Prisionero del Océano

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La confianza del rey

Sus padres lo habían llamado Émeren, en honor a Emer, el dios que controla el movimiento del universo, ya que nació el día que suelen honrarlo. Nació con la paciencia de Emer, sus facultades para aprender rápido, sus padres no podían estar más orgullosos de tener un hijo que inteligente, que parecía ser la imagen en la tierra del dios.

Pero esa paciencia se fue debilitando con sus privilegios y su ego. Fue su primer error. Prácticamente olvidó lo que era errar, lo que era respetar a los dioses. ¿Por qué detenerse con el conocimiento? Quería romper mitos, barreras, quería destronar a los dioses, llegar a ellos y exigirles más.

Sus primeros encargos fueron experimentaciones sobre la magia utilizada en batalla. Muchos prisioneros murieron y sufrieron experimentaciones. No le importó tomar sus vidas como si fueran simples animales, porque a cambio, aprendía mucho.

No sólo veía el alcance de la magia destructiva, también se obligó a salvar a muchos de ellos de los cuales no había esperanza alguna. Aprendió a curar las heridas más profundas, las infecciones más fuertes, a detener la muerte cuando apenas quedaba un pequeño aliento de vida.

Su rey no podía estar más complacido. Sabía que, con los conocimientos descubiertos (y un mago eficiente) podía sobrevivir a casi cualquier cosa. Pero no sospechaba que mucho del dinero que invertía en esas investigaciones no se usaba sólo para eso. Los prisioneros, después de ser curados, eran sometidos a experimentos mucho peores. Émeren descubrió qué tan fuertes debían ser los brebajes, los rituales, los sacrificios para poder salvarse a sí mismo de la mortalidad. Su rey no debía saberlo, que se contentara con la idea de ir a una batalla sabiendo que podía recuperarse de una herida terrible. Por ahora, le era más que suficiente.

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Óin esperó a que fuera de noche para salir. La curiosidad la estaba matando y fue sola al desfiladero donde habían visto al humano. Sabía que nadie la seguiría, sus amigas eran muy precavidas y miedosas, y cuando alguien más miedoso aún asoció esa descripción con un humano, decidieron no acercarse a ese lugar por la cantidad de historias sobre humanos peligrosos que habían escuchado.

Sólo sabía que los humanos vivían afuera, arriba, en lugares extraños y se movían sobre grandes animales. Los tritones no les tenían mucho afecto, ensuciaban el mar con su basura y cadáveres. No se acercaban a las áreas donde los humanos recolectaban su comida, la cual, según muchos tritones, atrapaban demasiada para los pocos humanos que eran y lo consideraban un enorme desperdicio.

Vivían en una zona donde los humanos no solían acercarse, y todos los tritones estaban contentos por eso. Mientras menos intrusos hubieran, pues, mejor.

Óin se colocó tras la roca oscura. Decidió que ese ser de allí tenía que ser un humano ¿Qué más podría ser? Vio las ataduras que lo mantenían anclado al suelo. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Y porqué? ¿Era alguna clase de castigo?

Pensó que los humanos eran seres muy crueles. Un tritón asesino, destructor, violador, o simplemente Ok'da Um, se le cortaban las orejas, se le ataban las muñecas con su propio cabello y se le soltaba en algún sitio donde hubiera depredadores. Era una muerte dolorosa, pero era una muerte al fin. ¿Qué había hecho aquél humano para estar allí atado al fondo de su mundo, si no era para morir?

Le dio lástima, y lo miró en silencio.

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Émeren dejó de envejecer cuando cumplió cincuenta años. El rey había fallecido hacía poco, y su hijo, desafortunadamente para Émeren, no era tan tonto. Le pidió su receta rejuvenecedora y que siguiera investigando sobre la inmortalidad, para que así algún día él mismo y sus esposas pudieran vivir, mínimo, cien años más. Émeren le preparaba pócimas de juventud superficiales. No podía compartir todos sus secretos con un simple rey. No se lo había ganado.

El hijo, como Émeren lo llamaba, lo visitaba mucho más a menudo que su predecesor. Tenía especial interés por la magia y la historia, y pedía prestados muchos de sus pergaminos. A Émeren le parecía fascinante y curioso que un rey tomara verdadero consejo sobre los hechos del pasado, y, aunque le tenía más estima que el primer rey, no terminaba de confiar en él.

-¡Su alteza, que viva cincuenta y cinco años más! ¿A qué debo la sorpresa de su visita? Perdone el desastre, no esperaba a nadie, ya sabe... -indicó a sus tres asistentes que despejaran el escritorio, colocasen una silla cómoda en el centro de la estancia, que el rey rechazó con delicadeza, y dejaron una bandeja con vino antes de retirarse.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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