Princesa Juliana - Libro 1

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Capítulo 26

Abre sus ojos rápidamente percibiendo la oscuridad que la rodea, se levanta despacio; sintiéndose perdida se llena de temor.

Todo es negro a su alrededor, sin un color diferente, sin luz. Donde quiera que Julia se encuentre, el lugar está vacío a excepción de su presencia. Su mente se encuentra divagante.

De pronto, una luz aparece como si fuese un reflector de un teatro que anuncia la entrada de uno de los actores y justo ahí, la luz deja al descubierto la figura delicada y femenina de una mujer.

Julia retrocede dos pasos cuando identifica la silueta. Debido a su aparición, puede estar segura que ha regresado a su inconsciente. La pequeña tiembla recordando la ocasión anterior en la cual estuvo ahí, ¿ha vuelto para ser torturada?

Quien está frente a ella es la princesa Juliana, cubierta con un vestido de corte princesa verde esmeralda cuyos tirantes y bordes de la saya son de color negro; su vestido toca el suelo y su elegancia es digna de su título como miembro de la realeza. Su pose y su característica actitud despectiva hacia la niña, también saltan a la vista.

Un sonido extraño proveniente de unas cadenas rompe el mutismo. El lugar del cual salen es desconocido pero no así, su trayectoria.

La pequeña cierra sus ojos conmocionada cuando entrevé que se acercan a toda velocidad hacia ella. Al no sentir los eslabones sobre su cuerpo, abre sus párpados percatándose que su objetivo no era ella sino la princesa.

Un grito emerge de los labios finos y sonrosados de la soberana. Su cuerpo entero está siendo aprisionado y sus facciones muestran el sufrimiento que la asedia. Por un breve espacio de tiempo, lucha por liberarse pero no lo consigue. Al final, es subyugada y baja su cabeza, demostrando su rendición.

A pesar de que ésa mujer no ha sido muy cortés, la pureza de Julia florece y demuestra su preocupación al correr hacia el lugar donde se encuentra su antítesis.

―¿Está bien, princesa? ―trata de averiguar con una voz débil.

No hay una respuesta para la niña y ésta se acerca con la intención de tomar la cadena para liberar a la mujer. Con temblor, sujeta con una de sus manos la parte inferior de su vestido mientras que la otra la extiende hacia la mujer. Una fuerte corriente de aire golpea su cuerpo y la arroja hacia atrás con rudeza, haciendo que caiga acostada y no logre su cometido.

―Me duele ―se queja y voltea hacia todos lados―. ¿Qué sucede?

Los reflectores vuelven a encenderse y la niña dirige su atención hacia ellos. La presencia de un enorme telón de color rojo es revelada y éste empieza a desplegarse a los lados. Cuando se extiende por completo, detrás del bastidor, una neblina muy densa surge.

Con expresiones de aturdimiento, Julia queda boquiabierta por aquella extraña aparición y se levanta para colocarse de rodillas, quedando embelesada por aquel misterioso ambiente.

El centro del cúmulo de vapor que se encuentra frente a sus orbes negros empieza a volverse transparente. Al principio, las imágenes parecen vagas pero cuando transcurren los segundos, éstas se aclaran. Extrañamente, la iconografía no le resulta nueva, más bien, es como si lo hubiese visto antes.

 

Los hombres y mujeres están atónitos, su desconcierto se percibe en su accionar. Algunos de los presentes apuntan sus armas con más vehemencia y adoptan una postura defensiva; otros, simplemente bajan sus armas. Lo único en común de ambos subgrupos es la palidez de sus rostros y su transpiración.

Por otra parte, las facciones del capitán, un hombre de estatura media que está frente al pelotón se vuelve más severa, aprieta su mandíbula con fuerza y da un paso hacia adelante.

―¿Qué has hecho? ―dice gruñendo entretanto sujeta con ambos manos la empuñadura de sus dos espadas―. Ese poder psíquico… ella no es… ¿Qué es esta aberración?

―¿Aberración? ―Una risa estalla―. Te equivocas, es la perfección misma.

 

Esa voz… ¿Dónde ha escuchado esa voz? ¿Quién es el portador de esas palabras?

Hay un mutismo en la conversación y la pequeña lo aprovecha para colocarse de pies y acercarse a la neblina. Julia está casi segura de que a pesar de que la niebla no le revela el rostro del otro interlocutor, ha escuchado esa voz en otro lugar, piensa que tal vez si se aproxima un poco más y escucha de nuevo la intervención de ese hombre, podría recordar.

 

―Eres un maldito enfermo, ¿cómo se te ocurre hacerle algo así a nuestra soberana? ―Levanta en alto la espada que sostiene en su mano derecha en señal de adoptar una posición de ataque―. Entiendo hasta cierto punto que no aceptes a la princesa Juliana pero… ¿Hacerle esto a una niña? Tú y tu familia no tiene perdón.



Julissa Snchez Arias

Editado: 31.07.2018

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