Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 41: Matrimonio

Intentaba concentrarme en mi pies, mi nerviosismo me hacía creer que podría perder el equilibrio en cualquier momento y caer. Me sentía como una niña que aprendía a caminar y sus pasos eran temblorosos. Quise eliminar todos esos pensamientos y a pesar del miedo que me daba enfrentarme a la pequeña multitud reunida, tomé aire por última vez antes de levantar la vista. Mis ojos se posaron directamente en la figura que resaltaba por su porte ante todos los demás, era imposible no notarlo y sentí alivio. Fue como si las demás personas se desvanecieran mientras intentaba concentrar mi voluntad una vez más en llegar hasta donde se encontraba Adam. Era la primera vez que volvía a verlo después de aquella discusión de días atrás. Había firmeza en su postura erguida, calma en su rostro salpicado de lunares y sus ojos me observaban con calidez. No pude evitar notar que se veía muy atractivo con su traje negro y camisa blanca.

Cuando llegué a su lado, no quise ni mirarlo y no era precisamente por el altercado del otro día. Me sentía débil, paralizada, confusa y orillada al costado de un abismo, donde sientes que caerás en cualquier momento, pero la vista lo vale. Me mordí el labio, definitivamente me había vuelto totalmente loca. Debía ser el traje, seguro que era por el traje.

No tengo la menor idea de qué fue lo que dijo el ministro durante toda la celebración. No miento, en ese momento, no era capaz de prestarle a atención a nada, los nervios seguían allí. Una parte de mí trataba de quitarle importancia al asunto, pensando que debería haber contratado a dos o tres que se opusieran a la boda.

Salí de mi distracción cuando el ministro le acercaba el micrófono a Adam.

—Sí, quiero —respondió con voz firme para tomar mi mano y colocar una alianza de plata.

E inmediatamente se acercó al altar decorado con flores para poner su firma en un gran tomo que estaba abierto, el acta de matrimonio. Yo respiré para mis adentros reuniendo todo el coraje que pude y me prometí a mi misma que mi voz tendría la misma firmeza que la suya o más, sin dejar lugar a ningún silencio incómodo ni espacio para que nadie del pueblo pudiera hacer ninguna conjetura después. Adam se veía tan bien de espaldas con ese traje que resaltaba sus hombros anchos, esa no era yo, me dije, mientras él volvía a mi lado.

—Señorita Anne Johansson —continuó sin que yo prestara atención tratando de mantener mi juramento hasta que acercó el micrófono hacia mí.

—Sí, quiero —dije con voz segura contenta de haberlo hecho bien mientras me alcanzaban el anillo para colocarlo en la mano de Adam.

Prestamente me acerqué hacia el libro que me ofrecía el ministro, tomé la pluma y bajé hasta el final de la hoja con la mirada. Pude ver la firma de Adam, en una letra cursiva donde se podía llegar a distinguir su nombre en esa pequeña maraña de bucles, mientras su apellido era una línea que ondulaba hasta llegar a un rizó que terminaba en un trazo largo. Bajo la misma decía "contrayente" y busqué al lado el espacio gemelo, plantando mi firma sin dejar espacio al nerviosismo que se había instalado en mí.

Volví al lado de Adam, notando sus dos metros como nunca antes y rogué que se desvaneciera junto con la multitud. Entretanto, el ministro estaba diciendo algo que entendí como los datos de los testigos mientras cada uno pasaba a firmar también, mis hermanas entre ellos. Yo creo que si antes debía estar pálida, ahora parecía verdaderamente la novia cadáver, porque no dejaba de golpearme la idea insistente de que tenía que besar a Adam y eso se había vuelto extrañamente aterrador. Por dentro, afirmé secretamente para mis adentros, sería un témpano de hielo.

—Los declaro marido y mujer —terminó el ministro rompiendo el hilo de mi conversación conmigo misma.

Adam no esperó ni una palabra más, se volteó hacia mí tomándome el rostro para girarlo y, agachándose para llegar a mi altura, me besó profundamente, sintiendo como apartaba sutilmente mis labios para que su lengua rozara la mía. Odiaba al dos metros, porque aunque el resto de las personas no podía verlo, ese beso, escondido de la vista por su espesa cabellera y su rostro ladeado, se sentía demasiado bien. El único hielo que sobrevivió fue de las rodillas para abajo cuando él alejó su rostro del mío y pude discernir que la multitud probablemente había estado aplaudiendo o gritando, tal vez ambas cosas.

Luego vino una casi interminable sucesión de personas felicitándonos y yo seguía sin poder mirarle, pero al menos, ya no temblaba como al principio. Pude prestar atención al lugar, había sido una boda al aire libre en aquella colina, pero estaba todo increíblemente decorado flores que se esparcían en el camino que se hallaba en el centro de las dos columnas plagadas de hileras de sillas blancas inmaculadas. El altar, en cambio, se encontraba debajo de una pérgola cuya enredadera plagada de flores aromáticas proveía sombra en aquel mediodía veraniego donde corría una ligera brisa que mantenía una temperatura ideal.



Brenda Rivera

#4204 en Fantasía
#1869 en Personajes sobrenaturales
#9353 en Novela romántica

En el texto hay: hombre lobo, matrimonio, amor

Editado: 26.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar