Preámbulo (a retirar para correcciones 25/02)

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Capítulo 62: Sueño

—¿Todo en orden? —preguntó un recién llegado Adam seguido por Josephine.

—Claro —mentí con calma después de mi hallazgo en el despacho.

Había tenido tiempo sopesar mis emociones y calmarme. Él se acercó y me besó en la frente cariñosamente.

—¿Está todo listo? No quiero que lleguemos tarde o tu padre pensará que soy un pésimo esposo incapaz de cumplir con horarios —comentó preocupado todavía de quedar bien con su suegro.

—Sí, dejé todo encima de la cama.

—De acuerdo, entonces, subiré a buscar tus cosas, mi amor —aseguró pasando su mano por mi hombro en una suave caricia antes de ir.

Josephine me miró con sus ojos azules y una sonrisa en los labios.

—Anne —exclamó extendiendo los brazos para que me sumergiera en ellos—, cuida a Adam, por favor —me rogó mientras yo sentía la calidez propia de una madre que abraza a su hija— y cuídate tú también —pidió antes de soltarme.

—Claro que sí, estaremos bien, no te preocupes —afirmé con seguridad.

—Adam está tan feliz desde que estas aquí que casi parece otra persona, me alegré tanto cuando supe que estaban juntos, espero que tu familia se ponga muy contenta al verte tan bien y quieran tanto a Adam como yo te quiero a ti —comentó al pasar mientras escuchábamos los pasos pesados de él bajando la escalera.

—Mi familia ama a Adam —repliqué—, si yo no me hubiera casado con él, te puedo asegurar que aún así lo hubieran adoptado como un hijo más al precio que fuera.

Ambas reímos cuando el nombrado llegó hasta nosotras, maleta en mano.

—¿Nos vamos, cariño? —interrumpió.

—Nos vemos pronto, Josephine —me despedí—, sólo serán unos días —prometí.

 

 

Nos detuvimos en una gasolinera para tomar algo, el dependiente nos atendió de mala gana, seguramente debió haber hecho un turno muy largo y estaba cansado. Nos sentamos uno en frente del otro en una de las mesitas, pegada a la pared vidriada.

—Por un momento, te imaginé gruñendo y a punto de morderlo. —Fantaseé entre risas y él se unió.

—¿Yo morder a alguien? ¡Jamás! —negó él risueño.

—Lo sé, te mantuviste tranquilo a pesar de todo —elogié—, además, ya sé que no muerdes —murmuré.

—Tal vez unos años atrás —empezó a decir mirando al dependiente de reojo— no, esta muy delgado, sería como morder un hueso —río una vez más.

Le tomé de la mano que tenía sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de aquel día que estábamos en la cafetería escogiendo tarjetas? —le pregunté.

—Nunca me olvidaré, me ignoraste cuando yo sólo quería elegir la invitación perfecta para nuestra boda —se explayó apenado.

—Sí, justamente, quería decirte que lo siento —me disculpé—, por esa vez y por todas aquellas en que no te creí.

Él me dedicó una sonrisa encantadora.

—Está en el pasado, yo tampoco hice las cosas tan bien —se lamentó.

—¿A qué te refieres? —le cuestioné.

—A que me hubiera gustado conocerte en otras circunstancias, donde solamente fuéramos dos personas que se encuentran, sienten algo especial y empiezan una relación —susurró— a veces sueño con eso —río nuevamente antes de añadir con picardía— Mataría a ese saco de huesos a mordiscos si a cambio pudiera hacerlo realidad.

—Pues te dejarías algún diente o varios —continué la broma y me puse más seria antes de agregar—, yo también sueño con lo mismo, Adam.

Levanté su mano y la acerqué a mi rostro para besarle los dedos, antes de que él me acariciara la mejilla.



Brenda Rivera

Editado: 26.01.2019

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