Prisionero del Océano

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El descubrimiento de Óin

Él se estaba volviendo loco. Por algunos períodos contaba los días y los meses que transcurrían. En otros, sólo se retorcía en su dolor y en su ira, deseando haber sido más precavido, más inteligente, más capaz, más rápido, más fuerte.

Estaba en un período de cordura e intento de reconciliación consigo mismo. No tenía nada mejor qué hacer. Después de todo, estaba casi inmóvil en el fondo de algún mar poco profundo, o cristalino, no estaba seguro de cuál de ambas suposiciones era la más acertada.

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Ella había sido criada en una tribu pacífica y grande que habitaba casi todo el este del continente Ethul, donde abundaban grandes corales y fosas. Áreas perfectas para establecer colonias de tritones por la protección que éstas brindaban, y lo cálido de sus aguas.

Su tribu tenía diferencias con otra, salvaje y nómada que tenía la mala costumbre de robarles comida, materiales, y a veces mujeres y niños. Les llamaban 'Los que lo arrasan todo', o como suena más o menos para nosotros; Ok'da Um.

Se sabía por dónde había pasado un Ok'da Um porque se encontraban materiales rotos, los peces dejaban de acudir al sitio por un tiempo, y había cientos de huesos desperdigados por todas partes, de presas y depredadores. Afortunadamente los Ok'da Um no eran una tribu inteligente, tenían muchos enemigos y no solían ser muchos.

Los padres de ella eran guerreros fuertes y respetados, porque tomaron la idea de los humanos de protegerse; crearon petos y cascos para sus hermanos, y así podían defenderse mucho mejor de los salvajes; que deshonraban su raza y utilizaban armas creadas por esos seres extraños que vivían arriba, lejos del agua y lejos de ellos.

Ella nació un año después de una batalla que su tribu había vencido contra los Ok'da Um. Un glorioso año sin noticias de ataques o robos, una victoria que se había mantenido hasta ese momento. Y por eso la llamaron Óin, que en su lengua, significa Victoria.

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Él había sido el hombre más importante de su país, aunque la realeza no pensara precisamente igual. Sabía hablar 15 idiomas y muchos dialectos y otras formas de comunicación ya muertas. Era su propio rey en su enorme biblioteca, la más grande y completa que había tenido el continente, la primera de su clase. Con una colección de papiros tan extensa, exquisita y única, que no necesitaba gobernar a un millón de hombres para sentirse poderoso. El conocimiento que había sacado de esos papiros había sido suficiente para sentirse poderoso.

Pero siempre quería más.

Se había memorizado la ubicación de todos ellos. Los había leído al menos dos veces cada uno, y podía contar un resumen aceptable de cada uno de los miles que contaba la biblioteca. Era su don más útil, dado que le ahorraba una preciosa cantidad de tiempo que lo usaba para estudiar, en vez de buscar el estante donde se encontraba el papiro.

Su don nunca le fallaba, y parecía ser más eficiente cada vez; sus asistentes siempre parecían asombrarse cuando él les pedía que buscaran el número de estante, el piso y la ubicación entre los tomos que buscaba. Sus estudios y avances le ganaron los favores del rey, y por ello, se vestía con tanto lujo y comodidad como un rey.

Su orgullo lo había alejado de su familia, pero ¿Qué era su familia al lado de todo el conocimiento del mundo? ¿Qué eran ellos junto a ese honor y privilegios de experimentar lo que él quisiera, de desenterrar los más grandes secretos, de descubrir las historias del mundo?

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Óin quedó huérfana cuando cumplió 27 años, ambos padres quedaron atrapados en una brutal emboscada con sus enemigos, y los refuerzos llegaron demasiado tarde. Como era costumbre, demostró su luto y su dolor rapándose la cabeza, su cabellera dorada y abundante quedó desparramada sobre la tumba de sus padres, y allí quedó eternamente, porque el cabello de sirena es indestructible y hermoso para siempre.

Habían pasado dos años y medio desde aquello, Óin ya no estaba deprimida, y se había convertido en una trabajadora eficaz en su comunidad. Tampoco hubo ataques de los Ok'da Um durante ese período, así que ella era la sirena con el cabello más corto de su aldea.

Óin no era tonta, pero era muy curiosa. Cuando se alejaba a buscar ciertos materiales, se quedaba mirando a los animales que pasaban muy por encima de sus cabezas, esas extrañas tortugas que cargaban encima a varias decenas de humanos. Sólo había visto a uno de ellos con cierto detalle, quien nadaba, y sus compañeros le echaron una larga soga para que volviera a subirse a la enorme tortuga, o ballena, o extraño animal que los transportaba.

Como todas las sirenas, tenía una parte especial en su cerebro y en sus orejas que le permitía entender las vibraciones que emitían los demás, las 'palabras' para ella eran realmente vibraciones específicas o chillidos, énfasis con las manos o exclamaciones similares a las que hacen los delfines.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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