—Esta bien, ya estoy acostumbrada, tampoco es que sea un rumor nuevo —dije quitándole importancia— De hecho para ser un pueblo con tanto tiempo libre, a veces pareciera que estuvieran cortos de creatividad. ¿Hace cuántos años que eres mi amante secreto?

—Desde que tenías doce, más o menos —estimó.

—Y nunca un mísero detalle de aniversario —negué con la cabeza— eres un amante pésimo, Hunter.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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