Prisionero del Océano

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Ghanos

Óin no lograba dormir.

Cuando amaneciera, debía ir a cuidar a los hijos de los jefes de la tribu. Ya había planificado el día para los críos, y todo estaba en perfecto orden. Pero aunque se pasara la noche obligándose a pensar en sus quehaceres, sólo le llegaba a la cabeza una sola cosa.

El rostro del humano.

Era una ridiculez. Ni siquiera era su amigo. ¡Era un humano que no conocía! Había sentido lástima por él, había querido ayudarlo y liberarlo sólo para saber qué haría después. Tenía deberes para con su gente. Sí, tal vez no lograba dormir porque no quería trabajar al día siguiente. O porque no sabía si estaba haciendo lo correcto al ayudarlo.

Se resolvió dejar de ayudarlo aunque eso la hiciera sentir mal, alejarse para siempre y olvidarse de los humanos... o por lo menos, salir a dar un paseo para despejarse la mente. Eso sí podía hacerlo sin sentir tensión en el estómago.

Sin siquiera darse cuenta por dónde iba, llegó al desfiladero. Como siempre, el humano estaba allí, pero para su sorpresa lo vio en una posición distinta.

Estaba reclinado hacia atrás lo más posible, sólo detenido por la atadura de sus manos. Mirando hacia arriba, al oleaje, que era poco esa noche. Se podía incluso apreciar dónde estaba ubicada la luna. No había nubes allá arriba tampoco. Óin se le acercó al humano. Él dejó de inclinarse hacia atrás, las cadenas tronaron al enderezarse para mirarla con sorpresa.

-¿No esperabas que viniera, verdad? -Casi había olvidado su idea de no ayudarlo, de repente, era una idea muy estúpida y egoísta. -¿Sabes? No puedo dormir... ¿me entiendes eso, verdad?

El humano negó con la cabeza, pero la movió un poco hacia un lado, mirándola.

-¿Quieres saber por qué no puedo dormir?

Él asintió. Se veía incluso un poco preocupado. Óin suspiró.

-Bueno... no te molestes conmigo ¿Sí? Es que... he estado pensando. ¿Por qué estás atado aquí?

Émeren dejó de inclinarse hacia ella, se dejó caer en el suelo como siempre lo había estado, y prefirió mirarse las manos a mostrarle el dolor en su rostro.

Había comprendido con esa simple pregunta que él nunca iba a poder... ¿qué? ¿En qué estaba pensando? Cerró los ojos con fuerza. Ella era de un mundo diferente, tan inocente, seguramente fuera del embarcadero era una sirena gentil y buena. No como él, un idiota que pensó que podría dominar todo lo que se le atravesara en el camino.

No pudo dominar al hijo manipulable de un rey, ni tampoco a un semidios. Era un fracaso, un despojo de humano con magia suficiente para sobrevivir 500 años más en el fondo del mar, solo y moribundo esperando a la inevitable muerte que tal vez iría a buscarlo cuando se terminara de volver loco.

Negó con la cabeza como simple respuesta. Se sorprendió al sentir un roce en su mejilla. Ella le alzaba el rostro para que lo mirase. Cruzaron miradas, que él apartó avergonzado.

-¡Dime! ¿Fue un castigo injusto? ¿Un ser malvado te trajo aquí?

Émeren sonrió, sacástico. Negó con la cabeza de nuevo, y cerró los ojos rehusándose a mirarla.

¿Un ser malvado? Era un maldito semidios que no tenía más nada que hacer... ¡Con todo lo que pudo haber logrado! Si hubiera compartido su conocimiento la humanidad hubiera llegado a una era dorada interminable. En sus manos estaba el arma más poderosa conocida, y ese ingrato idiota se había dejado manipular por un puñado de sacerdotes que estaban en contra del conocimiento. ¡Eso había sido todo! Los detestaba tanto o aún más que antes.

-Entonces... ¿entonces fue un castigo justo?

Émeren no respondió de inmediato. No estaba seguro. Abrió los ojos, pero aún no la miraba. En el fondo de su ser, sabía que había obrado mal, y el no mentirle fue lo único que le permitió asentir con la cabeza.

Ella dejó de rozarlo con los dedos, y juntó sus manos en su pecho. Se quedaron un rato así en silencio uno frente al otro.

-¿Qué hiciste?

Émeren hubiera querido decírselo. Explicárselo para que ella no se imaginara cosas peores, tal vez, cuando algo sacudió todo el suelo donde se encontraban.

Óin tuvo el impulso de salir del desfiladero para protegerse, pero lo vio allí, incapaz de huir, de protegerse. No podía dejarlo solo. Se quedó a su lado, dispuesta a apartar rocas que pudieran caer sobre ellos.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: sirenas, hechicero

Editado: 18.02.2018

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