Prohibido el amor

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Capítulo 6

En el pasillo, Estaban me había quitado la gorra, gafas y los guantes diciendo que parecía una ridícula— ¡Ja! Ya quisieras, muñeco—. La escena era algo más parecido a amo y perra; el halaba de la cuerda mientras yo iba detrás moviéndole la cola. Nos dirigimos escaleras abajo hacia el aparcamiento. No siempre había que ver las cosas por el lado negativo ¡Podía devorarlo con la mirada! Una vez leí que ese tipo de vista, aumentaba la visión; por poco y me mandaban gafas, pero con esa vista, ya no haría falta  ¡Por un mundo donde hubiera menos cuatro ojos!

Eso sería hacer algo bueno por la humanidad. Pueden hacer filas ¡Sin empujarse! Tenía que quedar claro que las víctimas no podían darse cuenta, eso aumentaba la adrenalina con la posibilidad de ser descubierta, obteniendo un mayor resultado.

No me había dado cuenta que Esteban se había detenido frente a un Bugatti Chiron en un negro celestial, por lo que termine chocando con él… ejem, no; mis manos chocaron —Para no decir que rebotaron—, en su culón — hmm ¡Ave María! —. Si hubiera tenido las manos desatadas, muy bien podría haberme aprovechado como era debido de la situación; sin embargo, eso no evitó que pudiera volver a tocar tal creación hecha por los mismos dioses. También leí, que si se tocaba, daba muy buena suerte ¡Y yo quería mucha!

El aparcamiento se encontraba con poca iluminación, pero su auto resplandecía y no voy a negar que a veces tuve que alternar la mirada entre su culón y su Bugatti Chiron. Siempre había querido uno, pero eso iba mucho más allá de mi presupuesto y ahora podía montarme en uno—Lástima que no hubiera sido al dueño —.

Si me hubieran dicho hace una semana que el desgraciado de Riordan haría más fuera que dentro de mi vida ¡Hubiera adelantado el maldito proceso! Semejante escultura me estaba esperando y yo con ese infeliz.

No podía simplemente tocarlo, tenía que darle una nalgada— También leí, que si eso se hacía, duraba más la juventud Y, como yo quería que me salieran arrugas…—. Estaba a medio camino cuando Esteban se gira y me queda mirando curioso.

—Ah, e-este… ¡Espantaste a un animalito! Parecía venenoso—dije fingiendo temor.

—Eres un caso perdido—dice con desaprobación mientras se giraba para abrir la puerta del copiloto.

Estaba segura que quería que se la diera.

Lo puedo ver en tu mirada, bebé. Ella ve lo que le conviene, oh yeah.

—Ni se te ocurra—objeta sin siquiera mirarme. Que te detengan en medio acto y dos veces ¡No es para nada lindo!

Carraspeo—¿Qué? Parecía que el animal había vuelto —Dije en tono inocente — ¡Se quería volver aprovechar de tu cul… t-trasero!

Casi hasta reveló el código personal. Malo, muy malo.

Abrió la puerta del copiloto y esperó hasta que me situará frente a esta. Sólo había visto que sacaba algo de su bolsillo, sin prestar atención, me incline para entrar en esa belleza— aunque sigo prefiriendo que otra entre en mi—.

—Espera— pone su mano en mi hombro.

Ni siquiera pude voltearme cuando me estaba cubriendo los ojos.

—¿Q-qué haces?

—Ya te lo he dicho, ¿me vas hacer repetirlo? — Me susurra en el oído, haciéndome estremecer.

Estaba dañando mis sueños de admirar su auto por dentro.

Me excita y me enoja ¡Rayos!

—¡Mujer! Ya para, ¿Quieres?

—¿Por qué? Este es mi baile bajo el manto de la oscuridad — Dije, formando una ola con mis brazos y era una lástima que las tuviera atadas, me hubiera salido mejor; moví las coderas y luego hice el pase de sumergirme en el agua.

Lástima que no pudiera verlo, pero imaginé que rodeó los ojos—¡Estás demente! Entra al auto— bufa, me guía hasta el asiento y cierra la puerta.

—¿Por qué tenías que dejarte llevar? ¡Estúpida! —Susurre para mi misma, pero no me había dado cuenta que Esteban ya se encontraba en su asiento.

Tosió varias veces y, lo que más esperaba, era que no fuera por reprimir una risa.

Maldito.
Se aprovecha de mi locura.

<><>

Llevábamos diez minutos en un silencio cómodo, sin embargo, algo me empezaba molestar; modo mi labio inferior ya que se estaba volviendo más intenso.

—Esteban…—susurre

—Hmm— imaginé que volteó a verme.

—No es necesario que siga atada...

—Eso sólo lo decido yo y, créeme, lo será.

—Ya, bueno… e-entonces…

—Ya dilo de una vez, maldita sea.

—¿Podrías rascarme la espalda? —Escupí.

Esta vez, no pudo contener la risa; ese sonido… ese sonido, me encantaba. Me hacía querer unirme a él, a reírnos de cualquier pendejadas. No lo había escuchado reír en ningún momento en el trabajo, a veces parecía ser infeliz en medio de todo el lujo.



Laury M. S.

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En el texto hay: desamor, desafios, amor en el trabajo

Editado: 10.02.2019

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