Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 42: El banquete

Nos anunciaron que el almuerzo estaba listo. Supe inmediatamente que la razón principal por la que me lo informaban era porque no había mejor forma para hacer entrar a los invitados a la carpa gigante que se alzaba a unos metros, que siendo yo la primera en entrar. Moría de hambre, así que tomé la mano de Adam y él me siguió obedientemente, sabiendo que también era una pieza clave para pastorear el rebaño que había intentado infructuosamente acabar con toda la comida disponible. Fue una notable mejoría el sentarme junto a mi ahora esposo en la mesa principal alejada del resto, porque eso nos permitió comer en paz junto a los testigos de nuestra boda, mis hermanas y sus primos. Sí, porque Adam resultó ser primo de Patrick y Josephine por el lado de su padre. Me sorprendió la diferencia de edad entre ellos y el dos metros, pero no dudé ni por un segundo de que los tres tenían cierto parecido. Adam fue muy amable todo el tiempo y todos en la mesa nos volcamos en una conversación sobre cómo había ido el día. La verdad es que yo no tenía dudas de que había sido una celebración hermosa, que más allá de todo el esfuerzo de Adam por cada detalle, la sencillez de la misma había sido para mí como cumplir el sueño que nunca me permití tener. No me importaba si al final se había terminado usando cualquier vajilla menos la escogida o si Adam estaba constantemente preocupado por algún invitado que estaba empezando a pasarse de copas. Lo recordaba como algo maravilloso y perfecto, una sensación rara viniendo de alguien como yo que sabía muy bien que aquello había sido una farsa, pero todo aquello había logrado tocar un punto muy profundo de mi corazón.

—¡Vivan los novios! —gritó mi padre con una copa en la mano.

Todos levantamos las copas y brindamos contentos.

—¡Qué se besen! —gritó alguien y pronto mi padre le siguió arrastrando con él al resto de personas presentes.

Adam y yo acatamos sin reparos la directiva casi como si ya estuviéramos acostumbrados y nos besamos suavemente haciendo contacto con nuestros labios. Sin embargo, cuando nos separamos, pude ver que eso no había contentado a la multitud.

—¡Qué se besen! —continuó repitiendo mi padre sin parar.

Yo le lancé una mirada para que se callara, a lo cual mi padre se molestó un poco, pero yo no quería que armara tanto escándalo, había sido un día muy largo y necesitaba paz. Sin embargo, todo estaba contra mí, porque durante las siguientes horas no pude encontrar reposo entre todas las cosas que la gente quería que hiciéramos como marionetas. Era tal la insistencia de hacernos hacer todo tipo de cosas que habían llegado a convencer a los organizadores del evento que pusieran música para que ambos bailáramos juntos, cosa que ambos habíamos acordado desde el principio de las planificaciones que no queríamos hacer. No porque no quisiéramos bailar juntos, sino porque ya desde aquel tiempo sabíamos que estaríamos demasiado cansados, exhaustos y sin ganas de hacer nada, pero por sobre todas las cosas porque queríamos una boda sencilla que no se apegara a los estereotipos. Llevábamos despiertos desde la madrugada, habíamos pasado nervios constantes y nos habíamos esforzado en cumplir al máximo con cada paso de este larguísimo día. Doce horas del tirón fueron suficientes para que ambos nos entendiéramos con una mirada y nos uniéramos en nuestro empeño de no bailar, porque eso es lo que habíamos decidido juntos. No importó que intentaran convencernos por separado y, realmente en ese momento, aprecié a Adam. No creo que los invitados quedaran contentos ante nuestra negativa de seguir el mandato obligatorio en todas las bodas que se habían ido sucediendo antes de la nuestra, pero puedo decir con toda seguridad de que esa celebración fue totalmente nuestra a pesar de todo. El pelinegro de dos metros se había convertido repentinamente en un gran aliado, estábamos juntos en esto, porque sabíamos que si cedíamos continuaríamos bailando hasta que cayera la noche y con suerte nos libraríamos unas horas antes de la madrugada.

Salimos de la carpa tratando de respirar un poco de aire, lejos de nuestros invitados, pero Adam tuvo que volver rápidamente en cuánto advirtió que uno de los invitados estaba totalmente ebrio y podía terminar armando una gresca. Él quería que todo saliera perfecto y que nada se saliera de control. Yo caminé un poco por el lugar, ya estaba atardeciendo pero todavía quedaba luz para ver con claridad. Discretamente se me acercó una mujer alta de cabello rojo como el fuego y ojos verdes que a penas pude reconocer.

—Anne, tanto tiempo —Me mostró su sonrisa perfecta, ella era una mujer de una fisonomía realmente agraciada que iba muy a juego con su nombre, Bella. Era mi prima, su padre había sido el hermano mayor de mi padre y su madre había fallecido hacía tres años atrás, pero no era alguien con quien mantuviera un contacto regular. De hecho, muy rara vez nos habíamos visto, mi tío había llevado una vida alejada de todos sus familiares hasta que la locura terminó por consumirle siendo mi abuelo el único en lograr tener trato con él hacia el final de sus días. Se me encogió el corazón de recordar lo duras que debieron ser las cosas para ella.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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