Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 47: Impotencia

Me estiré lentamente en la cama aún con los ojos cerrados disfrutando de la comodidad que sentía. Olía diferente y recordé que ya no estaba en mi vieja habitación, aquella que compartía con mis hermanas. Hoy no me levantaría y las vería dormidas. Tampoco encontraría sus camas sin hacer y alguna de ellas despeinada buscando su ropa. No estaría mamá esperando con el desayuno y preparando las botellas de leche para el reparto. No podría escuchar el sonido del agua corriendo por el arroyo ni sentiría una fresca brisa de verano entrando por la ventana. Nada de eso volvería, nunca más.

Abrí los ojos, miré el techo blanco, liso y perfecto con sus molduras, ya desde esta perspectiva no se parecía a casa. En las sábanas todavía se sentía el olor a nuevo mezclado con un perfume floral. Me senté en la cama, no voy a decir que era una habitación de catálogo, pero para mí era lo más cerca que había estado de un dormitorio así. Ayer la había considerado acogedora, hoy con mi nostalgia, resultaba un entorno artificial para mí. Me levanté tratando de no pensar más, en aquello que había perdido porque ya no se podía hacer nada. Necesitaba ropa, no podía ir por ahí con la camiseta. Anoche había tenido tiempo de inspeccionar el lugar antes de ducharme que fue después de librar una batalla para rescatar mi cabello de todas las horquillas y flores. Sabía que no había nada de ropa más allá de unas cuantas camisetas de Adam que servían de vestido, tal vez con un cinturón se podía marcar tendencia.

Abrí la puerta de la habitación y sonreí, a un costado habían dejado mis maletas. Con cuidado las llevé hasta el vestidor y allí empecé a desempacar. A diferencia de lo que cualquiera pensaría, fue rápido, yo no tenía mucha ropa y tanta habitación plagada de estantes resultaba ridícula para lo poco que poseía. Me puse ropa cómoda y salí del dormitorio.

Seguí el pasillo y bajé la escalera, abrí la puerta a la izquierda, era una biblioteca, probé la puerta a mí derecha, casi enfrente de las escaleras por las que había bajado. Era una sala de estar y comedor, entré y vi otra puerta que seguramente era la cocina. Acerté y observé alrededor estaba impecable. Empecé a revisar todo, no únicamente para prepararme el desayuno, si no por la curiosidad de ver qué había allí, era una forma más de conocer al dueño. Lo que pude sacar en limpio, es que había una gran cantidad de comida. Las alacenas estaban llenas, el refrigerador estaba repleto de carne y al menos en la cocina no encontré bebidas alcohólicas. Concluí que Adam no vivía solo.

Me senté a desayunar, lamentando que el dos metros no estuviera aquí.

—Tenía tantas preguntas que hacerle, a pesar de... —suspiré sin terminar la frase.

Adam había sido muy crédulo si se había casado conmigo por ese motivo.

—Buenos días —pronunció una voz profunda que entraba en la cocina.

—Buen día —murmuré como si el ratón me hubiera comido la lengua.

Él se preparó un café y yo no dije nada. Repentinamente me había vuelto a la mente aquella sensación de sus manos desabrochando mi vestido. Se acababa de volver una mañana incómoda y no creo que fuera sólo para mí. Él se sentó frente a mí como aquellos días que compartimos en la cafetería. Creo que ambos sabíamos que debíamos decir algo y quise ser valiente, pero él se adelantó.

—Veo que llegaste a la cocina, espero que no hayas tenido dificultades. Como sabrás tienes la sala de estar y comedor más allá, si sales, a la derecha esta la biblioteca, luego la lavandería y después el garaje. Si continúas por el pasillo a la izquierda hallarás el despacho donde suelo trabajar y más allá encontrarás la entrada. El piso superior son en su gran mayoría habitaciones, excepto por una sala de lectura que está al justo costado de la escalera.

Asentí tratando de recordar todo.

—Adam —dije reuniendo valor nuevamente—, ¿por qué insististe en que nos casáramos lo antes posible?

—Porque era lo mejor —respondió tomando un poco de su café.

—Sí, sé muy bien que por mi lado fue lo mejor —asentí sabiendo que no habría podido mantener la farsa—, pero yo pregunto por tu motivos, esos que no has querido decirme.

—Hay cosas que es mejor no saber.

—Pensé que una vez casados, íbamos a dejar de fingir —comenté con una sonrisa triste— pero veo que no.

El silencio invadió el lugar por unos minutos hasta que él lo rompió.



Brenda Rivera

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En el texto hay: hombre lobo, matrimonio, amor

Editado: 26.01.2019

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