Prisionero del Océano

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Poco a poco

La sirena ahora se le acercaba tanto, que podía tocarlo si hubiera querido.

Él notó detalles deleitablemente nuevos y bonitos. Sus ojos color esmeralda, con un toque azul. Sus pecas en los hombros, el cuello y sus brazos. Se sintió de repente nervioso.

No entendía cómo una sirena lo estaba poniendo nervioso.

Émeren probó a hablar, pero como era de esperar, no salía sino un gruñido, demasiado diferente a las palabras que ella articulaba conjuntamente con sus chillidos. Como respuesta, ella le acercó a la boca un pez pequeño de color negro, que estaba inmóvil.

Para su suerte, ella comprendió que mover la cabeza de un lado a otro significaba 'no'. Y también aprendió cómo sonaba el 'no' de las sirenas. Un chillido grave y largo. Se preguntó cuáles serían las posibilidades de que el negar con la cabeza fuera algo universal para todas las especies pensantes del mundo.

Fue la primera vez que pudieron conversar. Si chillar y mover la cabeza podía considerarse una conversación.

Émeren procuraba moverse con cuidado. Cuando las cadenas chocaban entre sí, la sirena alzaba las orejas, o se las tapaba. A él le parecía de lo más extraño que sus orejas fueran largas, delgadas y terminasen de color azul, como la cola de ella.

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Óin estaba encantada. ¡El humano podía entender! Al menos, algunas cosas. Le señaló algunas cosas por su nombre, esperando que tal vez pudiera memorizárselas. Arena. Pez. Yo. Cola. Cabello. Brazo. Nariz. Boca. Roca. Tú.

Le señaló las cadenas.

-No sé qué son esos. Aunque seguro que tú sí sabes.

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A Émeren se le hizo más fácil comprenderla. Pero aún así, se sentía desorientado y estúpido por sus emociones.

Al menos, se alegraba de que la distancia entre ambos iba disminuyendo cada vez más. El corazón se le aceleraba, y por supuesto le dolía mucho el esfuerzo que hacía, pero no le importaba.

Un día, la sirena tocó sus cadenas. Alzó un eslabón con cuidado, pero se le resbaló, y cayó al suelo. Émeren sintió una vibración en sus piernas y abrió mucho los ojos.

Se había olvidado por completo de la base de metal a la que estaba atado.

Años y años de arena la habían sepultado bajo él. La recordó. Tenía símbolos grabados en el borde, símbolos que vio por años, día tras día, cada vez más cubiertos de arena, pero habían desaparecido con el tiempo bajo años y años de arena blanquecina y fina. No se había dado cuenta hasta ahora.

Alzó la cabeza para mirarla, ella se había tapado las orejas con las manos. Quería sugerirle que no hiciera eso... que debió haberla prevenido. No sólo quería eso ¡Quería escuchar su propia voz!

Quería hacerse entender, hablar, gritar, lo que fuera. Un gemido ahogado salió de sus labios. Sintió cómo los ojos le picaban. Impotente y desesperado, deseaba poder expresarlo todo, de lo cansado que estaba, de lo horrible que era odiar al ser que lo ató al océano por años, de no acordarse de nada. Sólo quería descansar, no podía hacer nada, apenas mirar a una sirena confundida a los ojos.

Cerró los suyos, casi deseando morir para acabar con todo.

Ella por su parte volvió a tocar la cadena en la que iba atado el enorme candado de su cuello, cavó con sus manos en la arena, y descubrió una palma más abajo el ancla que la sostenía allí. Se alejó, rebuscó en su bolso, y regresó con una especie de lima de color blanco.

Émeren sintió la vibración del objeto contra el metal, pero sabía que era inútil. Él lo había intentado, se había lastimado al estirarse y alcanzar las piedras que habían llegado hasta él, pero todas se rompían contra el metal.

Pero seguía sintiendo la vibración, y finalmente un 'clang' que le hizo girar la cabeza lo más que podía, y unos centímetros más... algo que nunca había podido hacer. Sus músculos se quejaron y casi se rasgaron por el movimiento adicional que no había podido hacer en años. ¡La sirena lo estaba liberando! ¡Qué tonta era! ¡No sabía lo que hacía!

Tal vez ella pensaba que él era alguien que no merecía un castigo.

Escuchó a la sirena suspirar, se sentó junto a él, mirándolo. La lima se había roto, pero ella sonrió muy complacida de su descubrimiento. Émeren no sabía cómo reaccionar, qué hacer...



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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