Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 40: La colina

Posé mis pies adornados con unos costosos zapatos de tacón lo suficientemente grueso como para que no me hundiera en el césped recién cortado y ligeramente húmedo por el rocío de la mañana que había sobrevivido, era casi mediodía cuando llegué. Una de mis hermanas fue a buscar a mi padre mientras la otra se encargaba del bolso mágico repleto de cosas para subsanar todos los "por si acaso" del mundo que fueron capaces de imaginar. Entretanto yo esperaba observando la colina que se extendía delante de mí. Algunas personas me vieron y se acercaron a saludarme. A la mayoría los conocía, pero a otros no.

—Anne, esta es mi hermana, Josephine —presentó Patrick a una dama de unos cuarenta y cinco años que se le parecía bastante, con los mismos ojos azules y cabello negro.

—Encantada —respondí.

—Ah, pero es hermosa —le dijo a su hermano—. Bienvenida a la familia —añadió mientras me abrazaba con cariño— Llevo mucho tiempo queriendo conocerte —manifestó rompiendo el abrazo.

—Eh, gracias, yo también —alcancé a decir aún sorprendida.

—Pero —titubeó tocando mi brazo— estas temblando —notó mientras miraba a su hermano y era verdad, yo temblaba—. Debes estar muy nerviosa.

—Eh, sí —asentí sin poder decir mucho.

Patrick me acarició el rostro amistosamente.

—No te preocupes, todo va a salir bien.

Pero yo no podía dejar de temblar. Me sentía como un cordero que llevan al matadero. Sin embargo, trataba de mantener mi mente coherente pensando que todo el mundo se casaba alguna vez en la vida y luego seguían en sus cosas como si nada. El divorcio existía y si esto era un error, sería uno de los primeros que cometería en mi existencia, al menos de esta magnitud, y lo superaría.

Mi padre llegó caminando mientras la gente se alejaba subiendo colina arriba.

—Hija, estas bellísima —elogió emocionado— Adam es muy afortunado de tenerte, sé que te cuidará bien y espero que seas muy feliz a su lado. El matrimonio no siempre es un lecho de rosas, hay que aprender a respetarse, ayudarse mutuamente y tratar de ceder de vez en cuando —me aconsejó por última vez—. Te quiero y siempre serás la luz de mis ojos.

—Oh, papá, no me hagas llorar.

La música empezó a sonar y ya no había tiempo para nada más. Me pasaron el ramo de rosas de color lavanda claro que caía en forma de gota invertida. Tomé el brazo que me ofrecía mi padre y comenzamos a caminar lentamente colina arriba, mientras la cola de mi vestido se deslizaba detrás de mí sobre la hierba. En ese momento la inseguridad se apoderó de mí y perdí la noción de lo que me rodeaba, simplemente me aferré a aquel apoyo conocido, dejándome llevar.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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