Prodigios|| saga The Last

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CAPITULO XXVII

 

 

Sucia y tirada en el suelo, abrí los ojos y como pude me puse de pie. Kenay me tendió la mano y me ayudo. Había una claridad tremenda que me cegaba.

Cabello estaba sucio y completamente enmarañado, al igual que el de los demás.

Al principio del juego, eran siete equipos de dos integrantes, lo cual daba como resultado catorce objetivos. Sin embargo, a estas alturas, solo continuábamos en pie ocho competidores.

─ ¿Dónde estamos?─Me atreví a preguntar.

─ piso 59, estamos por salir del Primulan─ Dijo Alma con la vista clavada al frente, al igual que Kenay.

─ ¿Eso quiere decir, que logramos pasar La prueba?─ Kenay torció la boca con burla.

─ ¿Crees acaso que serían tan estúpidos como para dejarnos ir tan fácil?─ me dijo. ─ estamos a punto de enfrentar la última prueba. Aquí se decide todo, Merina.

Poco a poco, mis ojos fueron acostumbrándose a la claridad del lugar. Voltee hacia todos lados. El resto de los objetivos se encontraban igual de consternados que yo. Ninguno sabía lo que esperaba y eso nos inquietaba sobremanera.

Observe un breve instante a Zoé. Era más que evidente que estaba asustada, y por alguna razón, eso me tranquilizo. Sonreí con malicia y devolví la mirada hacia el frente. Nadie hablaba, ni siquiera nuestro público. Era obvio que todos esperaban con ansias este momento. Quedaba solo una cuantas horas para que el tiempo límite llegara. No podíamos quedarnos más tiempo del necesario.

Nos hicieron pararnos frente a una extraña, del cielo cayeron ocho cúpulas encima de nosotros, encerrándonos de manera individual a cada uno. Cerré mis ojos y sentí como una suave brisa fue envolviendo cada parte de mi cuerpo de manera placentera. Para cuando abrí los ojos la cúpula había desaparecido.

Cada una de mis heridas y dolores desaparecieron de forma misteriosa, al igual que las cicatrices tanto mías como de mis demás compañeros. Todos nos observamos unos con otros. Era obvio que nos preparaban para nuestro funeral, lo cual me pareció irónicamente hilarante.

El rostro de Zoé volvió a ser el mismo que conocí la primera vez, ya que la cicatriz que Dorothy se había encargado de hacerle, se desvaneció. Voltee hacia el público y pude ver el rostro molesto de mi compañera.

«No te preocupes, me encargare de dejarle otra cicatriz»

Dije entre dientes con burla. Al parecer, Dorothy logro saber mis intenciones, pues sonrió complacida.

Frente a nosotros apareció una especie de capsula dorada. Cruzamos miradas, un tanto asustadas y curiosas. De aquella misteriosa capsula, aparecieron ocho sujetos, extremadamente iguales a nosotros. Misma ropa, mismo cabello mismo rostro, salvo por sus ojos. Los ojos de aquellas personas eran completamente negros, sin absolutamente ninguna parte blanca. Pupila, cornea, todo. Mirarlos, daba miedo.

Se fueron acercando poco a poco a nosotros, hasta quedar solo a unos centímetros de frente. Era como estar parada frente a un siniestro y macabro espejo. Con dificultad trague saliva y cerré con fuerza los puños.

Aquellos seres nos observaban con cuidado. Como examinando nuestros temores. Todos sonrieron de forma perversa.

De pronto el suelo comenzó a moverse de forma brusca y todo dio vueltas. Los demás objetivos y yo hicimos lo posible por mantenernos en pie y evitar caer a toda costa. Sin embargo, a nuestros clones parecía no afectarles nada de esto. Continuaban parados inermes con la vista fija en nosotros. Divirtiéndose con lo patéticos que nos veíamos.

Cuando al fin las cosas se pusieron en su sitio, nos dimos cuenta de que el escenario había cambiado drásticamente. Unos inmensos muros, similares a los que se encontraban en la primera parte, se hicieron presentes en lo que parecía un espeso bosque, similar al que hasta hace poco habíamos abandonado. Era una combinación algo siniestra. Nuestros clones hicieron una especie de reverencia demasiado pronunciada frente a nosotros.

─ ¡Comienza el juego!─ Dijeron todos a coro. Acto seguido dieron un pequeño salto hacia atrás que los posiciono a más de tres metros lejos de nosotros. Adoptaron una posición de batalla, sin despegar sus siniestros ojos de nosotros.

Observe con cuidado a mi clon. Llevaba en el pecho un dije similar al mío, salvo por que el suyo era completamente negro.

« ¿Tendrá acaso el mismo poder que el mío?» pensé para mí. Aquel ser me sonrió con malicia.

─ Si, si lo tiene─ me dijo sin apartar su vista de mí.

En ese instante la sangre se me congelo. La garganta se me seco en menos de un instante. Sentí el miedo más grande que, nunca en mi vida había sentido. Cada poro de mi piel se erizo y la respiración comenzó a hacerme falta. Me oculte detrás de Kenay quien me protegió con su brazo. ─ Si te mato ahora, ¿Qué tan irónico será?─ Me dijo aquel ser─ después de todo, ¿no era ese tu deseo?─ la observe aterrada. Por primera vez, tuve miedo de morir.

En menos de un segundo aquellos seres se fueron sobre nosotros. Sin embargo, mi clon se quedó de pie observándome. Vi como toco ligeramente su dije mientras extendía su mano frente a mí y reía a carcajadas. Sentí como una fuerza extraña me levantaba del suelo. Era como si alguien me estuviera sujetando con fuerza del cuello. Patalee asustada, en un intento por liberarme, mientras mi copia no paraba de reír. Me observaba complacida, como si mi desesperación le causara el mayor de los placeres. Con leve movimiento de la mano me arrojo con fuerza a una especie de muro invisible, que me proporciono una fuerte descarga electrica que me recorrió todo el cuerpo. Grite por el terrible dolor que me embriagaba. Cae estrepitosamente al suelo mientras de mi boca brotaba una gran cantidad de sangre. No tenía fuerzas para continuar. Observe como alguien se acercaba a mi lentamente, pero no tuve energía para levantar la vista. Estaba lista para morir, cuando aquel ser me dio una fuerte patada en el estómago haciéndome rodar por lo menos unos dos metros lejos de donde me encontraba.



Mariiah Cisneros

Editado: 11.07.2018

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