Prisionero del Océano

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El precio a pagar

Su segundo error fue confiarse demasiado.

Émeren consiguió al fin, después de tantos intensos, la inmortalidad. Se hizo inmune a absolutamente todo. Fue difícil y muy trabajoso, y, aunque no era del todo perfecto porque debía efectuar los hechizos cada cierto tiempo, era el descubrimiento más grande del siglo. Descubrimiento que no iba a compartir con nadie.

O al menos, no con su rey. Su rey había cumplido noventa y cinco años, había sobrevivido a dos heridas muy graves -no cualquiera recibe dos flechas y una espada en los pulmones y vive para contarlo-, y no podía estar más contento y complacido con su más leal médico, consejero y erudito.

Émeren quería, de alguna manera, dejar por escrito al menos las fórmulas de su trabajo. Inentendibles, en un lenguaje antiguo y muerto, prácticamente imposibles de encontrar, pero dejarlas, al fin y al cabo. ¿Qué tal si se le olvidaban? ¿Y si, aunque la fórmula perdurase, su mente se dañara con el tiempo? Le contaba desconfiar de sí mismo, pero no había nadie que lo hubiera precedido en cuanto a eso, ningún tipo de pista sobre qué le ocurría a la mente humana tras desafiar la inmortalidad.

Podía dejar fórmulas y escritos esparcidos en todo el mundo, o hallar soluciones parecidas con partes muy difíciles de encajar sobre sus estudios, pero no podía dejar ninguna prueba. Por ello, mató a todos los prisioneros con los que había experimentado. Fingió tener un error, y sus asistentes también sufrieron daños, se envenenaron, se quemaron. Un desafortunado día, murieron tantos hombres inteligentes. Émeren fingió luto por unos meses, y fingía molestarse por tener que reclutar a nuevos ayudantes... pero ésos no conocían su trabajo de nada, ni las investigaciones que sostenía. No había dejado ningún tipo de evidencia para que el rey sospechase que era inmortal, o al menos, más inmortal que él.

Además de enseñar a los nuevos asistentes la ubicación de todos los textos y métodos para traducir o recolectar información, los turnaba en sus labores y no les permitía trasmitir la información sobre la inmortalidad del rey a otros. Era secreto de estado.

Aún así, no podía ser tan evidente. Perfeccionó la aparente juventud eterna del rey. Éste ya no podía ahogarse, quemarse, envenenarse o morir desangrado. Su regeneración era rápida, pero Émeren cuidaba de que no fuera tan rápida como la de él, y se detuviera en algún momento.

Émeren no quería compartir la inmortalidad con nadie.

El hijo del rey no confiaba en él. Era un muchacho insolente y manipulable que anhelaba el trono tanto como sus hermanos. Émeren tenía que tener cuidado con él.

Una tranquila noche calurosa, Émeren recibió una nota antes de irse a dormir; provenía del hijo del rey. Una cita muy cordial que se celebraría al día siguiente. Émeren sonrió, pensando que tal vez, el chico había al fin entendido a razones y comenzaría a confiar en él. Después de todo, tenía al consejero más viejo y sabio de todo el continente bajo su servicio.

No era muy inteligente desaprovecharlo.

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Óin se le quedaba mirando al humano. Él parpadeaba mucho más que ella. Finalmente pareció cansarse, cerró los ojos y la ignoró. Pero ella no captó la indirecta, más bien, se asomó de su escondite cautelosamente, y lo rodeó, viendo sus ataduras con interés.

Ella notó que la enorme masa negra que mantenía ambos brazos del humano juntos e inmóviles era muy lisa y con muy pocos detalles. Se preguntó qué tipo de roca sería aquélla, tan uniforme y recta. El artefacto estaba atado al suelo, no mediante cuerdas como había pensado, sino mediante aros insertos unos dentro de otros, al parecer, del mismo tipo de piedra oscura.

Más tarde, otro tritón le explicaría que los humanos usan las cadenas a menudo para anclar al mar sus enormes animales transportadores.

Óin también detalló el cabello del humano. Era oscuro, pero no brillaba como el de ella. El cabello de tritón solía ser de color oro, plata, bronce, blanco, pero nunca tan oscuro. Ni tan opaco. Sin ella misma darse cuenta, se le acercaba metro a metro, hambrienta de más detalles. No le tenía tanto miedo como antes, sabiendo que no podía moverse y... ¿Y qué? ¿Atacarla? ¿Comérsela?

Notó la piedra de su cuello. Tenía seis lados perfectamente simétricos, con agujeros recortados que predecían a otro central de la misma forma de donde salía el cuello del hombre; muy pequeño, donde apenas podría girarse... de no haber estado atado al suelo por tres de esos agujeros.

Óin se preguntó qué clase de delito habría cometido para estar allí atrapado. ¿O tal vez no había hecho nada? Tal vez era inocente de todo. ¡Tal vez un ser malvado lo había castigado! ¿Qué clase de historia tendría? ¿Estaría triste...? Seguramente estaba harto, molesto. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Óin se imaginaba tantas posibilidades y se distraía con eso.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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