Prisionero del Océano

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Una historia para contar

Después de unas semanas, Émeren había detallado y memorizado gran parte -si no todo- el lenguaje de la sirena.

-Es una lástima que no me entiendes -le dijo ella un día después de hablarle por un rato sobre sus propios problemas, y su frustración de no haber podido conseguir otra lima igual a la que se le había roto intentado liberarlo. Lo miró, y descubrió que le devolvía la mirada.

-Tal vez te preguntas por qué sigo viniendo, y por qué te hablo, si no puedes entenderme mucho. Apenas decir 'sí' o 'no'.

El humano le negó con la cabeza.

-¿No? ¿No, qué cosa?

Él movió la cabeza.

-Atrás... ¿tienes algo atrás, te molesta el cuello? -lo rodeó y revisó, pero no había nada fuera de lo normal y se sentó frente a él nuevamente, de repente se le ocurrió, y sonrió por lo imposible de la idea- ¿Es de lo que dije antes?

Para su sorpresa, él asintió. Óin se llevó las manos a la boca, sin poder creérselo. Lo bombardeó a preguntas sobre cuánto sabía, desde cuándo podía entenderla, y cómo podía hacerlo. Aunque era difícil responderlas con una que otra expresión facial y movimientos de cabeza, se hicieron entender lo suficiente.

-¿Todos los humanos son así de inteligentes? -él negó con la cabeza, y se rió. -Oh... bueno, no sé mucho de humanos de todas formas. Por aquí no vienen muchos. Sólo he visto unos pocos... en esas grandes cosas que caminan allí arriba.

Óin intentaba raspar las cadenas, poco a poco, pero no cedían tanto como con la lima, y le hablaba mientras trabajaba.

-Me gustaría saber cómo es que llegaste aquí... los humanos deben de ser muy crueles con los castigos. Pero siempre pensé que los humanos no podían vivir aquí. Mi amiga ha visto a algunos llegar aquí abajo, pero siempre llegan sin moverse. Mueren mientras bajan... ¿no es triste?

Émeren recordó con cierta indiferencia sobre los muchos humanos con los que trató en vida, los cientos de criados que tuvo, los asesores, los reyes... ¿Qué importaba? Y esos ahogados eran simples navegantes, seguramente peleando en sus grandes barcos, luchando por señores que no conocían siquiera en persona. Sus muertes no significaban nada.

-¡Au! -Óin se lastimó la uña con la cadena, se apretó el dedo que había comenzado a sangrar un poco.

Émeren se estiró hacia ella, cambiando totalmente sus pensamientos. Quería ver qué tanto se había lastimado, vio apenas unas gotitas diluyéndose en el agua, y se despreocupó un poco. Pero la expresión de horror de ella lo volvieron a asustar.

"¿Qué ocurre?"

La sirena miró en todas las direcciones, buscó alrededor, y luego en su bolsito de cuero, desesperada. Émeren no tenía idea de qué estaba buscando con tanta dedicación y porqué, cuando escuchó y sintió a sus espaldas una vibración.

Óin finalmente extrajo un largo cuchillo de piedra negra, afilado como ningún otro que tenía, y cuando se giró para acercarse al humano, se le terminó de ir el color que le quedaba en la cara.

Un gran tiburón martillo se acercaba a toda velocidad, pero al notar a sus futuras presas, dejó de acercarse con rapidez. Óin rodeó a su amigo, con el cuchillo en la mano y agitando la bolsa de cuero en la otra. El martillo, aunque mucho más largo que otros que hubiera visto, había perdido interés, y Óin pronto descubrió por qué. Su cola tenía una larga cicatriz blanca que se notaba a través de su piel grisácea, y tenía otras pequeñas marcas en el torso. Ya había intentado atacar a un tritón antes, y al parecer no había salido victorioso.

Émeren pudo ver al tiburón cuando pasó de largo junto a ellos. Calculó que tendría dieciséis o diecisiete codos de largo. ¡Qué espécimen tan increíble! Nunca había visto a uno así, pero por la forma de la cola pudo saber que era un tiburón, o dedujo que era uno. No tardó en desaparecer de su radio de visión. Le hubiera encantado decirle a la sirena lo rápidos que podían ser, pero seguramente ella ya sabía eso, mucho mejor que él, era posible, tenía verdaderos encuentros con ellos frecuentemente. Cuando se giró a la derecha para plantearle todas esas cosas(o al menos imaginarse que lo haría), la vio sentada en el suelo aferrándose al cuchillo, mirando al animal irse.

Su miedo lo conmovió. La veía presa aún del pánico, inmóvil, mirando al depredador ya lejano y nada amenazador.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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